Yuri's Lyrical Secrets

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 Roses on your back por Lyann

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Yulia
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MensajeTema: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:01

Roses on your back
por Lyann

CAPÍTULO 1

-
No. Ni hablar. No quiero.

César apenas apartó la mirada de los papeles que tenía desparramados por el escritorio.

-Es que no te estoy preguntando si quieres, Álex. Te estoy informando, que no es lo mismo.

La muchacha miró a su hermano sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.

-No necesito guardaespaldas. No lo he necesitado nunca, ¿a qué viene todo esto? –estaba haciendo un gran esfuerzo por no levantar la voz más de lo debido.

César dejó la estilográfica sobre el escritorio y miró a su hermana por encima de las gafas.

-Me parece que no eres consciente de en qué situación te encuentras, hermanita –enfatizó la última palabra.

Lo odiaba. Odiaba cuando la llamaba hermanita. En sus labios, esa palabra sonaba casi como despectiva. Pero aún así, se esforzó por mantener la calma. Bastante surrealista era ya todo de por sí.

-Pues no, creo que no soy consciente. Porque en diecisiete años jamás he necesitado que nadie cuide de mí. No veo porqué iba a necesitarlo ahora. Para eso llevo siete años asistiendo a clases de defensa personal y taekwondo.

César se quitó las gafas y se agarró el puente de la nariz con cansancio.

-Mira, Álex, no me hagas perder la paciencia, ¿quieres? No estamos pasando por nuestro mejor momento. Papá está muy enfermo, por si no lo habías notado –Álex se mordió el labio-. Y sabes de sobras que por nada del mundo querría que nada malo te sucediera. Eres su favorita, hermanita. Su pequeña, su niña mimada, la heredera de toda la fortuna de los Windsor…

-¡Cállate! –explotó Álex. ¿Por qué le estaba diciendo todo aquello?

César la miró con los ojos centelleantes, respirando entrecortadamente. Cerró los ojos por un momento y, cuando los abrió de nuevo, parecía más calmado, incluso comprensivo.

-Mira, Álex, lo que quiero que entiendas es que papá no podrá cuidar de ti siempre. Y menos ahora, en su estado. Te adora. Sólo vela por tu seguridad. Y si contratar a un guardaespaldas para ti hace que se sienta más tranquilo, lo hago y punto. ¿Entiendes?

La muchacha miró los ojos castaños de su hermano, tan llenos de fulgor. Tan parecidos a los de ella. Ahogó un suspiro.

-Está bien, como quieras.

César asintió y volvió a colocarse las gafas para continuar trabajando. Álex se quedó allí, de pie, sin moverse.

-¿Cuándo vendrá el guardaespaldas?

-Mañana por la mañana.

-Genial –murmuró con fastidio. Dio media vuelta y se dispuso a salir del despacho.

-Cierra la puerta cuando salgas.

-Descuida –dijo antes de cerrar la puerta de un portazo, provocando que dos de los cuadros que colgaban en el pasillo cayeran al suelo. Ni se molestó en recogerlos. Alcanzó a oír como su hermano murmuraba algo al otro lado, pero no le prestó atención. Fue directa a la habitación de su padre y entró sin ni siquiera llamar. Su padre, tumbado en la cama, la miró con cansada alegría. Sus ojos perdían vida a cada hora que pasaba.

-Hola cariño. Qué bien que vengas a verme –dijo con voz ronca. No llegó a terminar la frase que empezó a toser.

Toda la furia que Álex pudiese sentir se disipó al momento. Era imposible mostrarse enfadada con alguien que mostraba aquel estado de… fragilidad. Sonrió a duras penas y fue a sentarse a los pies de la cama. Tenía intención de reclamarle, pero ya daba igual.

-El médico me ha dicho que no te convienen demasiado las visitas. Te alteran. Estoy saltándome las normas.

Alfred rió entre dientes.

-¿Y qué sabrá él?

Álex le agarró la mano con delicadeza.

-¿Cómo te encuentras hoy?

La pregunta en sí era estúpida. Saltaba a la vista que mal. Muy mal.

-Oh, creo que me siento un poco mejor que ayer. Dentro de unas semanas me tendrás por aquí corriendo la maratón –bromeó.

Álex notó como los ojos se llenaban de lágrimas. Y Alfred también se percató de ello.

-Ey. Pequeña. Nada de llorar, ¿entendido? Eh –le alzó la barbilla con la mano que le quedaba libre-. Ven aquí, anda.

Álex se refugió en los brazos de padre, sollozando como una niña pequeña. Arthur le palmeó la cabeza con torpeza y dejó que se desahogara.

-Lo siento –dijo la muchacha ya más calmada-. Creo que el médico tenía razón: mis visitas te alteran.

Alfred rió y le vino un nuevo ataque de tos. Esta vez con sangre incluida. Álex se apresuró a acercarle un pañuelo a su padre, que rápidamente eliminó los vestigios rojos de sus labios.

-Pues yo creo que te altero yo más a ti que tú a mí –prosiguió Alfred con pesadez.

-No digas tonterías, papá –le respondió su hija, ya acostumbrada a aquel tipo de ataques.

Alfred la miró con ojos de lince.

-Has hablado con tu hermano, ¿verdad?

La joven gruñó por lo bajo. La había calado.

-No te enfades con él, Álex. La idea de contratar a un guardaespaldas ha sido mía, no suya.

-Lo sé, no estoy enfadada –mintió la muchacha.

-Me sentiré más tranquilo si sé que hay alguien que vela por tu seguridad ahora que yo no puedo hacerlo. Me moriría si algo malo te sucediera.

Álex no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda ante esa última frase.

-Está todo bien, papá. No me molesta llevar guardaespaldas. En clase hay un par de chicas que también llevan uno y me han dicho que no les dan ningún problema. Seguro que no es tan malo.

Alfred la miró con suspicacia.

-En serio, me parece bien papá. Me ha dicho César que mañana por la mañana estará aquí.

-Vaya... ¿Tan pronto? Realmente, César es muy eficaz. Creo que manejará muy bien mis negocios cuando yo no esté.

Álex abrió los ojos desmesuradamente.

-¿Tienes que hablar de tu muerte como quien habla de qué tiempo va a hacer mañana?

-Lo siento, lo siento… Pero es que me alegro muchísimo de tener dos hijos como vosotros… Sé que tú sabrás manejar con cabeza y serenidad mi fortuna. Y sé que tu hermano hará lo propio con mis negocios. Todo irá bien. Lo sé.

Álex hizo una mueca. De buen grado le hubiese dicho que no quería nada de su fortuna. No le gustaba la idea de que su padre la hubiese dejado como única heredera. Se sentía incómoda ante la idea de tener que manejar de aquí a unos años aquella inmensa cantidad de dinero. Estaba segura de que no sabría ni por dónde empezar…

Pero no podía decirle eso a su padre. Ahora ya no.

-Bueno, papá, mejor me marcho. No quiero que tu médico me riña luego.
Alfred le guiñó un ojo y dejó que su hija le depositara un beso en la frente.

Cuando hubo cerrado la puerta tras de sí, Álex apoyó la espalda en la puerta y se dejó resbalar hasta el suelo. Se tapó la cara con ambas manos y lloró. Lloró por su padre y lloró por todo lo que se le venía encima.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:02

CAPÍTULO 2

Álex removió su cuenco de cereales una vez más. Intentó llevarse una cucharada a la boca, pero finalmente optó por dejarla en el tazón.
-Pero bueno, ¡aún estás así niña! –le recriminó Grace desde la otra punta de la cocina.
Álex miró a su nana con expresión mártir.
-No tengo hambre, nana…
Grace suspiró. Se quitó el delantal y se acercó a la muchacha con decisión.
Grace había sido (y era) como una segunda madre para ella. Era una mujer rechoncha, ya entrada en años, de cabellos grises y mirada condescendiente. Podría decirse que era algo así como el ama de llaves pero, en realidad, hacía tiempo que se había convertido en una más de la familia. Al poco tiempo de morir su madre por complicaciones en el parto, Grace asumió también el rol de canguro. Se convirtió en su nana. Pasaba las tardes y parte de las noches jugando con ella y con su hermano, dándoles de comer, ayudándolos con los deberes y acostándolos cuando Alfred tenía demasiado trabajo.
Álex la adoraba, la quería con locura, al igual que César. Era prácticamente la única persona que había conseguido penetrar en el pequeño corazoncito de hielo de su hermano.
Grace se sentó en la silla de enfrente y miró a Álex con expresión severa.
-César me ha pedido que cuando termines de desayunar subas a su despacho. Pero con esa lentitud…
-Por eso mismo. Te ha dicho que, cuando termine de desayunar, suba. Si no termino nunca, no tendré que subir.
-Álex… -le recriminó.
La muchacha resopló.
-Ya está aquí, ¿no?
-¿Quién?
-Nana, no te hagas la tonta.
-Si te refieres al guardaespaldas… Sube y compruébalo por ti misma.
-Aún no he terminado de desayunar.
-Y a este paso, no lo harás nunca –le dijo al mismo tiempo que le arrebataba el bol de cereales.
-¡Oye! –protestó la joven.
Grace la miró de soslayo.
-Anda, sube de una vez, cariño. De todas formas no podrás esquivar a César todo el día…
Álex soltó un bufido de resignación y acabó por levantarse de la mesa. Antes de desaparecer por la puerta, alcanzó a ver como Grace le lanzaba un beso. Hizo el gesto de atraparlo al vuelo, y cerró la puerta.

ooooooooooooooo


Estaba nerviosa. Le sudaban las manos y respiraba entrecortadamente. Oía cuchicheos al otro lado de la puerta. Seguramente eran su hermano y el guardaespaldas.
Entonces ya había llegado…
Se imaginó a sí misma caminando por la calle, con un tío de dos metros y medio a su lado, que parecería que se hubiera tragado el armario de la Bella y la Bestia. Enfundado en un traje negro con corbata, gafas de sol, y hablando siempre por un pinganillo, como si de un portero de discoteca se tratara.
Álex reprimió las ganas de soltar un chillido y respiró profundamente. Se despidió mentalmente de su vida social y de su privacidad, y golpeó la puerta con los nudillos.
-Adelante.
Su hermano se encontraba sentado con su habitual pose altiva, semioculto tras un montón de papeles. Frente a él, dos sillas. Una de ellas se encontraba ya ocupada por…

“Oh, dios mío…”
Álex se quedó allí, plantada, observando con gesto de incredulidad a la persona que ocupaba la silla opuesta a la de César. No, no podía ser. Sospesó la posibilidad de que el guardaespaldas aún no hubiera llegado y de que su hermano se encontrara inmerso en una reunión de trabajo. Esperó a que César le dijese algo del tipo “Espera un minuto, Álex, el guardaespaldas debe estar a punto de llegar”. Pero aquello no sucedió.
-Álex, te presento a Ángela. Tu guardaespaldas.
“Oh, dios mío…” volvió a repetirse.
La mujer que ocupaba la silla se levantó y la miró. Tenía los ojos más azules que jamás había visto. Su rostro, de facciones severas, estaba enmarcado por una larga melena negra. Vestía unos simples vaqueros y un sencillo jersey verde de cuello alto. Le tendió una mano.
-Encantada –dijo con una voz carente de sentimiento.
La mano quedó allí, suspendida.
-Es una broma, ¿verdad? –fue lo único que se le ocurrió decir. Era imposible que aquella mujer fuese su guardaespaldas. Era delgada. Demasiado delgada para alguien cuya misión se supone que es proteger a alguien. Apenas le sacaba una cabeza y Álex dudaba de que tuviese más de 23-24 años.
La mujer arqueó una ceja con elegancia y César rió por lo bajo.
-¿Y por qué debería tratarse de una broma, según tú?
Álex notó como empezaba a enrojecer. Le estaba tomando el pelo. Seguro.
-Pues… porque… es…es… -no se le ocurría qué decir. “¿Porque es mujer?” No, eso sonaría grosero. “¿Por qué casi soy yo más alta que ella?” Tampoco. “¿Por qué con esos brazos tan finos dudo que sea capaz de levantar ni siquiera las bolsas de la compra?” Aún menos.
César pareció adivinar lo que su hermana estaba pensando.
-No te guíes por su apariencia, hermanita. Ángela es fuerte. Está más que capacitada para este trabajo.
Álex empezó a sentir que no se trataba de una broma. ¿Pero cómo podía ser? No pudo evitar soltar una carcajada cargada de escepticismo.
-Por favor, César. He aceptado tener un guardaespaldas por papá. Pero esta chica no puede tratarse de uno… No te ofendas –dijo dirigiéndose a ella directamente- pero no tienes para nada la pinta de serlo. ¿Cuántos años tienes? ¿24? ¿23?
-22
Volvió a reír. Reía por no llorar, la verdad. La situación se volvía más surrealista a cada segundo que pasaba. Y su nerviosismo inicial se estaba convirtiendo en enfado.
César la miró con expresión indescifrable en el rostro y la comisura de sus labios se curvaron en un amago de sonrisa.
-¿Entonces no crees que Ángela pueda ser una guardaespaldas?
-Para nada –respondió automáticamente.
-¿Prefieres pensar entonces que todo esto es una broma pesada de tu querido hermano? –preguntó con rintintín.
-Prefiero pensarlo, sí.
Entonces César le echó una mirada a la mujer y asintió casi de manera imperceptible.
Lo que sucedió a continuación fue muy rápido.
Álex notó como alguien la agarraba por los brazos y, sin saber cómo, sus pies se trabaron y cayó al suelo. Cerró los ojos a causa de la sorpresa y, cuando los abrió, tenía el rostro de la mujer a escasos centímetros del suyo.
Su corazón comenzó a latir descontroladamente.
La tal Ángela la estaba inmovilizando con su cuerpo. Notó que no podía mover los brazos, así que supuso que los tenía sujetos de algún modo.
¿Cómo diablos había echo eso? No había tardado más de medio segundo en dejarla inmovilizada y totalmente indefensa…
Sus ojos azules la miraban con una mueca de superioridad. Álex notó como un flujo de sangre ascendía por sus mejillas. Sentía su propio corazón desbocado, su respiración agitada, el cuerpo de aquella mujer contra el suyo…
-Creo que es suficiente Ángela –dijo César con una amplia sonrisa-. Te he contratado para que protejas a mi hermana, no para que la mates.
Y dicho esto, soltó una carcajada, como riéndose de su propio chiste. Aunque Álex no le vio la gracia por ningún lado.
Ángela se levantó del suelo y, con la fuerza de un solo brazo, agarró a Álex de la mano y, de un tirón, logró incorporarla.
Álex estaba demasiado shockeada como para reaccionar.
Así que, de nuevo, fue César el primero en hablar. Esta vez dirigiéndose a Ángela.
-Creo que mi querida hermanita acaba de cambiar de opinión. Así que, ¿qué os parece si empezamos de nuevo? –César carraspeó con teatralidad y miró a su hermana nuevamente-. Álex, te presento a Ángela. Tu guardaespaldas.
La mujer volvió a tenderle la mano a Álex, que la miró por unos segundos con reticencia. Finalmente, y ahogando un suspiro, la estrechó.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:02

CAPÍTULO 3

Álex se tumbó boca arriba en la cama de su habitación e ignoró a su compañía.

Grace, a su lado, le mostraba a Ángela la habitación.

SU habitación.

-Mira, cariño, ésta será tu habitación. Hemos puesto una cama contigua a la de Álex -la aludida gruñó por lo bajo-. En el armario de Álex hay sitio de sobras para tus cosas. Espero que estés a gusto…

-Gracias señora –le respondió educadamente la pelinegra.

-¡Oh, llámame Grace querida! Me siento vieja cuando me llaman “señora” –dijo antes de echarse a reír.

Ángela ni siquiera sonrió. Se limitó a agarrar su maleta y dejarla sobre la cama. Grace salió de la habitación dejándolas a solas y Álex estaba dispuesta a no abrir los ojos. A lo mejor, si no lo hacía, se daría cuenta de que aquello sólo era una pesadilla y acabaría por despertar…

No podía creer lo que le estaba sucediendo.

En menos de dos días se había enterado de que iba a tener que llevar guardaespaldas hasta para ir al baño. Y no sólo eso, sino que además dicho guardaespaldas era una mujer (“jovencita” hubiese sido más apropiado) que, además de haber comprobado que era bastante antipática, no parecía dispuesta a abrir la boca más de lo estrictamente necesario.

Genial.

Aquello, además de incómodo, iba a ser aburrido como ninguna de las dos hablase. E iban a tener que pasar muchas horas juntas como para empezar ya a llevarse mal…

Abrió disimuladamente un ojo y le echó un vistazo a su nueva compañera de habitación. Estaba de espaldas, terminando de desempacar. El cabello negro le caía desordenadamente por los hombros. Su cintura era más estrecha de lo que en un principio pudo apreciar y, los brazos, extremadamente finos para alguien que había demostrado tener semejante fuerza (aún recordaba cómo en menos de un segundo la había tenido indefensa contra el suelo y con qué facilidad la había levantado con una sola mano).

-¿Ocurre algo señorita Windsor?

Ángela se dio la vuelta despacio para mirarla y Álex enrojeció. Se preguntó cómo diablos se había dado cuenta que la estaba mirando estaba de espaldas a ella…

-No me llames “señorita Windsor” –le pidió Álex torciendo el gesto. Qué mal sonaba aquello saliendo de sus labios-. Llámame Álex, lo prefiero.

-Llamarla por el nombre implicaría un exceso de confianza y una camaradería que entre nosotras no existe –le respondió Ángela centrando de nuevo su atención en la maleta.

Vale, aquello le había sentado mal. Bastante mal.

-Oye, ¿te han dicho alguna vez que eres una antipática? –le reprochó Álex sentándose en la cama. Se mordió la lengua nada más haber terminado la frase. ¿Con qué derecho le decía aquello? Esperó que Ángela se enfadase o algo por el estilo, pero no fue así. La pelinegra soltó algo parecido a una risita falsa y, aún sin volverse, le respondió:

-Sí, alguna vez me lo han comentado. Aunque usted no se queda atrás, señorita.

Álex resopló y volvió a acostarse, usando los brazos como almohada. Sí, definitivamente aquella mujer era de lo más desagradable. Y rara.

“Nota mental: no volver a hablarle a menos que sea necesario”.

Ángela se pasó los minutos siguientes acabando de deshacer las maletas y colocando sus cosas en el armario.

En SU armario.

¡¡Aaaaaaaarrrrrrgggggggg!!

Qué poca gracia le hacía que invadieran su intimidad… Aunque lo cierto es que su armario era lo suficientemente grande para las dos…

-¿Dónde estudia, señorita Windsor? –oyó que le preguntaba.

-Contestarte a esa pregunta implicaría un exceso de confianza y una camaradería que entre nosotras no existe –le respondió mordazmente Álex, repitiendo las mismas palabras que su guardaespaldas había empleado con ella.

Ángela arqueó una ceja con elegancia sin inmutarse.

-No se lo pregunto por gusto o porque me interese. Pero voy a tener que estar con usted las 24h. del día y necesito saber en qué instituto estudia para poder llevarla.

Álex se incorporó bruscamente.

-¿Es que ahora vas a llevarme tú al instituto? –se sorprendió la muchacha. Desde que tenía uso de razón, Wilson, su chofer, se había encargado de ello. Y una cosa era tener a aquella mujer como guardaespaldas y otra muy distinta era tenerla también como chofer… ¿Sería también su cocinera a partir de ahora?

Ángela le dedicó una sonrisa cínica. Se dirigió al armario donde se encontraban sus cosas y de allí sacó un pesado libro. Buscó algo entre sus páginas y, después, se acercó a Álex para sentarse a su lado. Aquello la puso nerviosa, pero la mujer no pareció notarlo. Le señaló a Álex unas líneas con el dedo.

-¿Qué pone aquí? –le preguntó con una nota de descaro en la voz.
Sólo entonces Álex reparó en que el pesado libro era un diccionario (¿¿Lleva un diccionario en la maleta?? Dios, esta mujer es MUY rara…) Leyó las líneas que Ángela le señalaba y notó como un tenue rubor de vergüenza le teñía las mejillas.

Guardaespaldas: persona destinada a proteger a otra acompañándola continuamente.

Ángela tenía el dedo sobre las palabras “acompañándola continuamente”.
-¿Contesta esto a sus preguntas? –inquirió la pelinegra cerrando el diccionario de golpe-. Sí, la llevaré yo.

Álex se sentía humillada. Sí, aquella era la palabra. Humillada. Una completa desconocida estaba logrando ridiculizarla.

Y, a juzgar por su media sonrisa de suficiencia, disfrutaba con ello.

¿Qué le había hecho para caerle tan mal? Si acababan de conocerse… Tampoco es que le importara excesivamente caerle bien o no, pero, como bien había dicho, iban a tener que pasar las 24h. del día juntas.

-¿Y bien? –volvió a inquirir la pelinegra-. ¿Sería tan amable de decirme dónde estudia?

Álex, aún enrojecida, le arrebató el diccionario de las manos y buscó. A ella nadie la humillaba así. Cuando hubo encontrado lo que buscaba, puso el diccionario enfrente de las narices de sus guardaespaldas, con el dedo fijo en una palabra.

No: adv. neg. Se utiliza como respuesta negativa a una pregunta, como expresión de rechazo o no conformidad, para indicar lo no realización de una acción, etc.

Ángela puso los ojos en blanco.

-Si no me dice dónde estudia, no voy a poder llevarla. Así que, si es tan amable…

Álex volvió a señalar con chulería la palabra “No” en el diccionario.

-¡Oh, vamos, no seas cría! –le espetó con brusquedad Ángela.

-¡Eh, vaya, ahora me tuteas! ¡Qué gran honor! ¿Quiere decir eso que hay ahora un exceso de confianza entre nosotras?

Ángela la miró con tal desprecio que Álex se quedó clavada en el sitio.
Y le dolió.

No supo muy bien por qué, pero aquella mirada cargada de menosprecio le dolió. Mucho más de lo que le había dolido la bromita del diccionario.
Nadie la había mirado de aquel modo jamás.

-En el St. Clare’s –susurró Álex un segundo antes de apartar la mirada de aquellos ojos azules.

-¿A qué hora empiezan las clases?

-A las ocho. Salgo a las tres de la tarde.

-Bien.

Y no volvieron a dirigirse la palabra en todo el día.

Ni en toda la noche.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:04

CAPÍTULO 4


Cuando Álex abrió los ojos aquella mañana, se sorprendió al comprobar la tranquilidad que reinaba en su habitación.
Le llevó cerca de unos segundos darse cuenta de qué era lo que faltaba…
Ángela.
Se incorporó con pesadez y comprobó que, efectivamente, su guardaespaldas no estaba allí.
“Quizás se haya hartado de mí y haya pedido el despido”
Se encogió de hombros con indiferencia. Lo único que le preocupaba ahora quién diablos iba a llevarla al instituto… Miró el reloj.
06:09
“Bueno, aún es temprano…”
Se levantó de la cama de un salto y fue derecha a abrir la persiana para dejar que el sol entrase. Pero se sorprendió al comprobar que no era ella la más madrugadora de la casa.
Abajo, en el jardín, Ángela, embutida en un chándal azul marino, y con el cabello recogido en una descuidada coleta, pegaba patadas y puñetazos al aire.
No se había ido después de todo. Y Álex no pudo menos que quedarse embobada mirándola.
Ángela fintó a su derecha y lanzó una patada más arriba de su propia cabeza. Ahora media vuelta y puñetazo a la altura del estómago. Luego se lanzó por los suelos e hizo un barrido a su imaginario adversario.
Era una pasada…
La primera vez que la vio, por nada del mundo se imaginó que tenía esa habilidad para la lucha. Álex se preguntó si realizaría aquel entrenamiento todas las mañanas…
Y entonces, Ángela alzó la vista hacia la ventana de la habitación de Álex. Y la sorprendió allí, apoyada en el alféizar, mirándola. Álex se ruborizó al verse descubierta. Se sintió como un niño al que pillan haciendo una travesura. Aunque, pensándolo fríamente, no estaba haciendo nada malo.
Ángela detuvo en seco su entrenamiento y volvió a entrar en la casa. No tardó más de treinta segundos en estar de nuevo en la habitación.
-¿Qué hora es? –preguntó nada más cruzar la puerta-. ¿Llegamos tarde?
-No –respondió Álex-. Es pronto, sólo son las seis y veinte. Hasta las ocho aún hay tiempo.
-Ajá. Voy a ducharme. No deje que la maten mientras estoy fuera, que luego no cobro por incumplimiento del trabajo –ironizó la mujer.
Álex bufó. Tenía que ir soltando groserías desde primera hora de la mañana…
-Si me matan será por tu culpa. Por dejarme sola, cuando tu obligación es no separarte de mí, que para algo eres mi guardaespaldas –contraatacó.
-Oh, en ese caso, ¿quiere ducharse usted conmigo?
Un segundo de silencio…
Dos segundos de silencio…
Tres dolorosos segundos de silencio…
-Era broma –aclaró Ángela antes de salir por la puerta luciendo una media sonrisa de suficiencia.
-Sí, ya lo suponía –replicó la muchacha, no muy segura de si Ángela la había escuchado o no.
Roja como un semáforo, Álex tuvo que sentarse en la cama. Las piernas le temblaban tanto que seguramente, de no haberlo hecho, se habría caído al suelo.
¿Qué acababa de sucederle?

ooooooooooooooo


Álex tenía la sensación de que había varias miradas fijas en ella.
En ellas más bien.
Se alisó de manera nerviosa la falda del uniforme, comprobando que, efectivamente, varios de sus compañeros la miraban como atontados. Aunque no estaba muy segura de si la miraban a ella o a Ángela. Supuso que a ésta última, que la seguía muy de cerca por los pasillos del instituto. Alejada unos cinco pasos a lo sumo.
Vestida con unos vaqueros y un jersey de cuello alto (rojo esta vez). Ni siquiera se había molestado en quitarse las gafas de sol al entrar en el recinto. No podía vestir de manera más sencilla y, a la vez, no podría haber llamado más la atención. Varios de los muchachos que por allí caminaban se giraron al verla pasar, dirigiendo miradas lascivas en su dirección.
Cuando entró en clase, Ángela se quedó en la puerta, junto a dos hombres más. Álex ya los conocía. Eran los guardaespaldas de Marian y de Laura.
Y no podían ser más opuestos a Ángela.
Ambos hombres altos, musculosos, con miradas agresivas y nudillos permanentemente apretados. Ángela, una jovencita de delgada constitución y aspecto relajado y casual.
Aquella mañana se alegró más que nunca de entrar en clase. Ángela la esperaría fuera hasta que terminara. Y se sintió un poco más relajada al no tenerla al lado.
El viaje en su coche (Ángela la había llevado en su coche, un modesto ford de segunda mano, ya que, según ella, llamaba menos la atención que la lujosa limusina de su familia) había resultado de lo más incómodo. Ninguna de las dos había hablado y lo cierto es que aquel silencio la ponía nerviosa. Aunque a su guardaespaldas no parecía importarle.
Por eso, nada más notar que Ángela ya no se encontraba tras ella, sus músculos, hasta aquel momento en tensión, se relajaron al instante.
Aquella mañana acababa de descubrir que Ángela la ponía nerviosa. El motivo ya no estaba tan claro. Quizás por su aire arrogante. O talvez por la frialdad con la que la miraba a través del retrovisor. La miraba como a un frágil objeto que en cualquier momento puede romperse.
Alejó todos esos pensamientos de su cabeza y fue a sentarse al final de todo, justo delante de Laura y Marian, que se sentaban en la última fila. Sus dos compañeras tenían la vista fija en la puerta aún abierta del aula. No le costó mucho adivinar a quién miraban.
-¿Quién es la muj…?
-Mi guardaespaldas –la cortó Álex antes de que hubieran acabado de formular la pregunta.
Las dos amigas se miraron la una a la otra y rompieron en carcajadas. Álex las fulminó con la mirada mientras se sentaba.
-¿Es una broma, ¿verdad? –boqueó Marian.
-Es curioso: lo mismo le pregunté yo a mi hermano cuando me la presentó.
Marian y Laura volvieron a intercambiar otra mirada.
-¿Pero lo estás diciendo en serio? ¿En serio que esa mujer es guardaespaldas?
-Sí –suspiró Álex con resignación. Con el rabillo del ojo le echó un rápido vistazo a Ángela, que estaba apoyada con descaro en el marco de la puerta.
-Pero es… muy joven, ¿no? –tanteó Laura.
Álex se encogió de hombros.
-Sí, supongo que sí.
-Además, tú nunca antes habías llevado guardaespaldas, ¿verdad? –Álex negó con la cabeza-. ¿Por qué precisamente ahora?
-Eso me gustaría saber a mí. Si quieres, te doy el número de teléfono de mi hermano y se lo preguntas tú directamente. A mí no quiere darme una respuesta por más que se lo pregunto.
Marian suspiró sonoramente.
-Mira, si me dieras el número de teléfono de tu hermano, te puedo asegurar que hablaríamos de muchas cosas, pero tu guardaespaldas no estaría entre los temas de conversación que tengo planeados. Con lo guapo que es…
-Bueno, yo si fuera tú, hablar hablaría poco. Soy más de… acción –apuntó Laura con otro suspiro.
Álex puso los ojos en blanco e hizo una mueca de desagrado.
No entendía qué veía todo el mundo en su hermano. Era guapo, sí. Pero nada más. Era una persona calculadora y fría. Muy fría. Álex no recordaba haber recibido jamás una muestra de afecto de su hermano. Ni un abrazo, ni un beso… Nada. La muchacha siempre sospechó que César, en su fuero interno, la culpaba de la muerte de su madre, que murió nada más nacer ella. César tenía sólo ocho años cuando aquello sucedió.
-Bien, señores empecemos la clase –dijo la voz de su profesora, devolviéndola a la realidad.
La puerta de la clase permaneció abierta toda la mañana.
Álex podía sentir los azules ojos de Ángela clavados en ella.
Una hora tras otra…

ooooooooooooooo


-Por fin –comentó Ángela nada más entrar en el coche.
-¿Por fin qué? –preguntó Álex tras sentarse en el asiento trasero.
-Jamás había visto un instituto tan elitista. Me estaba agobiando con tanto niño pijo suelto por ahí –apostilló la mujer con voz apática. Miró a su protegida a través del retrovisor, seguramente para comprobar si el comentario la había molestado, pero la muchacha ni se inmutó. Miró por la ventanilla con aire indiferente.
-Sí, supongo que tienes razón. Hay muchos niños ricos por esos pasillos.
Ángela enarcó una ceja.
-Le recuerdo que usted entra también en la categoría de “niña rica”. Posiblemente bastante más de lo que lo son la mayoría de sus compañeros.
-Tal vez. Pero yo no he pedido tener dinero. Nadie me preguntó antes de nacer si yo quería esto para mí. Nadie me consultó si yo quería ser la heredera de una fortuna multimillonaria. Es algo que se me ha impuesto y punto.
Álex esperó a que Ángela le soltara algún tipo de respuesta desagradable. Pero la seriedad de sus palabras parecía haber dejado a Ángela sin una réplica digna. La muchacha notaba los ojos de su guardaespaldas clavados en ella a través del retrovisor. Al ver que no arrancaba, se atrevió a apartar la mirada de la ventanilla y a mirarla.
-¿Qué pasa?
Ángela pareció despertar de algún tipo de ensoñación.
-Nada –dijo al mismo tiempo que ponía el motor en marcha. Aún así, el coche no se movió del sitio. La mujer se limitó a dejar el motor encendido, mientras los compañeros de Álex iban yéndose en sus respectivos coches. Al final, sólo quedaron ellas dos en todo el aparcamiento.
Ángela ladeó la cabeza y la miró directamente.
-¿Por qué no habla con su padre?
Álex la miró sin comprender.
-¿A qué te refieres?
-Dígale que no quiere heredar su dinero. Porque está claro que no quiere, ¿me equivoco?
Álex se recostó en su asiento con cansancio.
-No es tan sencillo.
-¿Por qué no?
La joven miró a su guardaespaldas. No sabía por qué estaba hablando de todo aquello con ella. Y no sabía por qué, siendo aquella mujer tan antipática y desagradable, se sentía tan a gusto haciéndolo.
-No quiero defraudarle. Él confía en mi hermano y en mí. Tiene la tranquilidad de que cuando muera –su voz se quebró un poco en aquel momento, pero tan sólo por un segundo- mi hermano y yo nos haremos cargo de todo. Yo de su fortuna y César de sus negocios. Sabe que haremos un buen uso de ambas cosas. ¿Cómo le digo ahora, estando él tan enfermo, que no quiero hacerme cargo de su dinero? Le haría daño.
Ángela la escuchó sin interrumpirla. Parecía estar luchando por no hablar. Pero algo en su expresión le decía a Álex que Ángela quería decirle algo. Se miraron unos segundos. Unos segundos que únicamente fueron cortados por el sonido de sus respiraciones.
-Escucha, Álex…
Pero Ángela no llegó a terminar la frase.
Porque en ese preciso instante, un sonido sordo cruzó de lado a lado el aparcamiento.
El cristal de la ventanilla opuesta a la de Álex estalló en mil pedazos.
-¡Agáchate! –gritó la guardaespaldas saliendo del coche con decisión.
Y entonces, Álex comprendió lo que estaba sucediendo.
Estaban disparando.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:04

CAPÍTULO 5

Álex obedeció y se agazapó en un rincón del coche, temblando incontrolablemente.

Oía disparos afuera.

Quiso mirar afuera para ver qué era lo que estaba sucediendo, pero su cuerpo no le respondía. Apenas podía respirar.Nunca había estado tan asustada en toda su vida.

Un último disparo.

Y silencio.

Escondida tras el asiento, Álex intentó calmar su respiración agitada. Los disparos habían cesado.

Toda su mente se llenó de la imagen de Ángela.

Y en aquel momento conoció lo que realmente era el miedo. Porque aquello era miedo. En estado puro.

Deseó con todas sus fuerzas que no le hubiese pasado nada.

“Por favor, por favor, por favor…No… Ella no…”

Tambaleante, alargó una mano hacia la puerta, pero no llegó a abrirla, ya que alguien lo hizo por ella.

Ángela, pistola en mano, la empujó hacia atrás, entró en el coche y cerró la puerta. Entonces, la agarró de un brazo y, de un tirón, la obligó a sentarse junto a ella.

Álex no podía ni pensar.

Ángela estaba bien. No le había pasado nada.

Estaba bien…

La guardaespaldas le bajó la cremallera de su chaqueta y la examinó para comprobar que no tuviese nada. Cuando estuvo segura de que la bala no la había alcanzado, Ángela relajó los músculos.

-Se ha escapado, no he alcanzado a ver quién era. ¿Tú estás bien, Álex? –inquirió la mujer con aspereza.

No. No estaba bien. Aún temblaba. Sentía los músculos entumecidos. La voz no le salía.

-Álex –la apremió la guardaespaldas al ver que la muchacha no respondía. Volvió a tantear su cuerpo, completamente frío, en busca de alguna herida. Nada. Optó por la opción de zarandear a la muchacha para que reaccionase-. ¡ÁLEX!

Sin poder contenerse por más tiempo, Álex se lanzó al cuello de Ángela y enterró el rostro en su hombro. Y, entonces sí, rompió a llorar. De miedo por lo que acababa de suceder. De felicidad tras saber que Ángela estaba bien. De frustración por no entender por qué coño alguien había querido matarla. A ella. Porque aquel disparo era para ella.

El tiroteo apenas duró unos segundos. Pero jamás antes había experimentado semejante terror. Aquella incertidumbre de no saber si iba a morir. O de si otra persona iba a acabar muerta ante sus narices.

Notó que el cuerpo de Ángela se tensó al acto ante aquel agrarre. No correspondió a su abrazo en ningún momento.Pero colocó una de sus manos sobre el pelo de Álex y dejó que llorara todo lo que tenía que llorar.

En ningún momento hizo ademán de apartarla.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:05

CAPÍTULO 6


-Ya veo –dijo César sin alterar el tono de su voz. Empleó el mismo tono que hubiese empleado una persona a la que le están hablando de qué tiempo va a hacer mañana.

Álex se abrazó sobre sí misma mientras Ángela, imperturbable, le contaba a César todo lo que había sucedido con pelos y señales. La abrumadora serenidad con la que hablaba Ángela no dejaba de sorprender a Álex, que aún seguía muy impactada por lo sucedido.

Estaban en el despacho de su hermano.

Cuando por fin Álex liberó a Ángela de su abrazo, la guardaespaldas se sentó al volante y obligó a su protegida a sentarse en el asiento del copiloto y no detrás. Al ver que la muchacha aún temblaba, Ángela le arrojó su chaqueta sobre los hombros y arrancó.

Aún ahora llevaba puesta todavía su chaqueta. Cerró los ojos y respiró profundo. El aroma de Ángela penetró en sus fosas nasales, como un bálsamo, logrando relajarla si más no un poco.

Todavía no podía creer lo que acababa de suceder…

Habían intentado matarla.

A ella.

¿Pero por qué?

¿Qué había hecho para ganarse el odio de alguien?

-Llévala a su cuarto, Ángela. Necesita descansar –la voz de su hermano era fría. Tranquila. Como si no le importara que hubieran intentado asesinarla…

O…

Como si, en cierto modo, aquello no le hubiese pillado por sorpresa.

Y cuando los ojos de su hermano se clavaron en los de ella, lo supo.

César sabía algo.

Ángela le tendió la mano para ayudarla a levantarse, pero Álex seguía sin poder apartar su mirada de su hermano.

-¿Qué está pasando, César? –dijo en un susurro que hubiera resultado inaudible de no ser porque estaba sentada frente a él.

César permanecía impasible.

-¿A qué te refieres?

-A que casi intentan matarme y a ti parece que te da igual. A que no has mostrado ni un ápice de sorpresa cuando Ángela te ha dicho que alguien ha disparado contra nuestro coche. A que, de buenas a primeras, me dices que voy a tener que llevar guardaespaldas y no me das ninguna explicación de porqué. Y, un día después, intentan asesinarme. A eso me refiero –la voz se le quebró-. Dime qué está pasando César…

El rostro de su hermano permanecía impasible. Un pequeño atisbo de duda surcó sus ojos.

-Dime qué está pasando… -volvió a rogar Álex-. Por favor…

Finalmente, el joven suspiró.

-He recibido amenazas. Anónimos, diciéndome que iban a por ti. Y que iban a matarte…

Fue como un mazazo en el estómago. Peor de lo que hubiese imaginado.

-¿Quién quiere matarme? ¿Por qué?

César negó con la cabeza.

-No lo sé. El anónimo sólo decía que iban a por ti y que te diera por muerta. Nada más. Por eso llamé a Ángela.

-Pero papá me dijo que había sido idea suya…

-Papá lleva meses insistiendo en que te ponga un guardaespaldas, pero no tiene nada que ver con los anónimos. Él no sabe nada. Pensé que lo del guardaespaldas era un capricho innecesario de papá. Por eso no le hice caso. Hasta hace tres días, cuando recibí el anónimo…

Álex tenía ganas de vomitar. Si Ángela no hubiese tenido una de sus manos sobre su hombro, seguramente habría salido corriendo.

-¿Entiendes ahora un poco tu situación, Álex?

La muchacha no podía ni hablar. ¿Por qué iba alguien a querer matarla? Por más que lo pensaba, no se le ocurría ningún motivo…

-Vete a descansar, Álex –dijo César. No era un consejo, era un orden-. No vayas mañana a la escuela. Déjame pensar cuál será nuestro siguiente paso. Sea quien sea quien te tiene amenazada, no se saldrá con la suya hermanita.

“No me llames hermanita” le hubiese dicho de haber podido. Pero lo cierto es que lo único que quería era despertar de aquella horrible pesadilla. Se levantó como pudo y salió del despecho de César, seguida de su guardaespaldas.

-No le digas nada a papá de todo esto. Sólo lograrías empeorar su estado de salud –le dijo antes de que la joven hubiese cerrado la puerta.
Una vez fuera, las piernas le flaquearon y, de no ser por Ángela, hubiese caído de bruces contra el suelo. La pelinegra la agarró por la cintura con firmeza.

-¿Se encuentra bien?

“No”

-Sí.

-¿Necesita algo? Un vaso de agua tal vez –no parecía preocupada. Y, si lo estaba, disimulaba a las mil maravillas. Simplemente estaba tratando de ser formal.

“Necesito que no me sueltes…”

-No, no necesito nada. Estoy bien.

Cuando llegaron a su habitación, Álex se desplomó boca abajo sobre la cama. Ángela se sentó junto a ella, aunque no dijo nada. A pesar de encontrarse tan cerca una de la otra, un abismo las separaba. Era una sensación extraña. Pero Álex podía sentirlo.

-Ángela…

-¿Sí, señorita?

-¿Cuánto hace que trabajas como guardaespaldas? –Necesitaba hablar. Necesitaba concentrarse en algo que no fuera lo sucedido en el aparcamiento.

Silencio.

Álex suspiró. A veces olvidaba lo poco dada a hablar que era su guardaespaldas. Y encima de hablar poco, el 80% de lo que decía eran groserías dirigidas a ella, así que…

-Está bien, no me contestes si no quieres.

-Desde hace un par de años –respondió llanamente.

Álex se sorprendió de que, por primera vez, contestase a sus preguntas sin malicia. Decidió aprovecharlo.

-¿Te gusta tu trabajo? Es decir… Arriesgar tu propia vida por la de alguien a quien ni siquiera conoces… No sé, no puedo ni imaginarlo. Matar a personas para proteger a otras –recordó cómo su guardaespaldas habías sacado la pistola sin vacilar y había arremetido contra su misteriosos atacante. De haber podido, lo habría matado. Y ni siquiera había dudado a la hora de apretar el gatillo.

Álex ladeó la cabeza y se sorprendió al ver la expresión de su guardaespaldas. Tenía el entrecejo fruncido y los labios muy apretados. Como si algo en las palabras de Álex la hubiese herido... No había sido aquella su intención. Era la primera vez que el siempre sereno e imperturbable rostro de Ángela dejaba entrever sentimiento alguno.

-Pues no. No, no me gusta mi trabajo. Lo odio. A él y a todo lo que le
rodea.

Álex se incorporó un poco, sorprendida por la amargura que desprendían las palabras de Ángela.

-Entonces, ¿por qué te dedicas a esto?

Ángela ladeó la cabeza y su mirada azul se le clavó como mil cuchillos afilados. Jamás había visto tanto dolor en una mirada…

-Porque ya estoy metida de lleno. Y, aunque quiera, no puedo salir de este mundo. Ya no.

Por un instante, Álex se sintió tentada de abrazarla. De obligarla a olvidar todo aquella angustia.

-¿Por qué dices que no puedes salir de este mundo? ¿Qué mundo? ¿El de los guardaespaldas?

De pronto, la expresión de Ángela cambió. Por un momento, pareció arrepentida. Como si hubiese hablado más de la cuenta. Su semblante volvió a tornarse sereno de nuevo. Y sus ojos, estoicos de nuevo.

-Déjelo. No lo entendería.

Álex se sintió ofendida. Para una vez que conseguía mantener una conversación más o menos civilizada y sincera con ella, le salía con esas.

“Ni que estuviera tratando de explicarle álgebra a un chimpancé”

-Pruébalo –la retó Álex-. A lo mejor, si me lo explicas bien, hasta lo entiendo…

-¿Y por qué tienes tanto interés en saberlo?

La muchacha se encogió de hombros. Buena pregunta. ¿Por qué le interesaba tanto?

-Curiosidad.

No se le ocurría una respuesta mejor.

-La curiosidad mató al gato, ¿lo sabía? –la voz de Ángela era fría y cortante como el hielo. Pero Álex no se echó para atrás.

-Correré el riesgo.

Ángela le dedicó una media sonrisa arrogante.

-Pues yo creo que ya has corrido bastantes riesgos por hoy. Además, la gente vive mucho más feliz en la ignorancia.

-Si tú lo dices… -se rindió Álex. Iba a ser imposible hacerla hablar.

Todavía.

Realmente, Álex había logrado su objetivo al hablar con Ángela. La guardaespaldas había conseguido hacerle olvidar lo sucedido en el aparcamiento. Al menos por un rato.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:06


CAPÍTULO 7


A pesar de que César le había dicho que no fuese a clase, Álex se puso el despertador temprano. No para desobedecer a su hermano, por supuesto. Su objetivo era otro.
Cuando el ruidoso “pipipi” del despertador hizo eco en sus oídos a las seis y media de la mañana, se levantó de un salto y comprobó que, tal y como había sospechado, Ángela no estaba en la cama.
Sonrió para sí misma.
Sabía dónde encontrarla.
Se puso lo primero que cogió del armario y bajó las escaleras de tres en tres.
Ángela era fría, antipática y cínica. Sí, eso era cierto. Pero también era misteriosa. Y eso fascinaba a Álex. No estaba acostumbrada a que las cosas no saliesen como ella quería. Y, desde el día anterior, no había podido dejar de pensar en la conversación que había mantenido con su guardaespaldas.

“Pues no. No, no me gusta mi trabajo. Lo odio. A él y a todo lo que le rodea.”
“Entonces, ¿por qué te dedicas a esto?”
“Déjelo. No lo entendería.”

Y Álex era demasiado orgullosa como para dar por zanjado el asunto.
Lo averiguaría. Averiguaría por qué había aquella tristeza en los ojos de Ángela.
Al precio que fuese.
Ese último pensamiento la hizo detenerse en seco.
“Un momento. A ver, calma… Pensemos: ¿Qué narices me importa a mí si a Ángela le gusta o no su trabajo?”
Nada. Eso es lo que debería importarle: nada.
Pero, sin embargo, había algo en su interior que la empujaba a querer saber más sobre Ángela. Desde que la había visto empuñar aquella pistola para defenderla. Desde que la había tenido entre sus brazos. Desde que…
Bueno, en fin, que quería saberlo y punto. Tampoco había que darle más vueltas al asunto. Sentía curiosidad. ¿Era eso realmente tan malo? Era su guardaespaldas, después de todo. Que menos que saber un poco cómo pensaba.
Siguió bajando las escaleras y salió al jardín lo más sigilosamente que pudo.
BINGO
Allí estada, enfundada en un chándal (esta vez verde) y entrenando como si nada. Así que, al final, sí que entrenaba todas las mañanas. Hizo además de sentarse en el porche del jardín, rezagada, cuando la voz de Ángela penetró en sus oídos.
-Voy a acabar pensando que le gusta mirarme, señorita.
Álex sonrió con pesadez. La había descubierto. Y eso que Ángela estaba de espaldas a ella…
-¿Tanto ruido he hecho para que te hayas dado cuenta?
La guardaespaldas, aún de espaldas, se encogió de hombros.
-No mucho. Pero tengo el oído muy fino.
-Ummm…
Álex se sentó en las escaleras del porche como si nada. Ahora sí que Ángela se dio la vuelta para mirarla con cara de pocos amigos.
-¿Piensa quedarse ahí?
Álex sonrió con malicia.
-Mi guardaespaldas tiene la obligación de acompañarme en todo momento. Y si mi guardaespaldas está en el jardín, yo debo estar en el jardín también.
Ángela ni se inmutó. Arrugó un poco el morro, eso sí.
-Como usted guste, señorita Windsor.
Álex hizo una mueca.
-¿Tienes que llamarme señorita o señorita Windsor todo el rato? Suena fatal…
-Creo que ya hemos mantenido esta conversación antes y no veo por qué debería llamarla por su nombre de pila.
-¿Porque suena mejor, tal vez? Además, alguna vez ya se te ha escapado llamarme Álex… -recordó cómo, cuando aún estaban en el coche, justo después del tiroteo, Ángela la había llamado así. Varias veces. Aquel mero pensamiento hizo que su corazón palpitase un poco más rápido.
Ángela fingió como que pensaba.
-¿En serio? ¿Cuándo? No recuerdo haber hecho tal cosa, señorita.
Álex frunció el ceño.
-Pues yo sí lo recuerdo –dijo enfurruñada.
La guardaespaldas se rascó el mentón con fingida inocencia.
-Vaya… Pues será que estoy perdiendo memoria. Sigo sin recordarlo, ya ve.
-Muy bien, tú ganas. ¿Qué tengo que hacer para que me llames Álex y no señorita Windsor?
La mujer arqueó una ceja.
-¿Disculpe?
-Que qué quieres que haga para que me tutees.
Ok, vale. Quizás aquello sonaba hasta casi como una súplica, pero es que… Joder, ¡señorita Windsor sonaba realmente mal! ¡Con el nombre tan bonito que le habían puesto y no lo usaba!
La guardaespaldas volvió a esbozar aquella media sonrisa arrogante que ya tan bien conocía Álex.
-O-blí-gue-me –dijo marcando todas y cada una de las sílabas.
Álex se levantó de un salto. A chulería no la ganaba nadie. Se puso en posición de combate, dispuesta a mostrarle a aquella mujer de qué servían cinco años de defensa personal y dos de taekwondo. Ángela arqueó una ceja.
-¿Qué cree que está haciendo?
-Obligarte. Tú misma lo has dicho.
La pose de la guardaespaldas era despreocupada y arrogante a la vez.
-¿Realmente cree que va a poder conmigo?
Álex sonrió de lado.
-No lo sé. ¿Qué tal si lo comprobamos? –dijo acercándose a ella.
-No me pagan para que le de una paliza, señorita.
-¿Tan segura estás de poder conmigo?
-En el momento en el que su hermano me contrató para que la cuidara, es porque debió considerar que soy más fuerte que usted.
-O quizás sólo lo hizo porque tienes licencia para usar pistola, quién sabe.
Algo en su comentario debió de hacerle gracia, porque soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
Cuando quiso darse cuenta, tenía el puño de su guardaespaldas a escasos centímetros de su rostro. Álex ni siquiera pudo reaccionar, cosa que hizo que una mueca de superioridad se dibujara en el rostro de Ángela.
-Se lo advertí.
-Me has pillado con la guardia baja. No volverá a pasar –dijo mientras adoptaba de nuevo una posición defensiva.
-Usted lo ha querido, señorita Windsor.
Esta vez, Ángela le lanzó una patada a al altura de la cabeza. Álex logró pararla sin demasiada dificultad. La guardaespaldas trató de hacerle perder el equilibrio con un barrido, pero Álex tuvo el acto reflejo de saltar a tiempo.
Ángela enarcó ambas cejas.
-Vaya. No está del todo mal. ¿Dejamos de calentar y vamos en serio?
-Lo estoy esperando.
Ahora sí, Álex conoció el verdadero concepto de “velocidad”. Ángela le lanzó dos golpes, uno a la altura del estómago y otro a la altura de la cabeza. Logró pararlos de milagro. Lo siguiente que vio fue el pie de Ángela justo tras sus tobillos.
Cayó al suelo de espaldas. Ángela le agarró las muñecas y la inmovilizó con su propio cuerpo. Aquella proximidad le recordó a Álex el momento en que se conocieron. El corazón se le desbocó.
-¿Y ahora qué, señorita?
Álex trató de librarse de la presión de las manos de Ángela en sus muñecas sin éxito. Por un momento tuvo miedo de que Ángela pudiese notar el ritmo de los latidos de su corazón.
-Parece que ya no la veo tan segura de sí misma. ¿Dónde ha ido a parar toda esa confianza?
Sus rostros estaban muy próximos. Álex hubiese dado todo el oro del mundo por quitarse a Ángela de encima en aquel mismo momento. Sentía el calor que emanaba del cuerpo de Ángela. La estaba poniendo enferma.
-Suéltame –no era una orden, era una súplica.
-¿Y si no quiero?
Álex apenas se acordaba de cómo se respiraba. Había dejado de forcejear. Lo único que sus ojos veían ahora era el rostro de aquella mujer. Sus ojos. Llenos de… ¿ardor?. El tenue rubor de sus mejillas a causa del esfuerzo físico. Sus labios. Unos labios sonrosados. Finos.
Dios.
¡¿Qué le estaba pasando?!
Ambas permanecieron en aquella posición unos segundos que parecieron horas.
Ángela estaba tan cerca que casi podía sentir su aliento. Hubiese sido tan sencillo alzar un poco la cabeza y que sus labios…
-¡¿Se puede saber qué estáis haciendo?!
Ambas muchachas dieron un respingo y miraron hacia el porche. Grace las miraba con los brazos en jarra. Por un fugaz instante, Álex maldijo aquella interrupción. Ángela fue la primera en reaccionar. Salió de encima de Álex y se puso en pie con rapidez.
-Enseñándole un poco de defensa personal a la señorita –respondió con soltura mientas se sacudía los pantalones.
-Pues dejadlo para más tarde y venid a desayunar ahora que aún está caliente, ¿queréis? –les gritó antes de dar media vuelta y volver a entrar en casa.
A Álex le tomó unos segundos recobrar su ritmo cardíaco habitual. Y otros cinco segundos más antes de poder moverse del suelo. Ángela la miraba con soberbia.
-Ya ha oído a Grace, señorita Windsor. Es hora de desayunar. I won.
Su cuerpo se movió solo. Ni siquiera supo cómo lo había hecho pero, aún desde el suelo, sentada, le hizo una zancadilla a Ángela, provocando que ésta vez fuera ella la que cayera al suelo. Estaba claro que aquello no se lo esperaba. Álex se colocó en la misma posición que Ángela había empleado con ella, sujetándole las muñecas. A una distancia más alejada, eso sí. La guardaespaldas frunció el ceño.
-Eso ha sido trampa. Había ganado yo –se quejó.
Una descarga de adrenalina recorrió el cuerpo de Álex. Ahora se sentía eufórica, nerviosa y excitada. Poderosa al tener a Ángela en aquella posición de desventaja. De sentir su respiración bajo su cuerpo. Era como si ahora, el control hubiese pasado a tenerlo ella.
-Regla número uno: jamás bajes la guardia. Es lo que siempre me decía mi maestro de defensa personal.
El ceño de Ángela seguía fruncido. Desde el suelo, se impulsó con las piernas y arqueó el cuerpo con furia, logrando así librarse del agarre de Álex. La guardaespaldas se levantó sin ni siquiera mirarla y se encaminó hacia la casa. Álex se sintió confundida y decepcionada. ¿Se había enfadado?
Cuando vio que no la seguía, Ángela miró de refilón hacia su derecha, de manera que Álex pudiese verle el perfil del rostro. Aún tenía el ceño fruncido.
-¿Vienes o qué? No pienso esperarte todo el día, Álex.
Jamás en su vida había sentido tal euforia. En aquellos momentos no le importaba nada, ni siquiera que hubiese alguien intentando matarla. Nada. Su mente sólo repetía una y otra vez la misma palabra.
Álex.
La había llamado Álex.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:07

CAPÍTULO 8

El subidón de adrenalina que había experimentado antes aún persistía. No lograba calmarse por más que lo intentaba. Había ido a hablar con su padre en un vano intento por apaciguar sus nervios, pero ni por esas. Y eso que su padre siempre lograba transmitirle un remanso de paz.

Desde su peculiar “encuentro” en el jardín, se había dado cuenta de que la proximidad de Ángela era insoportable. Verla tumbada en la cama de al lado, callada, leyendo… Álex se estaba poniendo de los nervios. ELLA la estaba poniendo de los nervios (y eso que, en aquellos momentos, estaba tranquilita ahí, sin molestar a nadie). Algo en su interior andaba mal… Revuelto…

Porque lo único que quería era volver a sentir el cuerpo de Ángela encima del suyo.

Agarró la almohada y se tapó con ella la cara. ¿En qué estaba pensando? Por favor, ¡era su guardaespaldas (y además mujer, para más INRI)!

Pero su cabeza pensaba una cosa… y su cuerpo le pedía otra muy distinta.

¡Basta!

Necesitaba aire. Necesitaba despejarse, airearse.

Quizás por eso dijo lo que dijo.

-Quiero ir a clase, Ángela.

Ningún adolescente en su sano juicio haría tal petición. Pero realmente necesitaba alejarse más de cinco metros de aquella mujer. Por lo menos para calmarse. Estaban en pleno invierno y no le apetecía para nada tener que tomar una ducha de agua fría. Así, al menos, Ángela tendría que permanecer fuera de la clase. Quizás eso fuese suficiente para que se le pasase el calentón.

La aludida apartó la vista de la revista que tenía entre las manos.

-Tu hermano ha dicho que te quedes en casa.

-Sí, pero no creo que me diga nada por ir a clase. De todas formas, no puedo pasarme encerrada toda la vida…

La guardaespaldas dejó la revista sobre la cama.

-Nadie te está pidiendo que te pases toda la vida encerrada. Pero no creo que un par de días sea demasiado pedir, teniendo en cuenta que ayer rompieron mi coche intentando matarte, encanto. ¿Eres consciente de ello?

Álex bufó. Claro que era consciente. Pero realmente necesitaba pensar.

-Necesito airearme.

-Pues abre la ventana –fue toda su respuesta. Volvió a agarrar la revista, dando por finalizada la discusión.

Era imposible intentar razonar con ella.

Álex se levantó de la cama y se encaminó hacia la puerta.

-¿A dónde vas? –inquirió la guardaespaldas.

-Al lavabo. ¿O es que tampoco puedo?

Ángela volvió de nuevo la atención hacia su revista.

“Supongo que eso es un sí”

Salió de la habitación y caminó (corrió) hacia el lavabo. Metió la cabeza debajo del grifo y dejó que el agua resbalara sobre su cabeza.

La verdad es que le sentó bien.

Agarró una toalla y se secó despacio. No tenía ganas de volver a la habitación. Por más que lo quería, por más que lo intentaba, sólo pensaba en Ángela. En cómo su cuerpo había aprisionado el suyo. El contacto de sus muñecas, su aliento en la cara… Esos labios…

Volvió a meter la cabeza debajo del grifo.

Mejor.

¡Malditas hormonas y maldita adolescencia!

Cuando ya estuvo fuera del lavabo, no volvió a la habitación. Bajó por la cocina y se cercioró que no hubiese nadie. Después, salió al jardín por la puerta trasera. El aire fresco la golpeó en la cara. Aspiró profundamente. Sí, ciertamente lo necesitaba.

Miró la puerta que daba a la calle.

¿Realmente sería tan grave ir a dar una vuelta?

Le echó un rápido vistazo a la ventana de su cuarto un momento y después, sin más preámbulos, salió de casa. Iría a la librería que había dos calles más abajo, compraría un libro que necesitaba y volvería a casa.

A nadie podía hacerle daño aquello.

Es más, a ella le iría bien para despejarse.

Echó a caminar sin más rodeos. Y realmente consiguió relajarse un poco. De pronto, una duda la asaltó: ¿llevaba suficiente dinero para el libro? Se paró un momento y sacó la cartera. Pero no le dio tiempo ni siquiera a abrirla. Unos brazos la rodeaban con fuerza por detrás.

El vello de la nuca se le erizó y hubiese gritado de no haber sido porque conocía de sobras aquellos finos brazos.

-¿Ángela? –preguntó.

La guardaespaldas aumentó la presión de su abrazo. Álex habría jurado que temblaba.

-¿Qué…?

-Vas a conseguir que te maten, niñata estúpida.

“Oh, dios”.

No la estaba abrazando.

La estaba protegiendo.

Miró a derecha y a izquierda, esperando ver a alguien armado con una pistola, pero lo único que vio fue a una mujer con un cochecito de bebé y aun muchacho joven paseando al perro. Un par de coches vacíos aparcados cerca de la acera y un hombre de avanzada edad sentado en un banco.

-No hay nadie… -dijo, más para sí misma que para ella.

-Da la vuelta y regresa a casa –le ordenó Ángela. Liberó un brazo, de manera que pareciese que simplemente la estaba cogiendo del hombro.
Álex frunció el ceño.

-No veo nada peligroso, Ángela. Además, necesito un libro para…

-¡Haz lo que te digo! –la cortó la mujer alzando la voz más de lo normal. Parecía muy nerviosa.

A Álex no le había dado tiempo de alejarse demasiado, por lo que en menos de un minuto estuvo otra vez en casa. Una vez en el jardín, Ángela la liberó de su brazo y la arrastró, literalmente, escaleras arriba. Casi la empujó para que entrase en la habitación.

-¡Auch! –se quejó Álex-. ¡¿Se puede saber qué demonios te pasa?!

Ángela parecía furiosa.

-¡¡Si te dicen que no puedes salir de casa, es que no puedes salir!! ¡¿Entiendes?!

Álex se enervó.

-¡¡No me chilles, que no estoy sorda!! ¡Además, ni siquiera había nadie en la calle! ¡¡Eres una paranoica!!

-¡¡Paranoica yo!! ¿¿¡¡Tan segura estás de que no había nadie!!??¡¡EH!!¡¡Es a ti a quién intentaron matarte ayer, y ahora resulta que ahora soy YO la paranoica!!

-¡¡Sí, eso es lo que eres!! ¡¡PARANOICA!!

Sus rostros se estaban acercando peligrosamente, con la furia centelleando en las pupilas.

-¡¡No tengo ganas de quedarme sin cobrar por tu culpa, sabías!! ¡¡Si te matan, no hay dinero, ¿¿RECUERDAS??!!

-¡¡Oh, sí, claro!! ¡¡Porque a ti lo que me pase a mí te importa una mierda!! ¡¡¡Lo único que te preocupa es quedarte sin cobrar, ¿¿VERDAD??!!!

-¡¡PUES SÍ!!

Alguien llamó a la puerta.

-¡¿QUÉ!? –gritaron ambas al unísono.

-Esto… ¿va todo bien? –era la voz de Grace. Parecía preocupada.

-¡SÍ! –volvieron a gritar a la vez.

-Bien, bien… eh… bueno, os dejo para que sigáis… eh… hablando…

Se quedaron en silencio, oyendo los pasos titubeantes de Grace alejarse por el pasillo. Ambas temblaban de rabia.

-¡¡No entiendo cómo puedes dedicarte a proteger vidas cuando éstas te importan una mierda!! ¡¡A TI SÓLO TE IMPORTA EL DINERO!! ¡¡Si lo único que te importa es el dinero, haberte metido en una mafia, que ganarías más!!

-¡¡CÁLLATE!! ¡¡NO TIENES NI YLS IDEA DE NADA!! –gritó Ángela al mismo tiempo que agarraba a Álex del cuello de la camisa.

-¡¡Adelante, pégame!! ¡¡Vamos, lo estás deseando!! –la mano de la guardaespaldas, aún firmemente sujeta a la camisa, tembló -. ¡¡Venga, valiente!! ¡¡HAZLO!!

Y entonces Ángela la atrajo hacia ella y abruptamente la besó. Se adueñó de su boca, obligándola a separar los labios y adentrar su lengua. La besaba casi con rabia, desquitándose de todo lo que sentía. Álex jamás había sentido aquella corriente de sensaciones. Y se abandonó por completo al beso. Ángela la agarró por la cintura y la empujó, empotrándola contra la pared. Sus cuerpos se hallaban completamente pegados y unidos por sus bocas, anhelantes. Álex sintió como la mano de Ángela se introducía por su camisa, recorriéndole la espalda con las manos y no hizo nada por pararla. Se sentía furiosa con aquella mujer, pero también el deseo la consumía por dentro. Ni mil duchas de agua fría hubiesen conseguido apagar aquel incendio; únicamente la boca y las manos de Ángela parecían tener la capacidad de hacerlo.

Y entonces…

Toc-toc

Ambas muchachas reaccionaron y se alejaron con brusquedad. Se miraron unos segundos a los ojos, asustadas por lo que acababa de suceder.

Toc-toc

-Esto… ¿chicas? ¿Va todo bien?… Emmh, bueno…

Álex fue la primera en abrir la boca.

-Sí, nana, tranquila… Eh… Todo va bien… Sí… No pasa nada… tranquila.

-Oh… Bien, bien… No, es que me tenéis preocupada… -dudó-. ¿Os estáis peleando acaso?

-No –esta vez fue Ángela la que habló. Sus ojos de hielo aún ardían-. No, tranquila. Puede marcharse, estamos bien.

-Bien, en ese caso… la comida estará lista en media hora…

Volvieron a oír los pasos de Grace alejarse. Con el pulso completamente acelerado, se miraron a los ojos unos segundos, hasta que el móvil de Ángela comenzó a sonar. Álex dio un respingo. Le sorprendió comprobar que el móvil de Ángela estaba sobre la cama de ésta, con la tapa abierta, como si lo hubiese descuidado ahí justo en medio de una conversación. La mujer le dio la espalda y descolgó.

-Sí. Sí. No. Ajá. Ya voy.

Colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Abrió la puerta de la habitación sin volver a dirigirle una sola mirada.

- Tu hermano quiere hablar conmigo. No te muevas de aquí.

Álex se sentó en la cama, temblando como una hoja. Desde luego, no pensaba desobedecerla esta vez.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:08

CAPÍTULO 9


Álex se frotó los labios con fuerza y soltó una maldición.
¿Qué había hecho?
¿Por qué había dejado que sucediera esto?
Las cosas se estaban sucediendo de manera muy extraña. Le escocían los ojos y aún temblaba.
Primero, discutían y empezaban a gritarse como histéricas. Luego, Ángela reconocía que el único interés que tenía en ella era meramente laboral. Y, para acabarlo de rematar, la cogía del cuello y, en vez de pegarla, la besaba.
No entendía nada. Y no era para menos.
No la entendía a ella y no se entendía a sí misma. No alcanzaba a comprender cómo se había dejado llevar por aquel beso y el cúmulo de sensaciones que le había transmitido. Se recorrió los labios con la lengua y cerró los ojos.
“Por favor, por favor, que no me esté enamorando de ella…”
Podía pasar por alto el hecho de desearla. Era adolescente y tenía las hormonas alteradas, así que no debía darle demasiada importancia. Ángela era espectacular, tampoco era tan raro sentir algún tipo de deseo hacia ella. Una atracción física, cuestión de sexo. Si sólo era eso, se le pasaría.
Pero no quería enamorarse. Por nada del mundo quería eso. No quería implicarse emocionalmente con alguien como ella. Porque entonces, iba a sufrir. Y mucho.
Se dijo mentalmente que había sido un calentón… Ambas estaban muy acaloradas y se habían dejado llevar. Sólo eso.
Entonces… si sólo se trataba de aquello… ¿por qué tenía ganas de llorar?

Flashback
“-¡¡Oh, sí, claro!! ¡¡Porque a ti lo que me pase a mí te importa una mierda!! ¡¡¡Lo único que te preocupa es quedarte sin cobrar, ¿¿VERDAD??!!!
-¡¡PUES SÍ!!”

Cerró los ojos, luchando porque las lágrimas no saliesen.
¿Por qué le dolía tanto el corazón si únicamente se trataba de algo físico? Lo que Ángela le dijera debería darle igual, ¿no?
Se tapó la cara con ambas manos para reprimir un sollozo.
Alguien abrió la puerta de sopetón.
-Álex, dice tu hermano que subas a su despacho.
La joven ladeó la cabeza para que Ángela no viese las delatadoras lágrimas.
-Voy –respondió escuetamente.
Pasó por delante suyo haciendo esfuerzos sobrehumanos para no mirarla. Cosa que no hizo ella. Sentía su mirada clavada en la nuca mientras caminaban.
Y aquello no ayudaba mucho a su estado de ánimo que digamos.
-Oye –la llamó la guardaespaldas.
Álex hizo ademán de ignorarla.
-Eh –insistió.
Álex aceleró el paso. Ángela resopló y apresuró también el paso. La agarró del brazo y la obligó a detenerse. Álex esperó a que hiciese alusión a lo sucedido en la habitación y no lo hizo. Simplemente, le tendió un pañuelo con cara de pocos amigos. Como si estuviese teniendo un dilema interior con ella misma por aquel simple hecho.
-No quiero que tu hermano diga que te hago llorar.
Álex se sonrojó. Entonces se había dado cuenta que había estado llorando. Aquello la hizo sentirse aún más ridícula.
Ángela pasó por delante de ella sin mediar más palabra y encabezó la marcha.
“Un momento, un momento… ¿Ya está? ¿No va a preguntarme por qué lloro?... ¿¿Ni siquiera va a decir nada de lo que ha pasado en la habitación?? ¡¡Pero es que en vez de sangre tiene hielo en las venas o qué!!”
Apretó el pañuelo con tanta fuerza que lo arrugó.
El silencio era más incómodo de lo habitual. O, al menos, a Álex le parecía que así era. Pero tenían que hablar y dejar las cosas claras. Llegaron al despacho de César y, cuando Ángela ya tenía una mano en el pomo, Álex la llamó.
-Ángela, lo que ha pasado antes, en mi habitación… Bueno, que…
-¿Y qué se supone que ha pasado en la habitación? –dijo sin girarse.
Fue como si alguien la hubiese golpeado en la boca del estómago con un bate de béisbol.
-¿Qué?
-Que yo no recuerdo que haya pasado nada en tu habituación –ladeó un poco la cabeza para mirarla de soslayo-. Porque no ha pasado nada –remarcó-, ¿queda claro?
Álex cerró los puños con fuerza. Se le humedecieron los ojos, pero las lágrimas no llegaron a caer.
-Cristalino. No ha pasado nada –siseó con rabia contenida.
-Bien –dijo mientras abría la puerta. Álex también tenía los puños apretados al entrar.
Cuando entró, después de ella, lo primero que vio fue a su hermano dando vueltas por el despacho como un perro encerrado. Parecía enfadado…
Su hermano la miró.
Corrección: ESTABA muy enfadado.
¿Pero por qué? Quizás Ángela le hubiese contado que había salido de casa sin su permiso. Pero aquello no justificaba aquel ceño fruncido y que tuviese la mandíbula tan apretada. A fin de cuentas, no le había pasado nada… Es más, cuando intentaron matarla en el aparcamiento, estaba mucho más tranquilo que ahora.
-Sentaos –ordenó. Sí, ordenó-. Las dos.
Guardaespaldas y protegida tomaron asientos opuestos.
-Álex, esto es serio –empezó César-. Más serio de lo que me imaginaba. Están vigilando la casa. A todas horas. Y no sé cómo actuar…
Le lanzó una mirada asesina a la guardaespaldas, que la aguantó impertérrita. Álex parpadeó un par de veces, confusa. ¿Y ahora por qué se enfadaba con Ángela?
-¿Por qué no llamamos a la policía? –propuso la castaña.
César negó con la cabeza.
-Me advirtieron que si lo hacía, irían, no sólo a por ti, sino a por todos nosotros.
Un escalofrío le recorrió la espalda. tragó saliva.
¿Todos?
Su padre, Grace…
No…
-No puedo llamar a la policía, Álex. Sé que es egoísta, pero en esta casa vive mucha gente. No quiero que…
-Está bien, César, lo entiendo –respondió la muchacha haciendo aplomo de la poca compostura que aún le quedaba para no parecer asustada-. Pero entonces, ¿qué puedo hacer?
César se rascó la cabeza.
-Esta casa no es segura –dijo en un susurro que casi ni se escuchó.
-Lo sé, ¿pero qué puedo hacer? –volvió a repetir.
Ángela se removió en su asiento, de pronto visiblemente incómoda. Álex la miró sin comprender: ¿qué se le escapaba?
-Por eso, he pensado que lo mejor es que te vayas a vivir a casa de Ángela –declaró César con aplomo.
Un aplomo que no tuvo su hermana, que se levantó de golpe soltando un “¿¿!!QUÉEEEEEEE??!!” que se oyó por toda la casa.
Le lanzó una mirada a Ángela para saber si ella estaba al tanto de todo, pero a juzgar por su boca entreabierta, estaba tan sorprendida como ella.
-César, no –pidió (suplicó).
-Este sitio no es seguro, Álex –volvió a repetir su hermano, como si aquello zanjara la discusión-. Si conseguimos que te instales en la casa sin que ellos se den cuenta, estarás a salvo. Y yo podré pensar qué hacer con más calma si sé que estás en un sitio seguro y no en su punto de mira.
Lo que decía tenía lógica.
Para su desgracia.
-César, no creo que sea la mejor manera de… -empezó Ángela, pero el muchacho la cortó alzando una mano.
-Espero que recuerdes cuál es tu trabajo, Ángela –siseó. Estaba enfadado. Más con ella que con su hermana, que se revolvió, algo tensa. No entendía por qué estaba tan cabreado con ella. Sí, era cierto que la había dejado salir de casa, pero al final no había pasado nada. Es más, Ángela hacía siempre todo lo posible por protegerla (la había abrazado con la intención de protegerla de una posible bala; eso era digno de agradecer y admirar)-. Y si Álex estará más segura en tu casa, esperó que no pongas ningún obstáculo para ayudarla.
Ángela no estaba menos enfadada que César. Si las miradas hubiesen tenido la propiedad de matar, ambos estarían ya fulminados en el suelo. ¿De qué habrían hablado antes de que subiese Álex para estar tan tensos? Se imaginaba a su hermano gritando y riñendo a Ángela y, por un momento, Álex sintió un poquito de pena por su guardaespaldas.
-Bien. Que se venga a vivir conmigo entonces –concedió a regañadientes.
César aflojó la dureza de sus facciones.
-Bien. Lo haremos así: esta noche saldrán de casa cinco coches al mismo tiempo para despistar. Cuatro de ellos los conduciremos Grace, Wilson, Johan y yo. En el quinto, iréis Ángela y tú. En el caso de que hubiese alguien vigilando, sería imposible que pudiese seguir a los cinco coches a la vez, ya que cada coche tomará un camino distinto. Y, al ser de noche, dudo que se pueda distinguir de qué color es cada coche… todos son oscuros, así que…
Álex parpadeó.
Era un buen plan. Un muy buen plan.
Realmente, su hermano era inteligente.
-Esta situación no será para siempre, Álex –aseguró César-. Sólo necesito que estés a salvo para poder actuar con mayor soltura. Incluso, si veo que todo va bien, quizás contrate más seguridad para la casa y me arriesgue a llamar a la policía. Pero necesito saber que tú vas a estar bien. Por favor.
Pocas veces su hermano usaba la coletilla “por favor”.

¿Cómo iba a negarse? ¿Cómo podía negarse?
-Está bien, César. Cómo tú veas.
El muchacho relajó completamente las facciones.
-Bien. Despídete de papá. Os vais mañana.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:09

CAPÍTULO 10


Al día siguiente, Álex salió de la habitación de su padre más deprimida que nunca. Empeoraba a cada día que pasaba. Sus ojos, antaño tan llenos de vida, estaban enmarcados por unas permanentes ojeras. Su rostro, pálido y plagado de arrugas. Tan… consumido.
Se tragó las lágrimas y fue directa hacia el garaje. Allí se encontraban todos los partícipes del plan: Grace, Wilson, Johan y su hermano, además de algunos criados que habían ido a despedirla. Repartió besos y abrazos a todo el mundo, sobretodo a Grace, que parecía ser la más afectada.
-Si van a ser sólo algunas semanas, mujer –trató de consolarla la niña mientras le daba un fuerte abrazo-. Ya verás como dentro de poco me tienes otra vez molestando por la casa.
La mujer asintió con lágrimas en los ojos mientras Álex le daba un manotazo amistoso en el brazo a su hermano a modo de despedida. César le palmeó la cabeza como respuesta.
-Ten cuidado –fue lo único que le dijo.
Álex le guiñó un ojo, acostumbrada ya a su falta de efusividad (tampoco es que ella fuese excesivamente cariñosa con él, para qué engañarnos) y entró en el coche de Ángela con un extraño nudo en la garganta. Ésta la miró de reojo, pero no dijo nada.
Aquella noche, cinco coches salieron de la mansión de los Windsor.
Sólo cuatro de dichos coches volvieron bien entrada la madrugada.

ooooooooooooooo


Álex se alegró de llevar puestas unas gafas de sol. De esta manera, Ángela no podría ver que estaba llorando. Últimamente, parecía que no hacía otra cosa a parte de llorar.
Pero no podía evitarlo: estaba asustada. Nadie podía culparla por ello. Había un loco ahí fuera (o locos) que intentaba matarla. A ella y a su toda su familia si las cosas se ponían feas. Acababa de dejar su casa para mudarse con una mujer que no la soportaba. Y, para colmo, la salud de su padre no hacía más que empeorar.
Era lógico sentirse asustada. Y triste. Nadie podía culparla por ello.
-Es aquí –anunció Ángela al cabo de unos minutos de silenciosa conducción.
Acababan de llegar a un modesto bloque de pisos, que no debía tener más de cinco plantas. Ángela vivía en el tercer piso. Tuvieron que subir a pie, ya que no había ascensor.
-Pasa –la invitó la mujer con fría cordialidad.
Álex entró sin mediar palabra y quedó sorprendida. Lo cierto es que tenía el piso decorado de manera muy acogedora. No era muy grande, pero era todo lo contrario a lo que era Ángela. Era… cálido. Tenía las paredes del comedor pintadas de color salmón, con un sofá granate, un televisor, y una mesita justo en el centro.
-Siento si mi humilde hogar no está a la altura de tu estrambótica mansión de tres pisos –soltó la guardaespaldas mientras dejaba caer la maleta sobre el sofá.
¿Por qué tenía que tratarla así? Le dolía. Le dolía mucho. ¿Tanto la odiaba? ¿O es que acaso disfrutaba viéndola sufrir?
Álex cerró los ojos, aún con las gafas puestas, notando como las lágrimas le resbalaban. No contestó. Lo cierto es que no tenía ganas de discutir.
-¿Dónde podría dormir? –preguntó educadamente, con la voz más ronca de lo que hubiese querido.
Ángela la miró, medio sorprendida. Seguramente porque esperaba poder iniciar una nueva discusión con ella. Parecía estar descargando toda su frustración sobre ella.
“Es normal”, pensó, “Le han encasquetado de buenas a primeras a una niña en su casa. Es natural que esté enfadada… no es para menos”
Pero no porque lo comprendiese dolía menos.
-Al fondo del pasillo, a mano derecha hay una habitación libre –le respondió escuetamente.
-Gracias –agarró la maleta con una mano y se alejó del pasillo. Pero antes de llegar a dicha habitación, la mano de Ángela se ciñó con fuerza a su muñeca, obligándola a detenerse.
-¿Qué? –inquirió con suavidad Álex.
-¿A qué se debe tanta docilidad? –la interrogó la mujer-. Soy yo la que debería estar enfadada y deprimida, ¿sabes? Me meten a una cría en casa y, para colmo, le tengo que hacer de niñera.
Otro golpe más.
Cada palabra de aquella mujer era como un puñetazo en el estómago. Y Álex no iba a soportar más ataques por aquella noche. Si no quería derrumbarse, más le valía soltarse de aquel agarre y entrar en la habitación. Allí lloraría todo lo que quisiese y más. Pero cuando estuviese sola. Benditas gafas de sol que le cubrían el rostro.
-Pues siento ser una molestia tan grande para ti. De veras que lo siento –y le asombró comprobar que realmente era así.
Esperó a que Ángela se burlase de ella como de costumbre pero, para su sorpresa, no lo hizo. Se quedó allí, sujetándola. Finalmente, alzó la otra mano y, con sumo cuidado, le quitó las gafas.
Álex cerró los ojos en un acto reflejo: sabía de sobras que debía de tenerlos enrojecidos a causa de las lágrimas. Notó también como se le escapaba una solitaria lágrima mejilla abajo.
-¿Por qué me odias tanto? –no pudo evitarlo. Las palabras salieron solas. Se arrepintió nada más terminar la frase. Sabía que se tenía que haber callado, pero no había podido evitarlo.
Esta vez, Ángela fue incapaz de disimular su sorpresa ante la pregunta.
-No te odio –dijo finalmente. Había una gran amargura en sus palabras-. Y quizás ésa será mi perdición.
Álex se encontró de nuevo con aquellos ojos azules.
-No te entiendo, Ángela… No te entiendo, y quiero hacerlo… Quiero comprenderte, quiero saber… quiero…
No le dio tiempo a terminar la frase. Ángela la calló con un beso. Un simple roce de labios.
-No te odio… -susurró-. No puedo odiarte… Por más que lo intento…
Volvió a besarla de nuevo. Aquel beso fue tan distinto de aquel primero que se dieron… Sintió los labios fríos de Ángela sobre los suyos y los acarició. Mientras apresaba el labio inferior de Ángela entre los suyos, Álex deslizó sus manos por la cara de Ángela para hundirlas finalmente en su cabello. Hasta ese momento nunca había sabido las ganas que tenía de tocar ese pelo sedoso y liso, de enredar los dedos en él y aspirar su aroma. O quizás sí... quizás había tenido deseos de hacerlo desde que se conocieron. Desde aquella primera vez que Ángela la había tumbado en el suelo del despacho de su hermano.
Ángela ladeó el rostro para adentrarse en la boca de Álex, que la estaba esperando. Esta vez, cuando ambas lenguas se encontraron, a las dos les embargó una sensación que estaba muy lejos de ser únicamente pasión o lujuria. Era algo más.
A tientas, Ángela abrió la puerta de la habitación y empujó con suavidad a Álex para que entrase. De espaldas, Álex cayó sobre la cama, con Ángela encima de ella.
Las ropas empezaron a estorbarles. Con cuidado, Ángela fue desabrochándole los botones de la camisa a Álex, hasta acabar arrebatándosela. Recorrió cada centímetro de su piel con sus labios, lamiendo y recreándose en cada rincón escondido. Álex la obligó a levantar los brazos y ella misma le quitó el jersey negro que llevaba. Sintieron el contacto de sus cuerpo semi-desnudos. sus pieles la una contra la otra. Se despojaron de todas las ropas, se fundieron en cada beso, se derritieron con cada roce, recreándose en cada caricia.
Mientras sentía los labios de Ángela sobre los suyos, supo que aquello no era simple lujuria. Ni deseo. Ni un calentón de tres al cuarto.
No.
Se había enamorado.
Se había enamorado de su guardaespaldas.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:10

CAPÍTULO 11



-Tienes un tatuaje.

-¿Ummh?

Álex se recostó sobre el pecho desnudo de Ángela, cubierto únicamente por las sábanas.

-Que tienes una rosa negra en el omoplato, muy cerca del cuello. Pequeñita, rodeada de espinas. Tiene una forma muy rara…. No me había dado cuenta, como siempre llevas jerséis de cuello alto.

Ángela abrió los ojos lentamente. Como si despertara de un sueño muy profundo, a pesar de no haber dormido en toda la noche.

-Ah… sí –de pronto parecía incómoda.

-¿Tiene algún significado?

La guardaespaldas no respondió. Se levantó con rapidez y comenzó a vestirse. Álex suspiró. De nuevo, aquel halo de misterio que la envolvía volvía a ser plausible.

-Ángela –la llamó.

-¿Sí?

-¿Qué estamos haciendo?

La mujer se dio la vuelta.

-¿A qué te refieres?

Álex clavó la vista en las sábanas.

-Un día nos odiamos, y al otro nos besamos. Volvemos a odiarnos y acabamos metidas en la misma cama. Y ahora, de nuevo, vuelves a mostrarte tan fría como de costumbre. Como si nada hubiera pasado. Y no entiendo nada… ¿Por qué no puedes decirme qué es lo que pasa por tu cabeza? No sé nada de ti, Ángela… No sé qué sientes por mí. Y… No soporto sentir que me están usando. ¿Por qué te comportas así conmigo? No lo entiendo…

Aquello desarmó a Ángela. Terminó de ajustarse los pantalones y se sentó en el borde de la cama. Cogió a Álex de la barbilla y la obligó a mirarla.

-A veces es mejor no saber, Álex. Créeme –dudó unos instantes, como si aquel discurso le estuviera costando a horrores-. Pero no te estoy usando. Ni voy a hacerlo jamás. Porque… no quiero hacerte daño –la mano le tembló al pronunciar aquella última frase-. Créeme por favor –había un deje de desesperación en su voz. El hielo que la envolvía estaba comenzando a fundirse.

Y por algún extraño motivo la creyó.

Realmente lo hizo.

Pasaron tres días más encerradas entre aquellas cuatro paredes. Regalándose caricias y besos en cada rincón de la casa.

No hablaban. No se pedían explicaciones, ni preguntaban. Simplemente se dejaban llevar, entregándose cada parte de su ser. Disfrutando de su compañía. Saboreando cada beso, temblando ante cada roce.

Porque había cosas que no podían expresarse con palabras.

Aún estando amenazada de muerte, Álex recordaba aquellos días como los más felices de su vida.

Cuando aún era feliz en su burbuja de ignorancia. Cuando su vida aún no había dado un giro inesperado.

Antes de saberlo todo.

Antes de recibir la fatídica llamada que lo cambiaría todo.

Jamás olvidaría aquel miércoles 17 de febrero. Seis días antes de cumplir 18 años: la mayoría de edad.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:10

CAPÍTULO 12



Álex dio un respingo cuando el sonido del teléfono la despertó de sopetón. Miró el reloj. Era la una de la mañana.

Ángela, acostada a su lado, tanteó la mesita de noche y descolgó el móvil.

-¿Sí? –preguntó, aún medio dormida. Alguien al otro lado dijo algo. La guardaespaldas se incorporó, de pronto nerviosa.

-¿Qué pasa? –inquirió Álex.

-Ahá –Ángela seguía hablando con su interlocutor-. Sí. Ya. No me parece el momento –le echó una mirada de soslayo a Álex-. No es el momento –repitió-. Hazme caso. Aún no –Ángela empezó a temblar y se tapó la cara con una mano.

-¿Qué pasa? –volvió a preguntar Álex, algo asustada. Ángela nunca perdía los nervios.
-He dicho que aún no –volvió a repetir la mujer de manera autoritaria antes de colgar el teléfono con brusquedad. Lo contempló unos segundos y, finalmente, lo lanzó contra la pared con ira. El móvil se rompió.

-¡Ángela! –Álex se irguió un poco-. ¿Qué te sucede?
La mujer se tapó la cara con ambas manos. Suspiró sonoramente un par de veces y posó ambas manos en las mejillas de su protegida.

-Escúchame, pequeña. Necesito que me prometas que vas a estar tranquila, ¿de acuerdo? ¿Lo prometes?

Álex sólo alcanzó a asentir con la cabeza. El vello de la nuca se le erizó. Un mal presentimiento la asaltó de pronto.

-Tu padre ha muerto.

Un profundo silencio se apoderó de la habitación.

No.

No había oído bien.

Claro que no. Su padre no podía estar muerto.

Álex comenzó a reír nerviosamente.

-Es mentira –susurró.
Ángela aumentó la presión de sus manos en el rostro la joven.

-Álex…

-Es mentira –volvió a repetir con la mirada perdida-. No puede ser verdad…

Ángela quiso atraerla hacia sí, pero Álex no la dejó. Se levantó apresuradamente.

-Tengo que ir a casa –aún no lo asimilaba. Tan sólo quería llegar a casa y que todo el mundo le dijese que no era cierto.

Ángela se puso de pie con ella y la agarró por los hombros. Tenía la cabeza gacha, como alguien a quien acaban de derrotar.

-No puedes ir a tu casa ahora –le dijo con voz temblorosa.

-¡NÓ ME JODAS, ÁNGELA!

-No puedes salir de aquí. Hoy no. Por favor, por favor, por favor… Confía en mí… No salgas.

Álex comenzó a llorar.

No entendía nada.

Todo aquello era una pesadilla.

Ángela, cuyas manos seguían en sus hombros, temblaba violentamente. Habría jurado que lloraba, pero no. Cuando alzó los ojos para mirarla, éstos estaban empañados de una abrumadora serenidad y decisión.

-Por favor, Álex… Te lo contaré todo. Te lo juro. Pero hoy no salgas de casa. Te dije una vez que jamás te haría daño. No vayas.

Álex siguió llorando. Minutos. Horas incluso.

Ángela se tumbó a su lado y la abrazó hasta que el llanto de la muchacha cesó. Besó con cuidado todas y cada una de sus lágrimas, hasta que terminó por quedarse dormida, con un brazo rodeando a Álex.

La joven la contempló dormir. Sólo cuando dormía parecía estar verdaderamente tranquila. Como una niña pequeña.

Con cuidado, apartó el brazo de Ángela y se levantó.

Había llorado todo lo que tenía que llorar.

Pero aquella noche tenía que estar con los suyos. No podía quedarse con Ángela. No aquella noche. Quería abrazar a Grace… y a su hermano. Tenía que compartir aquel dolor con ellos.

-Te prometo que mañana por la mañana estaré de vuelta –susurró.

Contempló a Ángela unos segundos más y, lo más silenciosamente que pudo, se marchó de allí.

El reloj marcaba las tres y cuarto de la ma
drugada.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:11

CAPÍTULO 13


Su casa quedaba lejos.

Jamás había corrido tan desesperadamente como entonces. Había empezado a llover, pero no le importó. Tan sólo quería llegar a su casa y abrazar a su familia. Llorar con ellos. Sentir que…

Alguien la agarró de la cazadora y tiró de ella, provocando que Álex cayese de bruces contra el suelo.

Tardó al menos tres segundos en darse cuenta de lo que había sucedido.

Cuando quiso darse la vuelta, se encontró con el filo de una navaja a menos de un centímetro de su cuello.

-Qué decepción –susurró una voz pastosa-. Pensé que me lo pondrías más difícil… ¿No te han dicho nunca que salir de casa sola es peligroso?

Álex abrió los ojos desmesuradamente, presa del pánico.

Un hombre alto, corpulento, se arrodilló junto a ella. No se le veía bien la cara. Con una mano balanceó el cuchillo en torno a su garganta, sin llegar a rozarla.

-No es nada personal, princesa. Sólo cumplo órdenes. Quizás si…

No llegó a terminar la frase. Álex le apartó la mano con la que sujetaba la navaja con el brazo y, con el otro, le propinó un codazo en la cara.

Aprovechó el momento de sorpresa del hombre para intentar huir, pero éste fue más rápido. La agarró por la pierna para impedirle todo intento de huida. Desesperada, Álex trató de golpear a su agresor. Forcejeó y acabó agarrando lo primero que se le puso a tiro: una cadena que colgaba del cuello de aquel hombre. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, estiró de la cadena, arrancándosela de cuajo y provocando que el hombre se llevase las manos al cuello con un alarido de dolor. Desde el suelo, Álex le golpeó la cara con la pierna y salió corriendo.

La oscuridad era casi absoluta; apenas veía con dificultad las siluetas de los edificios. Los pies le resbalaban sobre las piedras, patinaban sobre el suelo húmedo a causa de la lluvia. Sus pies chapoteaban por las calles. Recorrió unos metros más, hasta que encontró una esquina que daba a una calle sin salida. Allí, se agazapó en un rincón, temblando.

Se tragó un grito a duras penas y respiró, intentando controlar los sollozos de terror que estaban a punto de doblegarla. Su mano se aferró a sus costillas y apretó, intentando detener el pánico. Iba a morir. La iban a encontrar, estaba segura. Sólo entonces se dio cuenta que tenía algo firmemente sujeto entre sus dedos: una cadena. La cadena de aquel hombre.

Oh, dios.

Había estado a punto de morir.

Habían estado a punto de matarla.

Otra vez.

Por un momento, deseó que Ángela apareciese de la nada y la rescatase. Pero, en aquella ocasión, ella no estaba.

Estaba sola.

Se abrazó sobre sí misma, esperando que en cualquier momento apareciese aquel hombre por la esquina, triunfante.

Pero los minutos pasaron sin que nada sucediese. Tenía la ropa adherida al cuerpo a causa de la lluvia, y gruesas gotas de agua le resbalaban por la cara. No hubiese sabido decir si eran lágrimas o lluvia.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, sentada bajo la lluvia, con la espalda pegada a la pared. Pero seguramente debió de ser mucho: la oscuridad ya no era tan persistente, y unos pequeños atisbos de luz comenzaron a teñir el cielo.

Sólo entonces fue capaz de levantarse del suelo. Aún tenías los nervios crispados y la cadena temblaba violentamente entre sus manos.

Iba a morir.

Tarde o temprano, iban a conseguir matarla.

Si su hermano no encontraba pronto a los responsables, era sólo cuestión de tiempo que lograsen su objetivo.

Y no quería morir.

No quería.

Dio un paso para comprobar si sus piernas podían soportar su peso. Aún le temblaban tanto que no le hubiese extrañado que no pudiesen sostenerla.

Y entonces lo hizo: por primera vez miró la cadena que aún tenía firmemente sujeta entre sus dedos.

Un escalofrío le recorrió la espalda. La boca se le secó al acto y creyó que el mundo se le venía encima.

Del fino cordón de plata pendía una rosa forjada en metal negro. Una pequeña rosa rodeada de espinas.

Exactamente igual al tatuaje que llevaba Ángela.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:12

CAPÍTULO 14



Un paso. Y otro más. ¿Era así como se caminaba? Se estaba desplazando, así que supuso que sí.

Caminó, mirando las calles como si fuera la primera vez que las veía. Como dentro de una ensoñación. Vacía de todo pensamiento. De todo sentimiento.

Su mente se negaba a procesar los recientes sucesos.

La cadena aún yacía entre sus dedos. Con aquella maldita rosa colgando en ella.

De pronto, se encontró ante un apartamento de pisos. La puerta estaba abierta, así que, despacio, subió hasta el tercer piso. Un escalón. Otro. Y otro más. Se detuvo bajo el umbral de una de las puertas, con el dedo sobre el timbre, sin llegar a pulsarlo.

Ya no le importaba nada. Si lo que había deducido era cierto… Ya no le importaba qué pudiese sucederle.

Llamó.

En menos de un segundo, Ángela ya había abierto la puerta. La miró primero con rabia, luego con comprensión y, para finalizar, con alivio. Se abalanzó sobre ella como si temiera que de un momento fuese a esfumarse. El cuerpo de Álex despertó ante aquel contacto y se estremeció.

-¡¡¿Donde coño estabas?!! –le reclamó, aún bajo el umbral. Tiró de ella para que entrara en casa y cerró la puerta de un portazo-. ¡¡Eres imbécil!! ¡¡Una idiota rematada, ¿me oyes?!! –le gritó, zarandeándola-. ¡¡Por dios, te dije que no salieses!! Si te hubiera pasado algo…

-Si me hubiera pasado algo, ¿qué? -¿era aquella su voz? No lo parecía.

Ángela retrocedió un paso, como si acabaran de golpearla. Ante su mirada de confusión, Álex alzó el brazo y agitó la cadena ante sus narices. La tenue luz del día hizo que la rosa negra brillase.

Ángela dio otro paso hacia atrás.

-¿Te suena de algo? –la mujer tenía las pupilas dilatadas a causa de la impresión. Sus ojos viajaban de la cadena a Álex sucesivamente.

-¿De dónde la has sacado?

-No has contestado a mi pregunta, Ángela. ¿Te suena de algo?

La mujer se quedó allí, muy derecha. Quieta. Como una estatua.

Álex avanzó un paso. Más por instinto que por otra cosa. Despacio, comenzó a desabrochar la camisa de Ángela. Ésta se dejó hacer sin protestar. No había nada de erótico en la situación. Álex jamás había estado tan tensa. Ya sabía de antemano qué iba a encontrar bajo la tela. Pero tenía que verlo. Tenía que comprobarlo por ella misma de nuevo. La camisa cayó al suelo, dejando al descubierto aquel tatuaje en el omoplato.

Tal y como había supuesto, era idéntico al de la cadena.

Como si de una revelación se tratase, Álex dejó caer aquel maldito colgante al suelo.

-Eres una de ellos, ¿verdad? –no era una pregunta después de todo. Era una afirmación.

Ángela asintió, entendiendo a qué se refería. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró en el acto. No había nada que decir: ella estaba allí para matarla. Ése había sido su objetivo desde que entró en la casa. Era una de aquellos malditos asesinos.

Álex lo supo en cuanto vio la extraña rosa que pendía de la cadena.

-No... –murmuró entre dientes-. Tú no… Por favor, tú no…

-Lo siento –masculló la mujer-. Lo siento tanto, Álex. Yo no quería que pasara esto…

Álex se pasó las manos por el pelo, desesperada.

-¿Por qué? –alcanzó a preguntar-. ¿Quién te envía?

Ángela no respondió.

-¡¡CONTÉSTAME!!

Ángela no se movió. Tampoco habló. Tenía los ojos fijos en el suelo. Álex se abalanzó sobre ella y ambas cayeron al suelo. Alzó el puño con la única intención de estrellárselo en la cara, pero la mujer permaneció inmóvil. Ni siquiera hizo ademán de querer defenderse. El puño de Álex tembló en el aire.

-¡Defiéndete! –gritó la castaña, desesperada. Destrozada -. ¡Haz algo!

Ángela negó con la cabeza y cerró los ojos. Todo el aplomo y la frialdad que la caracterizaban parecían haberse esfumado en aquel momento. Como una muñeca rota.

Álex temblaba de ira.

¿Por qué?

Todo había sido una mentira desde el principio.

Todo.

Seguía con el puño alzado.

Pero no pudo. Ni podría. Jamás podría hacerle daño.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se sentía tan jodidamente patética… Respirando entrecortadamente, se levantó y fue a la habitación de Ángela. Abrió el primer cajón de la mesita y tomó su pistola entre las manos; Ángela siempre la guardaba en el mismo sitio. Craso error.

La pelinegra seguía en el suelo cuando volvió. Sus pupilas se dilataron al ver a Álex con el arma. Pero ni mucho menos era para lo que imaginaba.

La joven arrojó el arma a los pies de su “guardaespaldas”. Las lágrimas le seguían resbalando por las mejillas. Ángela la había visto llorar en muchas ocasiones, pero jamás con aquella amargura y esa rabia.

-Vamos –dijo Álex entre dientes-. Termina tu trabajo. Mátame aquí y ahora. No es necesario que sigas con esta farsa por más tiempo.

Los dientes le castañeaban de cólera y frustración.

¿Cómo no se había dado cuenta antes de todo?

Estarían tan ocupados en buscar al enemigo fuera que jamás pensarían que pudiese estar en casa. Ángela era una actriz fantástica. Se había ganado la confianza de todos en un santiamén. Y la de ella también.

Cómo la había usado…

Cómo se había aprovechado de ella…

Si lo que quería era matarla, podría haberlo hecho la misma noche en que llegó. No habría sido necesaria toda aquella parafernalia. No era necesario enamorarla. No eran necesarios todos aquellos besos… Aquellas caricias… Nada de eso era necesario.

Ángela miraba el arma como si no supiera ni cómo funcionaba. Sus fríos ojos azules estaban empañados y extrañamente brillantes.

-Vamos –la instó Álex-. Vamos, mátame. Esto es lo que querías desde el principio, ¿no?

Ángela seguía mirando la pistola sin moverse. Álex se arrodilló junto a ella puso el arma entre sus manos.

-Dispara –le ordenó.

Su mano permaneció inmóvil en el arma. Una solitaria lágrima cayó de aquellos ojos azules.

Llena de rencor, Álex agarró el cañón de la pistola y lo colocó sobre su pecho, a la altura del corazón.

-Sólo tienes que apretar el gatillo –la voz se le quebraba. Casi no podía ni hablar-. Acaba con esto de una vez. No me hagas sufrir más… Dispara.

Otra lágrima más. Y otra. Aquella bonita mirada quedó rápidamente oculta bajo un halo de agua salada.

-¡¡DISPARA!!

-¡¡NO PUEDO!!

Ángela arrojó la pistola al suelo y atrajo a Álex hacia sí. Enterró su rostro en el cuello de Álex.

-No puedo… –repitió con voz ahogada.

Álex miró al techo, destrozada.

-No me hagas esto ahora, Ángela. Mátame… Por favor… Mátame… Mejor tú que cualquiera de tus compañeros… -recordó aquel hombre corpulento y con voz pastosa.

Ángela negó con la cabeza. La estrechó con más fuerza entre sus brazos.

-Si realmente pudiese matarte, ya haría tiempo que lo habría hecho… Pero no puedo… Aunque se me presentaran mil ocasiones para ello… No podría… ¿Es que no lo entiendes? –se apartó un poco de Álex y le arrojó el arma. La castaña la atrapó al vuelo-. Así que… Haz lo que quieras con eso –señaló la pistola con la cabeza.

-Eres una estúpida, Ángela –sollozó Álex-. Eso es lo que eres: una estúpida. ¿Por qué no acabas con todo? ¿Por qué no puedes dispararme?

Ángela la miró intensamente, con los ojos aún envueltos en lágrimas.

-No lo sé… Seguramente por la misma razón por la que tú has vuelto aquí esta noche, aún sabiendo lo que podría pasarte si venías -miró significativamente la pistola -. ¿Por qué has vuelto, Álex? Si ya te habías dado cuenta de todo, ¿por qué no huiste en cuanto tuviste la oportunidad?

La castaña cerró los ojos.

-Tampoco lo sé… Seguramente porque también soy una estúpida…

Se quedaron unos segundos calladas, esperando a que la otra dijese o hiciese algo.

Pero Ángela no iba a matar a Álex.

Y Álex no iba a huir.

Ya no.

-Ángela… ¿quién te envía?

La muchacha frunció las cejas ligeramente.

-Necesito saberlo, Ángela. ¿Quién os está pagando para que me eliminéis? ¿Quién me quiere muerta?

La pelinegra dudó.

-Ya no hay motivos para que me lo ocultes –se acercó a ella y, con un dedo, le alzó la barbilla. Sus ojos estaban a la misma altura ahora-. ¿Quién?

Ángela cerró los ojos, vencida. Suspiró sonoramente antes de contestar. De sus labios salió una sola palabra. Y aquel nombre quedó suspendido en el aire, suspendido ante los ojos de Álex. Haciendo eco entre aquellas cuatro paredes.

-César.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:13

CAPÍTULO 15



“César”


“César”


“César”


Su cerebro no procesaba aquella palabra.
“César”
Su propio hermano la quería muerta.
Y entonces, algo en su cabeza hizo “clic”. Y las piezas de aquel macabro puzzle comenzaron a encajar por sí solas.
Ángela levantó a Álex del suelo y la condujo hasta el sillón, en donde se sentó junto a ella y le dejó tiempo para asimilar lo que acababa de saber. No dijo nada; se limitó a quedarse a su lado, mirándola.
Pero Álex casi ni la veía. Empezó a recordar ciertas cosas. Frases. Actos de su hermano que hasta entonces no habían tenido sentido.
Hasta entonces.

Aquella repentina obsesión por ponerle una guardaespaldas.

Aquellos chistes sin gracia.

“-Creo que es suficiente Ángela –dijo César con una amplia sonrisa-. Te he contratado para que protejas a mi hermana, no para que la mates”

Hipócrita.

Recordó su repentino enfado con Ángela el día que salió de la casa sin permiso. Aquel enfado no venía dado porque la guardaespaldas la hubiese dejado salir, sino porque la hubiese dejado volver.

Más que hipócrita.

“-Espero que recuerdes cuál es tu trabajo, Ángela –siseó César-. Y si Álex estará más segura en tu casa, esperó que no pongas ningún obstáculo para ayudarla.” No era seguridad lo que buscaba entonces. Lo que quería era meterla de lleno en casa de su asesina.

Traidor.
Cabrón.
Hijo de YLS.
Pero…
Aún había cosas que no entendía.
Y necesitaba hacerlo.
Álex apoyó la cabeza en el hombro de Ángela.
-Cuéntamelo todo. Desde el principio.
Ángela inspiró hondo y posó una mano en la frente de Álex. Se lo debía. Así que empezó a hablar.
-Yo formo parte de una banda de asesinos. Llámanos mafia, sicarios, asesinos a sueldo o como quieras hacerlo. Pero nuestro trabajo es simple: matamos, y nos pagan por ello. Nuestro símbolo es esta rosa negra –se golpeó el hombro con un dedo-. Todos los miembros de la organización tenemos esta rosa en algún sitio. Ya sea grabado en un anillo, en un colgante… O en forma de tatuaje. Sirve para identificarnos entre nosotros. Es como una ficha de presentación –Ángela calibró la expresión de Álex para ver si la estaba asustando, pero la muchacha parecía tranquila; resignada a escuchar -. César se puso en contacto con nosotros. Quería que matáramos a su hermana menor.
-¿Por qué? –por más que lo pensaba, no se le ocurría ningún motivo.
-Tu hermano es ambicioso, Álex. Mucho. Y no soporta la idea de que vuestro padre te haya dejado a ti toda su herencia. Y a él… bueno, unos tristes negocios que administrar… Si tú no estuvieses de por medio, él podría heredarlo absolutamente todo.
-Así que todo esto es por dinero… Por el cochino dinero…
-El dinero es un veneno muy poderoso, pequeña –susurró Ángela muy cerca de su oído.
-Continua, por favor –le pidió a la pelinegra. Estaba dispuesta a escucharlo todo. Aunque doliese.
-Bien. César me dijo que quería que me hiciese pasar por guardaespaldas. Estando tan cerca de ti, sería sencillo matarte y hacer que pareciese un accidente. Pero necesitaba una coartada para contratar a una guardaespaldas; no podía hacerlo sin ningún pretexto, de un día para otro porque sí. Así que inventó todo el rollo ese de los anónimos y de que alguien quería matarte.
Hizo una pausa para mirar a Álex.
-¿Estás bien?
-Sí. Sigue.
-La primera fase del plan era simple. Fue el día que nos dispararon en el aparcamiento. Aquel día, al finalizar tus clases, habría unos compañeros míos aguardándonos a la salida del colegio. Yo debía esperar a que todos tus compañeros de clase se hubiesen ido y estuviésemos solas en el apartamento. Entonces, mis compañeros debían disparar, pero no matarte: no aún. Por eso, sólo dispararon una vez contra la ventanilla del coche. Así, todos en tu casa serían conscientes de que realmente había alguien ahí fuera que quería matarte. De esta manera, las sospechas jamás recaerían sobre el pobre César, el hermano perfecto que hasta había contratado a una guardaespaldas para proteger a su querida hermanita pequeña.
Era todo tan macabro y retorcido que Álex sintió ganas de vomitar.
-A partir de ahí, todo comenzó a torcerse. El día que decidiste salir de casa (para ir a una librería, creo recordar), uno de mis compañeros me llamó al móvil. Te habían visto salir. Y creían que era el momento adecuado para matarte. Estabas sola, era el pretexto perfecto. Así no tendría que hacerlo yo. También llamaron a César y él estuvo de acuerdo.
-Pero… tú saliste a buscarme a la calle –recordó Álex. Cómo la habría abrazado para protegerla. Y aquel teléfono móvil, que descansaba con la tapa abierta sobe la cama, como si Ángela lo hubiese dejado allí en medio de una conversación. Todo tenía sentido entonces. Exceptuando el hecho de que Ángela hubiese salido en su busca-. ¿Por qué? ¿Por qué me protegiste, Ángela?
La muchacha de ojos azules le mostró una sonrisa amarga.
-Ni yo misma lo sé… Hubo algo en mí que me empujó a salir a buscarte. Intenté darme una explicación más tarde, pero no la hallé. Primero pensé que era porque aún era demasiado pronto y resultaría sospechoso… Pero luego, cuando nos besamos… Ya ni aquella triste excusa me resultaba convincente. Todo dejó de tener sentido en el momento que probé tus labios… En el momento que rocé tu piel…
Álex la miró. El corazón le latía violentamente.
-Y luego, está lo de anoche… Cuando me llamaron para decirme que tu padre había muerto. Era César. Dijo que era el momento perfecto. Me ordenó que te dejara volver a casa. Sola. Me dijo que, a fin de cuentas, no haría falta que me ensuciase yo las manos. Que uno de mis compañeros estaría esperándote a la vuelta de la esquina y que él haría el trabajo sucio.
Álex recordaba de sobras aquella conversación.

Ángela, histérica, con el teléfono en las manos, hablando con su interlocutor.

“Ahá. Sí. Ya. No me parece el momento. No es el momento. Hazme caso. Aún no” Ángela temblando y arrojando el móvil contra la pared.

“No puedes salir de aquí. Hoy no. Por favor, por favor, por favor… Confía en mí… No salgas. Por favor, Álex… Te lo contaré todo. Te lo juro. Pero hoy no salgas de casa. Te dije una vez que jamás te haría daño. No vayas.”

-Ayer ya no había ningún motivo por el cual no debiese dejarte ir. Nadie en tu casa sospecharía nada si alguien te mataba mientras deambulabas sola por la calle. Como mucho, lo achacarían a un descuido por parte de tu guardaespaldas, que te dejó salir sola. Pero nada más. Tu hermano saldría completamente limpio de todo esto. Era el momento perfecto –hizo una pausa y cerró los ojos-. Pero yo… Ya no tenía ninguna excusa convincente para no dejarte ir. Simplemente, no quería que murieses. No quiero que mueras.
Álex respiró profundamente. Aún tenía la cabeza apoyada en el hombro de su guardaespaldas. No. En el hombro de su guardaespaldas no. En el hombro de su asesina. Se estremeció ligeramente.
Pero… aún así…
Ladeó un poco el cuerpo y, con la yema de los dedos, repasó el contorno del tatuaje que Ángela llevaba en el hombro. La pelinegra tembló ligeramente ante aquel contacto.
-¿Cuánto hace que formas parte de la organización? –le preguntó.
-Desde que tengo uso de razón –sonrió. Una sonrisa cargada de melancolía y amargura-. Mis padres eran miembros de la organización. Y yo lo fui desde el mismo momento en que nací.
-¿Eran? –preguntó Álex.
-Sí. Eran. Están muertos.
Se arrepintió de haber preguntado. Pero Ángela siguió hablando con total tranquilidad como si nada.
-Algo se torció en alguno de sus “trabajos” y acabaron muertos. Simplemente, una noche no volvieron a casa. Yo tenía once años entonces.
Álex escuchaba con total atención.
-Yo siempre supe que mis padres trabajaban en algo que no era del todo “limpio”. Un día, cuando tenía seis años, vi llegar a mi padre con una herida en el costado derecho, y a mi madre, junto a él, llena de sangre. Jamás pregunté cómo se lo habían hecho. Pero desde aquel momento, a pesar de lo joven que era, supe que mis padres estaban metidos en algo realmente gordo. Y que yo también lo estaba. Cuando era pequeña, solía venir por casa un hombre que decía ser amigo de mis padres. Se encerraban los tres en el despacho y hablaban durante horas. Cuando terminaban, y antes de marcharse, aquel hombre me miraba y, con una sonrisa, me decía: “Tranquila, pequeña. Pronto podrás ayudar a tus papis con su trabajo. Pronto.”
A Álex se le puso la carne de gallina.
-Es horrible… -susurró.
Ángela sonrió con aire ausente.
-Tal vez. Pero aquel hombre fue el único que vino al entierro de mis padres… Y el que se hizo cargo de mi custodia hasta que cumplí la mayoría de edad. Me enseñó todo lo que sé. A pelear, a empuñar un arma y a no tener miedo. Siempre decía que yo llegaría mucho más lejos de lo que habían llegado mis padres…
-Y ese hombre… era miembro de la organización, ¿cierto?
Ángela asintió.
-Sí. Estaba un poco por encima de mis padres. Era algo así como su jefe. El que les decía lo que tenían que hacer. Pero, a su vez, él no es más que un simple peón en un complicado entramado de personajes. En realidad, yo sólo soy una mandada… No sé quién hay por encima de mí ni quienes son mis compañeros. Apenas conozco a unos cuantos, y son tan mandados como yo (a uno de ellos has tenido el placer de conocerlo esta noche)… El tema de las mafias es algo muy complejo. A mí sólo me dicen lo que tengo que hacer y yo lo hago. Punto. No pregunto ni cuestiono.
Entonces, Álex recordó de pronto una conversación que mantuvo con Ángela tiempo atrás.

“-Ángela, ¿te gusta tu trabajo?
-Pues no. No, no me gusta mi trabajo. Lo odio. A él y a todo lo que le rodea.
-Entonces, ¿por qué te dedicas a esto?
-Porque ya estoy metida de lleno. Y, aunque quiera, no puedo salir de este mundo. Ya no.
-¿Por qué dices que no puedes salir de este mundo? ¿Qué mundo? ¿El de los guardaespaldas?
-Déjelo. No lo entendería”

“-Déjelo. No lo entendería”

Ahora sí lo entendía. Ahora sí.
Ángela no estaba actuando en aquella ocasión. Realmente sentía lo que decía.
Ángela odiaba todo aquello.
-Ángela… -comenzó Álex-. ¿Has pensado alguna vez en huir? ¿En escapar de esta organización?
La mujer sonrió con cinismo.
-¿Para qué, Álex? ¿A dónde iba a ir? A parte de empuñar un arma, no sé hacer otra cosa… Es lo que me han enseñado a hacer. Además, ya estoy marcada de por vida, ¿recuerdas? –se dio un par de toquecitos en el tatuaje con el dedo índice.
Álex se quedó mirando el tatuaje y, inconscientemente, apretó con fuerza la cadena con la rosa negra que aún descansaba en su bolsillo.
-¿Por qué tú tienes un tatuaje y tu compañero sólo una cadena?
-Lo del tatuaje fue cosa mía. Así jamás olvidaré quién soy.
-¿Y quién eres, Ángela?
La pelinegra se la quedó mirando con una expresión indescifrable en el rostro.
-¿Quién eres? –volvió a preguntar Álex-. ¿Una asesina? ¿Una mujer fría, sin escrúpulos? ¿Una marioneta destinada a que muevan sus hilos toda la vida? O… ¿una simple muchacha a la que le asusta la idea de tratar de encontrar su camino por ella misma?
Ángela tenía la boca ligeramente entreabierta, impactada por aquellas palabras.
-¿A cuánta gente has matado hasta ahora, Ángela? –Álex era consciente de lo que le estaba preguntando. Pero no pensaba asustarse, fuera cual fuera su respuesta. No iba a retroceder a aquellas alturas.
-A nadie –respondió la pelinegra arrastrando las palabras-. La verdad es que hasta ahora me he limitado a prepararme mental y físicamente para convertirme en una miembro de la organización. Aprender a usar un arma, a pelear, a mantener la cabeza fría… Son cosas que llevan tiempo. Siendo sincera, llevo años preparándome para esto –miró a Álex, mitad angustiada mitad divertida-. Eres algo así como “mi debut”. Mi primera misión.
Álex arqueó las cejas, sorprendida.
-Pensé que realmente podría hacerlo –dijo Ángela-. Me sentía preparada. Desde el primer momento, intenté odiarte. Por eso desde el principio traté de mostrarme fría y distante contigo. Me autoconvencí de que eras una niñata rica y superficial. Pensé que así todo sería más fácil, pero… No pude odiarte. Y eso ha sido mi perdición.
-O tu salvación –replicó Álex.
-¿Qué? –murmuró Ángela sin comprender.
Álex cambió de posición y se colocó de manera que ambas quedasen cara a cara.
-¿Es que no te das cuenta? Aún no has matado a nadie, Ángela. Estás limpia. Aún no has hecho nada. Tienes una última oportunidad. Huye. Huye y que no te encuentren –a causa de la emoción, hablaba con tanta rapidez que algunas palabras se le trabaron.
-Estás loca, Álex –murmuró la mujer con asombro-. Completamente loca. Eres tú la que debes huir. Te están buscando, ¿recuerdas?
-Pero…
-Nada de peros. Ahora escúchame bien. Vas a coger mi coche y vas a marcharte. Conduce hasta la frontera del país; a partir de allí dudo que te sigan el rastro, estarás fuera de sus dominios –Álex fue a decir algo, pero Ángela le puso un dedo en los labios-. A estas alturas no voy a dejar que te hagan daño… Así que haz lo que te pido.
-Pero, de esta manera, serás tú la que te expongas al peligro… Sabrán que me he marchado en tu coche y no les costará deducir que me has dejado escapar…
-Ahora mismo lo que menos me importa es mi bienestar, Álex. En estos momentos, mi única prioridad es tu seguridad.
-¡Ni hablar! –se negó la castaña-. ¡No pienso irme de aquí sabiendo que por protegerme tú estarás en peligro! ¡¿Qué serían capaces de hacerte si se llegan a enterar de que me has dejado marchar?!
Era una pregunta retórica. No esperaba respuesta, porque en cierto modo, ya se lo imaginaba. Había visto bastantes películas como para saberlo. Cuando un miembro deja de ser útil, se le elimina. Y seguramente eso es lo que le sucedería a Ángela.
Reprimió un escalofrío.
No.
Ni hablar.
No iba a permitirlo.
-Álex, ¿es que aún no te has dado cuenta de lo que siento por ti? –la castaña recibió aquellas palabras con cuidado-. ¿Es que no entiendes que no podría soportar si te sucediera algo? Unas semanas atrás, tal vez… Pero ahora ya no. No después de todo lo que hemos compartido.
-¿Y crees que yo sí podría soportar que algo malo te sucediera a ti? –contraatacó Álex. La pelinegra entrecerró los ojos-. He vuelto esta noche. Aún sabiendo que podrías matarme si regresaba, lo hice. ¿No te dice nada eso, Ángela? Viendo esto, ¿no te puedes hacer una idea de lo que estoy sintiendo yo ahora mismo por ti?
Hubo un silencio en el que ambas se limitaron a mirarse mutuamente.
-No voy a irme sin ti –declaró Álex con convicción-. O huimos las dos o yo no me voy a ninguna parte. Y no me importan las consecuencias.
Ángela no respondió. Se quedó allí, de pie, en silencio. Álex apoyó su frente en la suya.
-Huyamos juntas –los ojos de Ángela chispearon ante aquella proposición-. Podemos hacerlo. Escapemos.
La mujer parecía inmersa en una lucha interna consigo misma.
-No sé cómo podríamos hacerlo para que mis queridos compañeros no se den cuenta de que…
-Tengo un plan –la cortó Álex.
Ángela arqueó una ceja.
Incluso en aquellas circunstancias conservaba aquella prepotencia innata.
-¿Confías en mí? –le preguntó Álex al ver su desconfianza.
La pelinegra esbozó una media sonrisa cansada. Vencida.
-¿Tú qué crees?
Álex sonrió por primera vez en toda la mañana.
-Muy bien. Presta atención, entonces.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:14

CAPÍTULO 16


-Esto es peligroso Álex –dijo Ángela con el auricular del teléfono en un oído.
-Confía en mí –le pidió la muchacha-. Tenemos algo a nuestro favor: tus “compañeros” aún no saben que yo sé toda la verdad. Ni tampoco saben que tú tenías intención de dejarme marchar. Ésa es nuestra mejor arma. Ya verás, confía en mí: todo saldrá bien. Sólo haz lo que te digo…
Ángela suspiró con resignación. El teléfono comenzó a dar señal de llamada. Al tercer toque, alguien al otro lado descolgó.
-Soy yo –dijo simplemente Ángela-. Eres un inútil, ¿lo sabías? La chica ha vuelto a casa. ¿No se suponía que tenías que matarla tú? –hizo una pausa mientras su interlocutor hablaba-. Tranquilo, ahora mismo está durmiendo. No nos oye –otra pausa-. No, no hagas nada, ya has hecho bastante. Mira, esta noche voy a llevarla a su casa para el entierro de su padre mañana –Álex se estremeció y Ángela le tomó una mano para reconfortarla-. No. Deja pasar unos días. La semana que viene volveremos a intentarlo de nuevo, pero tratar de hacer algo ahora sería muy arriesgado: la chica te ha visto la cara. Sí. No. Déjamelo a mí. Dame una semana: en una semana, la chica está muerta. No. No os entrometáis más; recuerda que podría reconocerte –otra pausa larga-. Ahá. Sí. Vale, de acuerdo. Déjalo en mis manos: Álex es mujer muerta.
Y dicho esto último colgó.
Ángela soltó un sonoro suspiro mientras Álex la miraba.
-¿Qué? –inquirió la pelinegra.
-Eres una actriz estupenda, ¿sabías? –dijo, medio en broma medio asombrada-. ¿Cómo eres capaz de mantener así la calma aún sabiendo que estás a punto de traicionar a una organización de asesinos a sueldo?
Ángela se encogió de hombros.
-No lo sé. Supongo que estoy acostumbrada a ocultar mis emociones. Aunque parece ser que no soy capaz de ocultárselas a todo el mundo –le lanzó una mirada significativa que hizo que Álex se sonrojara.
-Bueno, ahora toca esperar hasta la noche para continuar con el plan –suspiró Álex, tratando de disimular.
Ángela frunció levemente las cejas.
-No me convence que tengamos que ir a tu casa, Álex. Podríamos huir directamente sin tener que hacerlo.
-No –rebatió la castaña-. Hay una cosa que quiero ir a buscar antes de irme.
Ángela hizo una mueca de desdén mientras se alisaba el pelo con los dedos.
-¿Y qué es eso tan importante que tienes que ir a buscar?
-Ya lo verás –le respondió enigmáticamente Álex mientras jugueteaba con la cadena. Ángela reparó en aquel detalle.
-¿Vas a quedarte con esa cadena? –le preguntó con cierta curiosidad.
-Sí. ¿Por qué no?
-Pues… No sé, es el símbolo de una organización que ha estado intentando matarte. Reconoce que, como poco, es raro que te la quedes.
Álex sonrió de lado.
-Bueno, yo más bien me la quedo por otro motivo.
-¿Ah, sí? ¿Cuál?
-Porque, a fin de cuentas, esta organización es el vínculo que ha hecho que nos conozcamos, ¿no? Si no hubieses estado en ella, jamás nos hubiéramos encontrado –trató de decirlo con tranquilidad, pero el pulso se le aceleró a medida que hablaba-. Por eso me la quedo: esta rosa negra no la voy a asociar a una organización de asesinos a sueldo, sino a ti. Cada vez que la mire, pensaré en ti -Álex desvió la mirada, azorada-. Pero qué cursi me estoy poniendo, ¿verdad? –rió.
Ángela se acercó a ella y apoyó su frente en la de la muchacha.
-Pues un poco sí –dijo tratando de disimular una sonrisa. Le dio un breve beso en los labios-. Aunque yo pienso que quizás hubiese sido mejor que no nos conociéramos. No en estas circunstancias al menos –le dio otro beso-. No te hubiese hecho sufrir tanto… -otro beso más.
Álex le echó los brazos al cuello.
-Tal vez tengas razón –dijo mientras tomaba aire-. Pero ahora no vale la pena pensar en eso: nos hemos encontrado y eso es lo que importa. Ahora debemos concentrarnos en lo que tenemos que hacer esta noche –dijo al mismo tiempo que desabrochaba un botón de la blusa de Ángela.
-Ah, ¿y crees que así nos vamos a concentrar mucho, señorita? –le preguntó con ironía mientras aprisionaba el lóbulo de la oreja de Álex entre sus dientes.
-Pues no, no lo creo –dijo la castaña entre risas-. Pero hasta la noche aún faltan muchas horas, ¿no? Ya tendremos tiempo luego de pulir detalles.
La blusa de Ángela cayó al suelo.
-Pues también es verdad.

ooooooooooooooo


Álex ladeó la cabeza para mirar el reloj que descansaba sobre la mesita de noche de Ángela. Eran poco más de las seis. Volvió a acomodarse entre los brazos de la pelinegra.
-Oye, Ángela, ¿qué tal si nos levantamos? Nos quedan aún muchas cosas por preparar.
La aludida soltó algo parecido a un gruñido, pero ni siquiera abrió los ojos.
-Venga, va… -la apremió Álex.
-Está bien, está bien –se quejó la muchacha-. Ya voy, pesada.
Álex sonrió mientras observaba como su compañera se vestía. Armándose de valor, se aventuró a preguntarle esa pregunta que llevaba rondándole por la cabeza desde hacía unas horas.
-¿Cómo te llamas en realidad?
Ángela ladeó la cabeza para mirarla con cierto asombro.
-No creo que formando parte de una banda de asesinos vayas por ahí dando tu nombre verdadero –continuó Álex sin borrar su sonrisa-. ¿Cómo te llamas?
-¿Importa mucho? –le preguntó Ángela juguetonamente.
-En realidad no –dijo la castaña-. Pero me gustaría saberlo.
Ángela se sentó a su lado mientras acercaba su rostro al suyo.
-Layla.
-Ummm… -murumuró Álex antes de alzar la cara y juntar sus labios con los de ella.
-Pero prefiero que tú me llames Ángela –dijo entre dientes la pelinegra.
-Sí, eso pensaba hacer, Ángela. Me gusta más ese nombre; parece como si estuviera llamándote “ángel”.
Ángela soltó una carcajada.
-Pues, visto así, no es que me pegue mucho ese nombre. Debería haber buscado otro que fuera más conmigo. ¿Qué tal Débora? ¿O Anaconda?
Álex le sacó la lengua con sorna.
-Lo que tú digas, pero a mí me gusta más “Ángela”. Así que con ese nombre te quedas.
-Me parece estupendo –sonrió la muchacha con chulería-. Si decides llamarme de otra manera, no pienso darme por aludida.

ooooooooooooooo


Ángela aparcó con total naturalidad ante la puerta de la casa de Álex. Eran más de las dos de la mañana.
-¿Crees que nos ha seguido alguien? –preguntó Álex, algo temerosa.
Ángela negó con la cabeza sin apartar los ojos del retrovisor. Parecía estar vigilando.
-Bien, recuerda lo que hemos planeado: me esperas aquí y, nada más verme salir, pones el coche en marcha y salimos por patas.
La pelinegra apretó los labios con esquivez.
-Preferiría entrar contigo –dijo.
Álex negó con la cabeza.
-No. Dos hacen más ruido que una. Entro, cojo lo que tengo que coger y salgo. Nadie tiene porqué enterarse que he venido. Recuerda, tenemos a nuestro favor el hecho de que no saben que yo sé la verdad. Si por casualidad me descubren, disimularé. A fin de cuentas, nada tiene de raro que venga a casa.
Ángela no parecía del todo convencida, pero no dijo nada. Como toda respuesta tamborileó los dedos sobre el volante.
-No tardaré –le prometió Álex antes de salir del coche.
Entró en casa procurando hacer el menor ruido posible y subió las escaleras que conducían al segundo piso sigilosamente. Una vez allí, se metió en el despacho que su padre usaba anteriormente, antes de caer enfermo. Un ligero temblor la sacudió al pensar en su padre, pero no se permitió el lujo de dejarse llevar por sus emociones. Dejó la puerta abierta para no tener que hacer ruido al cerrarla y, con cuidado, se agachó y abrió el segundo cajón del escritorio; tal y como había sospechado, allí encontró lo que andaba buscando: una cartilla bancaria. La cartilla donde su padre tenía guardada toda su fortuna. Y estaba a su nombre.
Sonrió para sí. Sabía que estaría allí; Alfred le había repetido un millón de veces dónde encontrarla en caso de emergencia.
Y aquello era realmente una emergencia: no todos los días tenía una que huir del país para salvar la vida.
La guardó cuidadosamente en el bolsillo trasero del pantalón y se levantó. Sólo faltaban cinco días para que cumpliese la mayoría de edad. Entonces, legalmente, aquella cartilla pasaría a ser suya, tal y como figuraba en el testamento de su padre; Alfred no cesaba de repetirlo cuando aún estaba vivo (cosa que enfurecía enormemente a Álex):

“He dejado la cartilla sólo a tu nombre, Álex. Sé que sabrás darle un buen uso. Igual que tu hermano sabrá manejar bien mis negocios. Estoy seguro.”

“Papá…”
Reprimiendo las lágrimas, salió del despacho y comenzó a caminar en dirección a las escaleras.
Pero algo crujió a sus espaldas.
Álex dio un respingo y, lentamente, se dio la vuelta. Al hacerlo, se encontró de frente con el cañón de una pistola apuntándola directamente a la cabeza.
Se le secó la boca de golpe al ver quién la empuñaba.
-Me alegra verte de nuevo, hermanita –dijo César con aire triunfal-. No sabes hasta qué punto.
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Yulia
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:15

CAPÍTULO 17


-César –susurró Álex. Trató de mantener la compostura-. ¿Qué estás haciendo?

La risa de su hermano podría perfectamente haber congelado un lago.

-No deberías haber vuelto a casa esta noche. Aunque ya me imaginaba que lo harías en cuanto te enteraras de la muerte de papá.

Álex dio algunos pasos, rodeando a César. Él siguió sus movimientos, arma en alto.

-¿Por qué estás haciendo todo esto?

-¿Es que aún no te has dado cuenta, hermanita? La persona que te quiere muerta soy yo.

Álex trató de mantener la expresión indiferente de su cara, pero lo cierto es que estaba temblando de miedo.

-¿Sabes que no hay nadie más en casa a parte de ti y de mí? He decidido darles una semana de fiesta a todos nuestros criados por el tema del luto de nuestro padre. Estamos solitos.

Álex tragó saliva pesadamente. De no haber tenido la boca tan seca, hubiese gritado.

-Lo siento, hermanita. No es nada personal. Nos veremos en el más allá.

Y disparó.

Un segundo antes de que apretase el gatillo, Álex se lanzó al suelo. La bala le dio sólo en el brazo izquierdo. Álex aulló de dolor, llevándose la mano a la herida.

En la cara de César se dibujó una mueca de desprecio.

-¿Es necesario que me lo pongas más difícil? Estate quietecita, y la próxima te irá directa a la cabeza. Sin dolor. Será una muerte limpia.

La muchacha se retorció en el suelo. Notaba como la sangre brotaba a borbotones de su brazo.

-César… Por favor, no… -suplicó.

Su hermano la miró, impasible. Se agachó junto a ella y le dedicó algo parecido a una sonrisa.

-Lo siento, hermanita. Me temo que no puedo cumplir tu último deseo.

Pegó el cañón de la pistola a la frente de su hermana.

Álex cerró los ojos.

Era el fin.

Pero antes de que César pudiese disparar de nuevo, alguien llegó corriendo hasta donde estaban ellos. Los dos hermanos giraron la cabeza. El corazón de Álex dio un vuelco al ver a Ángela. Seguramente había subido alertada por el disparo.

-Vaya, Ángela –sonrió César-. Me preguntaba dónde estarías. Llegas justo a tiempo para el espectáculo. Estaba a punto de darle el golpe de gracia.

Las pupilas azules de Ángela se dilataron ante aquella visión. Álex en el suelo, sangrando; César apuntándola directamente a la cabeza. La cara de la mujer se desencajó visiblemente.

César no pareció darse cuenta y volvió a girarse hacia su hermana.

-Sí, Álex. Tu guardaespaldas también está metida en esto. La verdad es que la contraté para que te matara, ¿no es cierto, Ángela?

Álex entrecerró los ojos mientras trataba de hacer presión en la herida. Su hermano continuó hablando como si nada.

-Pero creo que voy a hacer yo los honores –dijo cargando el martillo.

Pero, de pronto, la expresión de su hermano cambió. Su cara pasó de ser el vivo retrato del triunfo a la más profunda expresión de terror. A sus espaldas, Ángela empuñaba su propia pistola. Y el cañón de ésta descansaba sobre la coronilla de César.

-Baja el arma, hijo de YLS –ordenó Ángela. Temblaba de ira.

-Ángela, ¿qué coño estás haciendo? Déjate de bromas y…

-¡¡Te he dicho que bajes el arma!! –bramó la mujer, fuera de sí.

César dejó caer la pistola al suelo, presa del pánico. Álex aprovechó la ocasión para arrastrarse lejos de su hermano.

-Ángela, ya está bien –medio rió César-. Esto no tiene ninguna gracia. Si es una broma…

-Me las pagarás –susurró la pelinegra. Sus ojos se desviaron un momento hacia la herida que Álex presentaba en el brazo. Sus pupilas se dilataron aún más-. Me las pagarás todas juntas.

Comprendiendo lo que pensaba hacer, Álex se levantó como pudo, apoyándose en la pared.

-No lo hagas Ángela –le pidió la castaña, respirando entrecortadamente. Se estaba empezando a marear-. No te ensucies las manos con una basura como él. Aún estás limpia. No lo estropees ahora. No lo mates. No te conviertas en una asesina.

Álex apretó con fuerza la empuñadura de la pistola. Temblaba tanto que los dientes le castañeaban.

-No lo hagas –volvió a pedirle Álex-. Por… favor.

Las piernas le fallaron y cayó al suelo. Por un momento pensó que iba a desmayarse. Ángela dejó de prestarle atención a César y corrió hacia la castaña, aún con la pistola entre las manos. Se pasó el brazo bueno de Álex por los hombros y tiró de ella para levantarla.

-Vámonos de aquí –dijo como toda respuesta-. Hay que llevarte a un hospital.

Ambas muchachas avanzaron con paso firme hacia las escaleras. César observó la escena sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. No entendía nada de lo que estaba pasando. Furioso, se agachó con el fin de poder recuperar la pistola que la pelinegra le había obligado a tirar. Pero Ángela fue más rápida y, antes de que la mano de César tocase el arma, disparó con certera puntería. La bala sólo le rozó el brazo, pero fue suficiente para que César se lanzara al suelo con un grito de dolor.

-¡Corre! –chilló Ángela tirando de Álex con todas sus fuerzas.

Sin saber cómo, ambas muchachas consiguieron llegar al coche.

César, haciendo acopio de todas sus fuerzas, se levantó y agarró el teléfono. Unos segundos después, alguien respondió al otro lado:

-¡¡Mi hermana se está escapando con la zorra de vuestra compañera!! –gritó- ¡¡No tengo ni YLS idea de qué coño está pasando!! ¡¡Acaban de salir de mi casa!! –hizo una pausa para respirar en la que aprovechó para mirarse la herida. No parecía profunda-. ¡¡Encontradlas antes de que escapen!! ¡¡ENCONTRADLAS!! ¡¡VAMOS!!

Álex entró en el asiento del copiloto y se tapó la herida con la mano. Sangraba mucho. Ángela se apresuró a entrar por la otra puerta y se sacó el pañuelo que llevaba atado al cuello para hacerle un apresurado torniquete. Álex reprimió un gemido.

-Hay que llevarte a un hospital… -susurró Ángela, tratando de mantener la calma-. No me gusta el aspecto de esta herida…

-No –se negó Álex-. Conduce hasta la frontera. Puedo aguantar.

-Pero…

-Por favor –susurró Álex, al límite de sus fuerzas-. ¡Conduce!

Mordiéndose el labio inferior, Ángela puso el coche en marcha.

Al arrancar, las ruedas chirriaron escandalosamente, levantando una gran nube de polvo y humareda.
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   9/3/2010, 14:16

CAPÍTULO 18: Epílogo



Dos años después…


-Lo siento, señor César. Nuestras acciones han bajado en picado. Esperábamos una remontada para el mes de enero, pero ésta no ha sucedido.

César se llevó las manos a la cabeza, desesperado.

-Compra más acciones de la Aire’s Company. Está en alza.

Su asesor negó con la cabeza.

-Imposible. No hay fondos para más compras.

El joven golpeó la mesa con los puños.

-¡Es imposible! ¡Nos tiene que quedar algo de dinero!

-No nos queda nada, señor César. Estamos en la ruina.

César asimiló aquellas palabras lentamente.

En la ruina.

Estaba en la ruina.

Apretó los dientes con furia.

-Sal de mi despacho. Ahora.

Su asesor obedeció con impasible tranquilidad. Una vez hubo cerrado la puerta a sus espaldas, el muchacho de ojos castaños arrojó al suelo todos los papeles que descansaban sobre la mesa. De no haber habido más gente rondando por allí, habría gritado de impotencia.

Escupiendo maldiciones, agarró el teléfono.

Todo aquello era por culpa de Álex.

Ella, que se había llevado todo el dinero de la familia.

Si los negocios de papá habían fracasado era por culpa suya. Si al menos hubiese dejado parte de la fortuna para seguir invirtiendo…

-John, soy yo. ¿Sabéis algo de ellas? –no pasaba un solo día sin que llamase a aquellos inútiles que se hacían llamar “detectives”. Se estaba dejando una fortuna en ellos para nada. Porque día tras día, la respuesta era la misma.

-No, señor César. Nada. Es como si se las hubiese tragado la tierra.

El joven soltó unas cuantas frases malsonantes y se obligó a recuperar la compostura.
-Seguid buscando. No descanséis.

-Espere, señor César –dijo la voz al otro lado del teléfono-. ¿Se ha planteado la posibilidad de que tal vez hayan huido del país? ¿O que tal vez les haya sucedido algo? Porque realmente no hay ni rastro de Álex Windsor y de… ¿Ángela dijo que se llamaba la mujer que la acompañaba?

-Sí, Ángela, pero no intente encontrarla por ese nombre. Es un nombre falso.

-Quizás ambas estén usando nombres falsos… Así va a ser difícil encontrarlas. O también cabe la posibilidad de que les haya pasado algo, como ya he dicho.

César recordó la herida con la que su hermana había huido. Hizo una mueca de desdén con los labios. De nada le servía si su hermana había muerto llevando la cartilla bancaria consigo. Era como haberle regalado una fortuna millonaria a un cadáver.

-Seguid buscando. Hasta los confines de la tierra si es preciso. Debajo de las piedras. O en todos los cementerios. Donde sea, pero buscad.

-Esto… señor César…. Deberíamos hablar de nuestros honorarios. Se está retrasando en el pago. Nos debe más de tres meses de trabajo.

El muchacho se pasó una mano por el pelo, nervioso.

-Ah, sí. Eso. Ahora mismo no paso por mi mejor momento económico. Si tuvierais la amabilidad de esperar un par de meses más…

-Lo siento, señor César, no podemos hacer eso. Necesitamos el dinero para comer. O cobramos en el plazo de una semana, o yo y mis compañeros paralizamos la búsqueda.

-Me temo que no va a ser posible, John. Te pido que…

-En ese caso, adiós señor César. Espero que halle pronto a su hermana. Pero, desde luego, no cuente con nuestra ayuda. Y ya hablaremos de esos tres meses que nos debe. Tendrá noticias nuestras en breve. Un placer haber trabajado con usted.

-John, espera… John. ¡John! –pero su interlocutor ya había colgado. Presa de la ira, arrojó el teléfono al suelo. Lentamente, se dejó resbalar hasta el suelo.

No tenía dinero.

Sus criados hacía meses que se habían despedido (incluida Grace, que fue incapaz de soportar la repentina desaparición de Álex) y el banco amenazaba con embargarle la casa a causa de sus numerosas deudas.

Estaba en la ruina.

-Álex… -susurró entre dientes-. Álex… -apretó los puños, hundido-. Ojalá… Ojalá hayas muerto. Ojalá te estés pudriendo en las llamas del infierno, zorra –deseó con todas sus fuerzas.

Una lágrima de derrota y rabia le resbaló por la mejilla.



































Mientras…





































En un lugar bastante alejado…




























El banquero se quedó mirando aquel cheque con la cara completamente desencajada. La cifra impresa en él era desmesurada. En sus treinta años de vida jamás había visto algo similar. Miró de nuevo a aquella chiquilla con expresión interrogante, incapaz de creer que realmente todo aquello fuese en serio. Barajó la posibilidad de que aquella niña le estuviese gastando una broma y que fuese un talón sin fondos. Lo consultó con el ordenador. Pues no. No era así.

“Dios de mi vida Santo…”

-¿Algún problema, señor? –inquirió la mujer en un español marcado por un mal disimulado acento inglés.

-Esto… -se planteó el llamarla “señora” o “señorita”- señorita… -se decidió finalmente- esto es mucho dinero. No sé si vamos a poder canjeárselo al acto. Déjeme que lo consulte con mis superiores.

La muchacha asintió y Darío agarró el teléfono.

-¿Álvaro? Sí. Escucha, que tengo aquí a una niña que quiere sacar 250.000€. No, joder, no es una broma. Es una cuenta extranjera. Sí, espero –aprovechó la ocasión para observar detenidamente a aquella muchacha, que en aquel preciso instante parecía de lo más entretenida jugueteando con un colgante en forma de rosa que le pendía del cuello. Tenía el cabello castaño, del mismo color que sus ojos. Era joven; no debía tener más de veinte años. Bastante mona, para qué negarlo. Con un toque de inocencia que tenía cierto encanto.

-Disculpe la tardanza –se exculpó el hombre con educación-. No todos los días nos piden esta cantidad de dinero de golpe. Ya se sabe, en España vamos un poco lentos –trató de bromear.

La muchacha sonrió amablemente y le dijo que no importaba, que no tenía prisa. Se giró hacia la puerta y le hizo una señal a una mujer que estaba apoyada en el cristal de la puerta del banco.

Melena negra como el azabache. Ojos azules como el hielo. Pose altiva y altanera.

Darío la miró de arriba abajo sin molestarse en disimular. No se había percatado de la presencia de aquella mujer. La verdad es que era atractiva. MUY atractiva.

“¿Serán amigas?”, se preguntó. Lo cierto es que no pegaban para nada.

La voz de Álvaro al otro lado del auricular lo sacó de su ensoñación. Prestó atención, asintió un par de veces y colgó.

-Me temo que no va a ser posible canjearle tal cantidad de dinero hoy, señorita. El banco no dispone de él actualmente. Tendrá que volver mañana.

La joven volvió a dedicarle una amplia sonrisa.

-Está bien, no hay problema. Mañana a primera hora estaré aquí. Gracias.

-No hay de qué. Pero, si no es indiscreción, ¿podría preguntarle para qué necesita tanto dinero de golpe? –no lo pudo evitar. La curiosidad lo estaba matando.

Esperó a que la joven se lo tomara a mal, pero no fue así. Más bien al contrario, parecía encantada ante la pregunta.

-Lo cierto es que ir de hotel en hotel es agotador y queremos comprar una casa. Hoy hemos visto una que está muy bien y nos hemos enamorado de ella.

“¿Hemos?”

-Oh, vaya, ¿una parejita recién salida del horno? –bromeó Darío-. Dicen que la primera casa de una pareja es la que almacena siempre los mejores recuerdos. Espero que usted y su novio la disfruten.

La muchacha esbozó una media sonrisa ante aquella última frase.

-Gracias –respondió con cortesía. Se alejó hacia la puerta ante los ojos atentos de Darío. A través del cristal pudo ver como la mujer de cabellos negros la agarraba de la mano. Le susurró algo al oído y la muchacha castaña se sonrojó, cosa que provocó que la otra esbozara una sonrisa de satisfacción. Medio en broma, le tiró de un mechón de pelo y la otra muchacha puso cara de fastidio.

Darío las observaba con verdadero interés. De pronto, una bombillita se encendió sobre su cabeza.

“Oh… No me digas que estas dos están…”

El banquero se inclinó un poco sobre la mesa para ver mejor la escena.

Y en ese preciso instante, cuando ya se alejaban, alcanzó a ver como la más alta, la de los ojos azules, depositaba un suave beso en los labios de la otra.

Las gafas le resbalaron teatralmente por el puente de la nariz y entreabrió la boca ligeramente.

Se puso en pie para tratar de ver más, pero ya estaban muy lejos.

Inés, una de sus compañeras de trabajo, se le quedó mirando con expresión interrogante al pasar por delante de su mesa. Siguió la dirección de su mirada, pero no vio nada raro a través del cristal.

-Darío, ¿qué miras? –le preguntó con curiosidad.

El hombre se dejó caer de nuevo sobre la silla y soltó un aparatoso suspiro.

-¿Sabes, Inés? Hay días en los que vale la pena venir a trabajar.

-¿Por qué?

-En ocasiones, la vida nos ofrece espectáculos maravillosos –argumentó el hombre, extasiado-. Realmente maravillosos.

La mujer arqueó una ceja.

-Dios, no eres más raro porque no te entrenas. ¡Y quita esa cara de enfermo! ¡A saber en qué clase de guarrerías estarás pensando!
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darsteffi
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   10/3/2010, 11:15

dioooooos me encantooooo!!!
estubo genial!!
un fic maravilloso!!!
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*Miya*
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   10/3/2010, 19:01

Nyaaaaa... Esta increible!!
A mi tambien me encanto!!!!
Es super kawai!
Muchas gracias por compartirlo!
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MensajeTema: Re: Roses on your back por Lyann   

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Roses on your back por Lyann
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