Yuri's Lyrical Secrets

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 Al rojo vivo - por Ale-Jul

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Ale-Jul
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MensajeTema: Al rojo vivo - por Ale-Jul   21/10/2009, 23:21


Al rojo vivo // por Ale-Jul

Capítulo uno

Elena Katina miro su brilloso Mustang rojo desde el otro lado del estacionamiento. La hoja de papel blanco colocada abajo del limpiador del parabrisas ondeaba, y a ella se le seco la garganta.

-¡Ay, no! ¡No una infracción! – Se olvido de la bolsa de papel de estraza llena de frutas que acababa de comprar en el mercado, aplastándola contra su pecho. El contenido se le cayó hacia delante.

Unas fresas maduras y unos deliciosos duraznos cayeron sobre sus pies, rodaron y se desparramaron sobre el pavimento, junto con todas las manzanas menos una.

-¡Caramba!

Se agachó para recoger la fruta, pero el forro sedoso de su ajustado vestido escogió ese preciso momento para romperse a lo largo de la costura central de atrás. Puso la mano sobre su muslo, sin poder decidir como moverse.

-¡Ay, ay, ay! ¿Y ahora qué? – lentamente se enderezó.

Su fruta adornaba el pavimento con manchas de color, y ella consideró dejarla madurar o pudrirse ahí mismo, pero su estomago gruño en protesta. Inhalando profundamente, se agachó cuidadosamente, recogió la fruta desparramada y la metió en la bolsa.

No se atrevía a voltear a ver el ventanal de la tienda. ¿Y si alguien la reconocía? Quería ser tomada en cuenta como actriz seria, por el amor de Dios. No le convenía una imagen inmortalizada para siempre de sí misma con su vestido alzado y las nalgas al aire, pepenando fruta en el estacionamiento de un mercado.

De existir justicia alguna en el mundo, habría un repentino eclipse solar para distraer a todo el mundo. Pero para su suerte a últimas fechas, se preparó para una emboscada de paparazzi, quienes se darían gusto encontrándola en esta postura.

El sudor perlaba el escote de su vestido, escurriendo hacia su sostén, mientras ella luchaba por balancear la bolsa de papel, su bolsa y sus gafas de sol. El intenso calor, excepcional para esta temporada del año, hacía que los mechones de su largo cabello se pegaran contra su cuello. Trató de no hacer caso a la húmeda sensación que eso le provocaba, y se dio prisa para dar fin al espectáculo que estaba dando gratuitamente.
La casa de la playa parecía muy lejos.
Lo único que necesitaba era el cabello recogido en una cola, sus pies descalzos en la arena y una cerveza Lowenbrau en la mano. Pensó en Enrique, quien exageraba sus deberes de agente, a veces preocupándose como una segunda madre. Ella se conformaría con un simple té helado si él estuviera ahí.

Lena recogió la última manzana, se arriesgo a echar una mirada hacia el ventanal. Dio un salto. Un muchacho larguirucho estaba parado a menos de un metro de distancia tras ella, y Lena se preguntó cuánto tiempo habría estado ahí, en silencio, con los frenos dentales brillando en el sol.

Ella jaló su vestido hacia abajo y trató de alienarse el cabello antes de darse por vencida. Calculaba que el muchacho tendría unos doce años.

-Hola, joven. Hace mucho calor hoy. ¿No?

Los ojos del muchacho se abrieron ampliamente.

-Sí, señora- sus pecas bailaban con cada aspiración-. Señorita Lena, ¿podría molestarla con su autógrafo?- dijo él, extendiendo su guante arquero de fútbol y un marcador negro.

-Una vez soñé con jugar como centrocampista para CSKA Moscú. Soy una gran fanática ahora. ¡Bravo! –extendió su bolsa de frutas-. Me daría mucho gusto firmar hijo. Intercambiemos éstos un segundo.

Cuando termino de firmar el guante, intercambiaron las cosas de nuevo. Él abrazo el guante contra su pecho.

-¡Caray! ¡Gracias, Lena!

-De nada.

Él corrió hacia una mujer que Lena no había notado, que estaba parada cerca de la entrada de la tienda. Otra media docena de personas estaban justo adentro, contra el ventanal, y la saludaron agitando las manos. Elena devolvió el saludo como pudo.

No habría podido darse más prisa para llegar a su coche. Sus tacones rojos chasqueaban sobre el pavimento al ritmo de sus blasfemias. Se fijó en la hoja de papel blanco, y tuvo ganas de gritar.

Rojo. Su agente, Enrique, le había dicho que destacara y que hiciera algo estrafalario si quería llamar la atención. Antes de que pudiera terminar la frase, ella había pensado en el rojo. Todo rojo. Eso incluiría un nuevo coche con el avance de regalías de su nueva película, en la cual desempeñaba su primer papel estelar.

Él había estado totalmente de acuerdo.

-Ya eres una estrella, por fin- había machacado el punto-. Hazlo bien, Lena. Y aliviánate al mismo tiempo. Empieza con ese coche con que siempre has soñado.

Un faro era lo que parecía – lo que era ella- en este pequeño numerito de color bermellón que portaba. El rojo no estaba funcionando. No le convenía otra infracción, y sabía que n era exactamente lo que tenía en mente Enrique cuando hablaba de publicidad.

Cambiando la bolsa al otro brazo, levanto sus enormes gafas de sol para poder ver mejor la hoja de papel sobre el parabrisas. Reajustando sus gafas sobre el tabique de la nariz, respiro hondo y arrebató el papel de su lugar. Se trataba de un simple volante.

Su alivio fue instantáneo al leerlo. Su sonrisa seguramente se veía demasiado amplia y boba, pero no le importaba.

Por eso regresé a Moscú, pensó. La risa empezó a formarse en la boca del estómago, corrió por todo su ser, y escapó como exclamación de alegría. Tienes que tranquilizarte Lena. No todo el mundo está conspirando en contra tuya.

Está bien, pero ¿quién era responsable de aterrorizarla al hacer que el papel pareciera como una infracción? Se enderezó bruscamente, controlando la dulce risa que quedaba en sus labios.

Vio a la culpable en el otro extremo del estacionamiento, caminando de coche en coche, con un montón de papeles en la mano.

-Ya te agarré- murmuró.

De haber traído pantalón, se lo habría subido de un tirón, lista para la batalla. Sentía la necesidad de desquitarse, y esta tipa estaba en el lugar equivocado en el momento menos apropiado ese día.

No era lo que Yulia Volkova había tenido en mente para un día de descanso. Estacionamientos en lugar de olas, que estaban a sólo unos kilómetros de ahí. El sol de la tarde calentaba su espalda, implacablemente recordándole lo que había sacrificado con tal de darle publicidad al negocio de tiempo parcial de su hermano, mientras aquél trabajaba el segundo turno en la central de bomberos.

La temperatura era más alta que algunos de los condenados fuegos forestales que luchaban por apagar a mediados del verano. Le costaba trabajo seguir enojado con Vlad durante mucho tiempo. Yulia metió otro volante bajo otro parabrisas. Vlad trabajaba duro durante sus días de descanso de la central, resuelto a vivir con lujos y a ayudar a su madre al mismo tiempo.

Yulia se quitó la gorra descolorida de la CSKA de Moscú, limpiándose el sudor que corría por su frente con un brazo igualmente sudoroso. Sus cabellos húmedos le hacían cosquillas en el los hombros, recordándole que le hacia mucha falta un corte de pelo, otra tarea que había pospuesto.

Más vale aprovechar el momento, pensó. Metió el montón de papeles en el bolsillo de su pantalón de mezclilla y se quitó la camisa blanca. La gorra de la CSKA de Moscú se cayó al suelo.

-¡Carajo!

Medio agachada, se fijo en unos zapatos rojos de tacón alto que no habían estado ahí un momento antes. Los zapatos estaban pegados a unas de las piernas pecosas más sensuales que había visto en mucho tiempo. Esperando que no hubiera sido una ilusión, permitió que su mirada se detuviera ahí, mientras alcanzaba su gorra.

Uno de los zapatos rojos de tacón alto empezó a tamborilear impacientemente.

Aleluya, pensó ella. No era una ilusión. Era un sueño hecho realidad, si el resto de ella se parecía en algo a las piernas.

-Disculpe- la voz de Lena se filtró hacia ella, una voz grave al estilo de la de Demi Moore que la excitó.
Yulia se enderezó lentamente, mientras su mirada disfrutaba cada centímetro del exquisito cuerpo de la desconocida. La cadera de ella sobresalía un poquito, y un brazo balanceaba la bolsa de fruta que ahí descansaba. En la otra mano, tenia uno de sus volantes.

Tendría que agradecer a Vlad por haberle pedido que distribuyera los volantes. Ser técnico en todo tipo de reparaciones, un “milusos”, podría tener sus ventajas, después de todo.

-¿Señora?

Quedo perdida cuando por fin la miró a los ojos. Eran del color del verde- grises mas intenso y extraño que Yulia hubiera visto; le recordaron a los pumas que vagan por los bosques cuando trabajo en California. Como si estuviera hipnotizada, logró, con gran dificultad, desviar la mirada de los ojos de ella para observar el resto de su cara.

Un rayo de luz iluminó la tez más suave, brillante y hermosa que Yulia jamás hubiera visto. Perfección. Sus dedos anhelaban tocar la mejilla de ella, e imaginó la sensación de tocar su piel. Tenia ganas de tocar el pequeño hoyuelo cerca de la esquina izquierda de los rojos labios de ella.

Dios, ¿de dónde salió ella?, pensó.

Yulia agarró la visera de su gorra de fútbol, casi doblándola en dos, mientras su mirada seguía las largas ondulaciones del largo, brilloso cabello color pelirroja de ella. El cabello seguía los tirantes del vestido escotado hasta tocar la curva superior de sus senos, que no podrían ser más perfectos.

Hebras sueltas de cabello estaban pegadas a la piel húmeda del pecho de Lena, formando un diseño complicado que Yulia quería grabar permanentemente en su cerebro.

No era un ángel en absoluto. Se veía endiabladamente seductora vestida de rojo de los pies a la cabeza, lo cual hacia resaltar los labios perfectos que formaban un mohín de aburrimiento. ¿A burrimiento?

Yulia se humedeció los labios.

Ella despejó la garganta.

-¿Terminó?

-Disculpe- dijo Yulia. Metió la gorra en el bolsillo de la cadera, se quitó sus gafas RayBan y las limpió con su camiseta húmeda-. Demasiado sol. Me impide hablar y me hace olvidar la buena educación- metió la camiseta en otro bolsillo de su pantalón y volvió a ponerse los lentes-. ¿En qué puedo servirle?

Lena señaló el papel enrollado en su mano y luego a Yulia.

-Un volante interesante- viendo por sobre sus lentes, ella habló lentamente-. No sabía si debiera agradecerle o pegarle con un durazno.

-Reacciones extremas. ¿Puedo escoger?- Yulia bajo sus propios lentes para poder observar el movimiento de sus labios rojos sin ser distraída por los lentes oscuros-. Yo preferiría el agradecimiento- se inclinó hacia ella, olvidando a respetar el espacio de Lena, gozándole aroma mezcla de perfume floral y sudor que emanaba de su cuerpo- ¿Estoy en peligro inminente si pregunto algo indebido o doy un paso equivocado?

El volante sirvió como bastón entre las dos, y Lena lo sostuvo firmemente contra el pecho de Yulia.

-Tengo buen tino. Lanzadora rápida, estrella de softbol. Segunda base. No me tiente.

Yulia echó una mirada dentro de la bolsa; los duraznos maduros y fragantes estaban a la vista. Y mortales a esta distancia, pensó Yulia. Agarró un durazno antes de que Lena pudiera protestar, y con facilidad lo lanzó de mano a mano.

-Equipo colegial de la Universidad del sur de California, seleccionada en la segunda ronda de conscripción profesional. Lanzadora.

-Está bien- encogiéndose de hombros. Con un golpecito de los dedos, desenrolló el volante que tenía en la mano-. Y ahora, al asunto. Estaba a punto de decir que casi me provocó un infarto cuando pensé que esto era otra infracción.

-Ah, problemas con la ley, ¿he?

Sus logros atléticos obviamente no la habían impactado mucho. Tiró de nuevo el durazno en la bolsa, deseando poder llevárselos a la playa. Con un par de cervezas y langostas entre las dos, Lena le podría contar la historia de su vida. Ella podría traer su bolsa de fruta…Demonios, podría traer lo que fuera o absolutamente nada.

-¿Cómo sé que su negocio es real con un anuncio como éste?

-¿Cree que estaría aquí en el pavimento en un día como hoy si no fuera cosa del trabajo? Píenselo bien.

-¿Qué tipo de referencia tiene? ¿O tiene un numero novecientos para llamadas de los posibles clientes?- Lena empezó a tamborilear de nuevo con el pie. Esta vez a Yulia no le cayó en gracia.

-¿De qué está hablando?- logró decir.

-Y otra cosa… está un poco grandecita para estar haciendo esto, ¿no cree?

-¡Ah, qué discreta! ¿no?

-Tan discreta como sus habilidades de observación.

-Punto concedido, señora. Mis disculpas si la he ofendido- Haciendo una reverencia exagerada, acercó su cara a escasos centímetros de la de Lena-. Es que me pareció conocida.

Ella sonrió. El cuerpo de Yulia se tensó. Era una locura. Si ella podía afectarla con una simple sonrisa, entonces era muy peligrosa.

-¿Cree usted?

Yulia pensó detectar un poco de esperanza en su aliento con olor a chocolate. Casi gimió, deseando saborearlo, aunque jamás hubiera sido fanática del chocolate antes. Se enderezó, y el aroma de fresas y duraznos despertó el resto de sus sentidos.

-¿Nos hemos visto antes? ¿Frecuenta el Fidel?

-¿Qué es el Fidel?- dijo ella. Mientras la sonrisa se desvanecía de sus labios.

-Una cantina en la plaza roja.

La sonrisa de Lena desapareció por completo.

-Debería mejorar sus tácticas de ligue, amiga. Éstas están pasadas de moda y no hacen mucho para agradar al ego de una mujer. El buen aspecto físico tiene que tener algún respaldo… como el arte de la conversación… ¿no cree?- Lena empezó a voltearse.

-Caray, princesa, usted necesita una buena zambullida en el mar. Parece que el calor distorsiona su percepción de las cosas.

-¿Ah, sí? ¿Y cómo debo analizar sus tácticas?

Yulia sacó su camiseta de su bolsillo trasero, desconcertada por su imagen de ella en la playa, o en cualquier parte menos aquí.

-No hay nada que analizar. Me pareció conocida y se acabó-.

Se tensaron sus hombros, sus músculos fatigados y carentes de sueño se negaron a responder. Se puso la camisa de un tirón. Haber trabajado tiempo extra en el tercer turno y andarse agachando a los limpiaparabrisas de los coches toda la mañana estaba deteriorando tanto su cuerpo como sentido del humor. Tenía que irse antes de decir algo de lo cual podría arrepentirse después.

-Vamos al grano, pecosa. ¿Hay en ese **** volante alguna oferta que no puede resistir?

-Ahora que lo menciona, acabo de comprar una casa que necesita unas pequeñas reparaciones- dijo, soplando un poco de aire suavemente hacia arriba, su fleco abanicando antes de acomodarse suavemente en su lugar-. Así que ¿Cuál es usted… Sokolov o Volkova?

-Déjeme ver antes de incriminarme.

-¿Qué, no sabe? Son sus volantes. Medio ingeniosos e… intrigantes, diría yo. Cuando la vi con ese pantalón y esa camisa me pregunté si no sería demasiado joven como para cumplir con sus… promesas.

Ella extendió el brazo para darle el volante, y el hoyuelo de su mejilla se profundizó al esforzarse para no sonreír. Cambió la postura, moviendo la bolsa de fruta a la otra cadera.

-¿Qué tal quedó la fruta? ¿Se le daño alguna pieza allá?- indicó Yulia con un movimiento de la cabeza hacia las puertas del mercado.

Lena abrió la boca asombrada.

-¿Vio? ¡¿Vio, sin ofrecer ayuda?!

-Lo pensé en momento, pero usted tenía todo bajo control, sin embargo, creo que le faltó una manzana que corrió abajo del Suburban.

Ella empezó a sonrojarse desde la base del cuello, y el rubor rápidamente subió hacia sus pómulos, hipnotizando a Yulia. La piel de Lena adquirió un tono de cobre pulido. Se veía ardientemente cálida, y Yulia quiso tocarla, sentir el calor de ella quemando sus dedos.

Lena hizo rechinar los dientes.

-¡Ay, qué mujer!- le arrebató a Yulia el papel de la mano, le plantó un puño en el hombro y la empujó hacia atrás. Giró y caminó en dirección del Mustang rojo, murmurando sin parar.

Yulia corrió tras de ella.

-¡Espere! Discúlpeme. No pude leer su volante.

Ella hizo bola el volante con una mano y lo lanzó a los pies de Yulia sin verla y sin perder el paso.

Agacharse de nuevo para recogerlo le podría provocar un infarto. Yulia respiró hondo, cerró los ojos y lo recogió con un solo movimiento.

-Espere. Permítame un minuto. Señorita, señorita…

-Katina- dijo ella, deteniéndose y volteando para enfrentarla.

-Perfecto. Señorita Katina. No quise ofenderla- Yulia levanto las manos en son de rendición fingida, se quitó las gafas y las colgó del cuello de su camisa-. ¿No aguanta una broma?

-Hoy no-. Ella empezó a girar hacia atrás, sin dejar de mascullar rápida y coléricamente.

Yulia se rió a pesar de sí misma.

-Suena como Ricky Ricardo después de uno de los fiascos de Lucy.

Se esforzó por contener la risa cuando se dio cuenta de que a Lena no le había caído en gracia.

Si no fuera porque traía las manos ocupadas, Lena probablemente habría cruzado los brazos para mirarlo furiosamente, Yulia se tapó la boca tratando de controlar el ataque de risa, pero, recordando el último episodio de Lucy que había visto, le estaba costando trabajo.

Lena se quitó las gafas y la miró directamente a los ojos, hasta que Yulia estuvo segura de que se le iba a parar el corazón. Luego Lena sonrió.

-Una fanática de Lucy. Así que no puede ser de todo mala. ¿Vio el programa de anoche?

Con eso, los dos se rieron. Lucy había usado sartenes y ollas de cocina como ropa antibalas cuando, por alguna razón ridícula, había pensado que Ricky estaba tratando de matarla. “es difícil pegarle a un blanco movedizo”, había dicho Lucy, saltando por toda la sala.

Yulia miró detenidamente a Lena. La risa de ella la llenó de calor. Tragó saliva y sonrió ampliamente.

-Le voy a hacer una proposición.

Lena dio un paso hacia atrás, y levantó una ceja en arco perfecto.

-Una proposición- dijo Yulia, señalando al volante-. Es exactamente a lo que suena esto.

Alisó el arrugado volante. Leyó las palabras, moviendo la boca silenciosamente, sintiendo que le subía el calor a la cara.

“Milusos a su servicio. Ningún trabajo es demasiado pequeño. Ningún trabajo es demasiado grande. Haremos todo lo que su marido no haga, satisfacción completamente garantizada. Llame a Sokolov o a Volkova para presupuestos gratuitos.” Los números telefónicos estaban listados bajo cada nombre.

¿Cuándo carazos había cambiado Vlad sus volantes?

-Creo que de verdad está usted ruborizada, señorita…

-Volkova- murmuró.

-Volkova- repitió Lena y sonrió.

Ese hoyuelo de la mejilla sería su perdición tarde o temprano, Yulia despejó la garganta, más fuertemente de lo que había querido.

-Señorita Katina, no puedo perder a ningún cliente potencial. Mi… este… socio me mataría. Simplemente iba a ofrecerle servicios durante un día, sin costo alguno, para demostrar mi buena voluntad.

-Servicios, ¿he?

-Somos los mejores en… reparaciones domésticas-. Dobló el papel y se lo entregó de nuevo a Lena, sin soltarlo cuando ella lo agarró-. Llámenos. Cuando guste. Aquí tiene usted el número.

Yulia hizo una pausa, frotándose el mentón.

-¿Tiene usted una pluma? Le daré mi número privado. A mi socio podría no agradarle mucho la oferta que le acabo de hacer. El anuncio puede funcionar, y podríamos estar inundados con las llamadas.

-Sí, estoy segura de que están inundados- dijo Lena secamente, buscando con una sola mano en su bolsa. Su cabello caía hacia delante, y sus ojos al mirar hacia abajo hacían que sus pestañas se vieran extremadamente largas. La mente de Yulia volvió a fantasear con imágenes lujuriosas.

Ella se enderezó y extendió una pluma hacia Yulia, ésta garabateó su número en el volante.

Levantó la vista, con la pluma en su mano izquierda detenida en el aire. ¿Qué demonios estaba haciendo? Tenía un turno de cuatro días en la estación de bomberos a partir de mañana. No podía salir ni a comer.

Ya podría preocuparse de eso más tarde. Lena la miró, quitada de la pena. Yulia le entregó el volante.

-Nada más le pido que no lo vaya a garabatear sobre las paredes de los baños.

-Caray… y yo que iba a regresar ahora mismo al tocador en el mercado- Lena le tocó el brazo con el volante-. Y ahora que lo pienso, me imagino que podría conseguir bastantes trabajos colocando éstos en las paredes de los baños públicos. Cuidado cómo se anuncien. Adiós.

Lena empezó a alejarse, mientras su largo cabello se columpiaba y cubría el escote en la espalda de su vestido; se paró para buscar algo en su bolsa.

-Ay, ¿señorita Volkova?

Yulia la escuchó, inhalando el débil aroma de lo que quedaba de su perfume.

-¿Sí?

Lena volteó a darle la cara y dejó caer un durazno moteado, picado con desperfectos y despellejándose, sobre su palma.

-No creo en las cosas gratuitas. Considere esto como enganche, y aceptaré su oferta.


Continuara...
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Ale-Jul
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   21/10/2009, 23:28

Capítulo dos

Volkova tiraba el durazno hacia arriba y lo recogía con la mano izquierda. Sus pómulos tallados y su mandíbula vibraban, llamando la atención hacia sus labios perfectos, que se vieron más perfectos cuando por fin se abrieron en una lenta y torcida sonrisa.

-Trato hecho- dijo Yulia lentamente-. ¿Cuándo quiere que vea su casa?

Yulia la miró entre pestañas largas y oscuras que enmarcaban unos ojos tan azules y seductoramente llamativos como el cielo.

¿Qué tal si en este preciso momento?, pensó Lena, su mirada fija en los ojos de Yulia mucho más tiempo que el debido, y un calor desconocido pasó por todo su ser.

-¿Pecosa?- Yulia abanicó la mano ante la cara de ella. Esas manos le quemarían la piel como las arenas del Caribe que las agencias de viaje anunciaban. Lena buscó desesperadamente otro punto en que enfocarse.

-¿Puede venir mañana?- dijo roncamente.

Los ojos de Lena descansaron sobre el talle de Yulia. Ella sintió ganas de quitarse los zapatos con tacón de diez centímetros, descansar la cabeza cómodamente en el pecho de Yulia, y escuchar su corazón palpitar con un ritmo digno de bailar.

¿Bailar? ¿De dónde salió eso?- pensaba Lena.

Lena dio un paso hacia atrás, mirándola a través de sus gafas oscuras. No había nada seguro con respecto a Volkova. Facciones delicadas pero fuertes. Cuerpo pequeño. Músculos tensados desarrollados por el arduo trabajo físico. Una gran diferencia de sus colegas con cuerpos de niñas bonitas.

Lena sabía que tenía que escaparse, y pronto. Cambió la bolsa de fruta para sostenerla delante de ella, como escudo poco efectivo ante el calor que emanaba el calor de Volkova, que seguramente no podría igualar el calor que aumentaba en el suyo propio.

-¿Qué le parece a las diez de la mañana?- preguntó Lena.

-No se arrepentirá- dijo Yulia-. Somos una compañía de la mejor categoría, a pesar de los volantes-. Su risa relajó la tensión que sentía Lena en los hombros.

Lena caminó hacia su coche, meneando la cabeza. ¿Qué diablos se apoderó de mí? Por supuesto que se iba a arrepentir. ¿Cuándo fue la última vez que la había afectado así una mujer?

Su casa en la playa de verdad necesita reparaciones, pero contratar a esta técnico para hacerlas podría representar un peligro.

¿Cómo me había permitido que la afectara así esa hembra? Si había algo en el mundo que definitivamente no necesita, era una mujer, y en especial con el aspecto físico de Yulia, que le convertía las entrañas en jalea.

Si Enrique se enterara de su reacción hacia Volkova, se volvería loco. Estaría feliz por ella, por supuesto, pero se volvería loco. Había negociado un contrato de tres películas que aseguraban una enorme fama si hacía bien las cosas. Lo que le habían ofrecido los ejecutivos del estudio era cosa bastante seria, que demostraba bastante confianza en una actriz que hasta el año pasado nada más había desempeñado papeles secundarios.

Había trabajado demasiado duro a lo largo de los últimos doce años para llegar a este punto de una carrera que describían algunos como “un éxito de la noche a la mañana”. Enrique no tenía nada de que preocuparse. Nadie, ni siquiera tipas como Volkova, volvería a obstaculizar su camino ni a engañarla como lo había hecho Alexa Hamilton.

Esa mujer tan vacía la había utilizado para impulsar su propia carrera hasta que alguien mejor que ella llegara a tomar su lugar. Por mucho que quisiera gritar “adiós, y buen camino”, eso no aliviaba el dolor, y ella había aprendido una buena lección respecto a en quién confiar en Hollywood.

En nadie.

Desempeñar el papel principal con Alexa en su próxima película era estrictamente cosa de negocio. Alexa y Enrique valoraban la publicidad tal y como era. Lena tuvo que admitir que si pudieran proyectar en pantalla la atracción crepitante que existía entre ellas, la prensa las seguiría como moscas.

Dos semanas antes de la filmación, Lena estaba preparada para ella.

Finalmente llegó a su coche. Le encantaba el Mustang, un sencillo lujo, realmente el único que se había permitido en la vida cuando había decidido que podía detenerse y gozar sus logros. Las infracciones ocasionales por correr con exceso de velocidad la mantenían anclada a la tierra, como pequeños relámpagos de realidad.

Lena colocó cuidadosamente la bolsa del mercado en el asiento del pasajero, y se deslizó hacia adentro del coche. Se quedó sentada, perpleja, unos momentos antes de ponerse el cinturón. Suspiró. Volkova se le había metido en la mente de manera asombrosa.

Casi había vacilado allá cuando Volkova lentamente desdobló su cuerpo después de recoger su gorra de fútbol. Estirando el cuello para mirarla bien, tenía puesto una bikini, había permitido que su mirada se detuviera en su fuerte abdomen, en el sudor que perlaba sus hombros desnudos, en el oscuro cabello estilizado que caía en rizos sobre la nuca de Yulia.

Lo que más la había descontrolado fueron sus ojos. Parecían ver a través de la amedrentadora vestimenta roja que ella llevaba, y de la actitud que ella adoptaba cuando se vestía así, la cual normalmente mantenía suficientemente lejos a los hombres y mujeres: una actitud segura.

Volkova no se había intimidado, ni siquiera había parpadeado.

Lena tenía que admitir que si de distracciones se trataba, Yulia era una distracción agradable. ¿Cómo podía ser buena por dentro alguien con un aspecto físico tan tentadora?

Gracias a Dios, ella había tenido las manos ocupadas. Había sentido un hormigueo en sus dedos al visualizarse parada frente Yulia tan cerca. Esto la había hecho observar los labios de ella de modo distinto, unos labios que parecían listos para sonreír, pero aún mejor, parecían saber exactamente cómo besar.

-Ah, sí- dijo ella en voz alta. Creo que necesito echarme al mar, después de todo Volkova- sacó el coche del lugar de estacionamiento-. En agua fría… agua realmente fría.

-¡Oiga!- el de Volkova fue seguido por un fuerte sobre la cajuela del coche. Lena frenó de . Mirando por el espejo retrovisor, vio que los volantes ondeaban por todos lados antes de caer al suelo.

-¡Volkova!- Lena saltó del coche-. Señorita Volkova, ¿está usted bien?

-Yo tuve la culpa, pecosa. No importa. Yo no me fijé por dónde caminaba- a escasos centímetros de la defensa trasera, Yulia estaba agachada, sobándose la pierna.

-Estoy muy apenada. ¿Está bien?

-De veras, estoy bien- y señaló el durazno que ella le había regalado antes, aplastado en el pavimento-. Nada más triste porque mi enganche no sobrevivió- Yulia se agachó de nuevo para recoger los volantes, y luego se enderezó de -. Sin embargo, esto no quita la obligación del contrato verbal que tenemos. Un trato es un trato. Al ponerme en la mano ese durazno, se comprometió- siguió sobándose la rodilla.

-La que se va a comprometer es usted, si no se está quieta. Déjeme verle esa rodilla.

-No me gustaría ver lo que pasa cuando está enojada, pecosa. Recuérdeme que no debo acercarme a menos de un kilómetro de usted en los estacionamientos. Primero duraznos y ahora esto.

-Muy chistosa. ¿Le duele esto?- suavemente tentó su pierna, y cuando Yulia negó con la cabeza, ella suspiró aliviada.

-¿Es enfermera?- Volkova volteó y la miró hacia abajo, con una chispa de diversión en sus peligrosos ojos azules.

-Los viejos hábitos son difíciles de cambiar- Lena se enderezó y se frotó las manos, tratando de calmarlas-. Debería haber sido enfermera. Tengo tres hermanos que creían que pasar un día sin derramar sangre era como pasar un día sin sol. Volvían loca a mi madre. Yo era la intermediaria.

-Se parece a nuestra casa.

Lena puso los ojos en blanco.

-¿Machismo? ¿Con que usted también?

-Sólo recorriendo riesgos se puede apreciar la vida.

¿Se imaginó que la voz de Yulia se había puesto ronca?
Yulia extendió la mano para quitar un mechón de cabello de los labios de ella, Su mano rozó la mejilla de Lena y le hizo sentir una sacudida que hizo que diera un paso hacia atrás.

A Lena le habría sido fácil dejarse llevar por esa tierna seña inesperada, olvidando su propia política precavida respecto a las relaciones. Volvió a su sensatez acostumbrada de inmediato.

-Riesgo. Con esa actitud, ser “milusos” no le queda.

-Ser “milusos” puede ser una cosa muy arriesgada. Aceptar nuevos clientes también lo es- dijo Yulia, guiñándole un ojo.

De nuevo ese cosquilleo en el estómago de Lena.

-Además, siempre hay fines de semana y pasatiempos.- dijo Yulia, a lo cual Lena gruñó.

-No me diga que le gusta el boliche y el baile de salón- se apoyó contra la cajuela, olvidando el pulido, olvidando que el coche estaba bloqueando el tráfico, olvidando el calor por estar mirando esos ojos color azul cielo.

Seguramente no le harían olvidar su franca determinación de mantenerse libre de distracciones para concentrarse en su carrera.

Yulia se agarró el pecho.

-Está bromeando, ¿verdad? Pecosa, yo surfeo y vuelo en planeadores. Bailo la salsa. Manejo rápido- rió al decirlo-. No me diga que el boliche y el baile de salón son sus pasatiempos.

Lena levantó el mentón, tratando de hacer caso omiso de la manera en que la risa de Yulia la penetraba, haciéndola querer sonreír a pesar de sí misma.

-Son pasatiempos perfectamente aceptables. Aunque no haya tenido tiempo para ellos últimamente.

Yulia dejó de reír.

-Mi más sentido pésame. Me imagino que le gustaría ir al cine de permanencia voluntaria también ¿verdad?

Dile la verdad, pensó Lena. Ahora. Pero no quería que la mirara de otra forma, porque realmente le gustaba como la miraba ahora.

-Me encanta el cine. Es el pasatiempo nacional, ¿no? ¿Usted no va al cine?- aguantó la respiración.

-Hace más de cinco años que no voy al cine, y no lo extraño. No tengo tiempo para eso. ¿Para qué sentarse durante tres horas, cuando puedes estar afuera, en el sol, deslizándote sobre la cresta de una gran ola de tres metros, o saltando desde la cima de la montaña? ¡Eso es vida!

-Aja, ¡Ya me voy a enganchar a una cuerda para golpear mi cuerpo! Ya me convenció, ¿he?

-¿Recuerda aquel dicho que dice que una vida aburrida vuelve aburrida a la gente?

Lena entrecerró los ojos.

-No me parece exactamente un cumplido.

Yulia levantó las manos en ademán de protesta.

-No es que usted sea aburrida ni nada. Nada más parece que necesita un poco de diversión en la vida, y quizás una buena maestra de surf. Vive en la playa, que es un buen comienzo- suavemente la tomó por las muñecas, y examinó las palmas-. Tiene buenas manos. Puede agarrarse bien de la tabla. ¿Cuándo puedo llevarla a las olas?

Yulia estaba progresando demasiado rápido para ella. Por lo menos hasta que cumpliera su contrato para hacer tres películas. La observó melancólicamente, sin poder recordar siquiera la última vez que se había dado lujo de divertirse, fuera de reuniones familiares.

-¿Qué tal en mi próxima vida?

-Lastima, no sabe lo que se esta perdiendo, pecosa-. Meneó la cabeza, mientras sus ojos azul cielo evocaban una mirada de tristeza que la hacía irresistible.

¿No la había ella en la alguna película? Lena sonrió. A Yulia ni le gustaba el cine, así que ella no la podía haber visto en Tesoros del tiempo o Sin citas en Seattle. Sus papeles terciarios habían sido pésimos, pero habían ayudado para lanzarla hacia papeles más importantes y de mejor calidad.

-Si puedo preguntar, ¿cuál es la cosa más tranquila que hacer?

-Ver los viejos programas de Yo amo a Lucy. Ir a los juegos de béisbol. Pero tengo que confesar que trato de alcanzar los “fouls”- respondió Yulia sin titubear ni un segundo.

-Ahí sí somos tal para cual- rió Lena.

-Así que, ¿tengo esperanzas?

-Es un decir.

Lena no pudo admitir que estaría tentada a bailar salsa con la morena, a practicar surf, o a escalar una montaña, siempre y cuando pudiera escuchar esa voz murmurándole instrucciones en el oído. Aparte, la ventaja de tenerla tan cerca de ella abrazándola… ¡caramba!... ¿Dónde estaba el mar cuando lo necesitaba? Ya estaba ahogándose.

El tráfico alrededor de ellas estaba embotellado.

-Más vale que nos quitemos.

Empezaron a recoger los volantes cuando una mujer se acerco al coche y le tomo una foto a Lena. La mujer “¡gracias!” y corrió, meneando la cámara, hacia el grupo de gente que estaba reunida en frente de la principal del mercado.

Volkova miro a Lena curiosamente.

-¿Por que hizo eso?- miro a la mujer agitando la cámara como si estuviera loca.

Lena se humedeció los labios, deseando poder borrar todo este episodio que estaba ya fuera de control.

-Quizás trata de ayudarle, sacando fotos para probar que tuve la culpa, para poder reportar el accidente- respondió ella, agarrando los últimos volantes y tendiéndoselos a Yulia-. Será mejor que siga trabajando.

Vio alrededor de ellas, la gente y los carros se habían parado repentinamente y las estaban observando cortésmente desde la distancia.

-¿Puedo ofrecerle llevarla a su camioneta?- dijo Lena.

-¿Qué le hace pensar que tengo una camioneta?

-Reparaciones domesticas. Herramientas. Maquinas.

Yulia abrió la boca para decir algo, y luego cambio de parecer. –Hoy descanso. La camioneta esta en casa. Es DIA de promoción, ¿se acuerda? Meneo el manojo de arrugados volantes.

-¿Cómo podía olvidarlo?

-Hablando de trabajo. Que bueno que voy a pasar a hacer un estudio preliminar mañana para ver que necesita. Cuando regrese luego a hacer el trabajo, contare con todo el equipo adecuado y así no desperdiciare el tiempo que estará pagando.

El corazón de Lena se negaba a volver a latir normalmente.

-Se me olvido darle la dirección.

Antes de que Yulia pudiera responder, tomo un volante y dio la vuelta hacia el lado del conductor del coche. Necesitaba respirar profundamente algunas veces sin que Yulia lo notara. Se dejo caer en su asiento, encontró una pluma en la guantera, y escribió su dirección con dedos temblorosos.

Volkova se inclino contra la portezuela del coche.

-¿Esta bien pecosa? Se ve un poco pálida.

Demasiado conciente de su propio cuerpo bajo la mirada de Yulia, jalo su vestido hacia abajo. Aun entonces no le llegaba ni a la mitad de los muslos.

-Tiene que ser el calor- dijo tranquilamente-. Ahora ¿necesita que la lleve o no?

Yulia descanso el mentón sobre sus brazos cruzados.

-No, gracias. Estoy estacionada justo al lado suyo. Me atropello, ¿se acuerda? Era hacia acá que venia- retrocedió un paso para despejar la vista de ella.

Lena quedo boquiabierta.

-¿La motocicleta?

Era brillante, negra y con cromo pulido que hacia que su coche se viera deslucido en comparación.

-No, no, no pecosa. No es sólo una motocicleta. Es una Harley.

La pasión en su voz grave temblaba, pero no llegaba a igualar la pasión de sus ojos de seductora. Con su sensualidad, Yulia podría dejar a muchas actrices con quienes había trabajado ella en la absoluta vergüenza. Ella desvió la vista.

-¿Y eso no cabe en la categoría de alto riesgo para usted?

De repente se moría de ganas de ir a dar una vuelta con Yulia por la carretera costera durante el ocaso. Se deslizo de su coche para observarla mejor.

-Para nada. Es lo que manejo cuando no traigo mi Jeep.

-¿Su Jeep? Creí que tendría usted una camioneta- dijo la pelirroja entrecerrando los ojos.

Yulia se volteo y le dio la espalda.- Negocios y placer. Hay que separarlos- volvió a ponerse de frente, sin quitarle la vista de encima-. La llevare a dar una vuelta un día de estos. No hay nada que se compare con la sensación del aire en la cara, de ir corriendo rápido, dejando la ciudad atrás.

Lena no pudo resistirse. Toco suavemente el ardiente el asiento de piel. La moto susurraba promesas de todo tipo de libertad anónima.

-Quizás algún DIA. Y solo si promete no acercarse a mis hermanos con la moto. Ya puedo olfatear la testosterona en el aire. Prométame que no traerá esa maquina alrededor de ellos.

Volkova rio con gusto. –Trato hecho. Por ahora. La vio traviesamente-. Así que, ¿piensa presentarme a sus hermanos? Es una buena señal.

-No es señal de nada. Si se acerca a mi, le garantizo que los conocerá. Ellos fisgonean a cualquier persona que se acerque a menos de un kilómetro de mi, y respeto su opinión. Tienen buen ojo para juzgar a la gente. Además, los hombres y alguna que otra mujer suelen portarse bien alrededor de ellos. Juntos se parecen a la línea defensiva de los Vaqueros de Dallas.

-Ah, bueno. Unos tipos protectores. Así debe ser-. Sus ojos la miraron de la cabeza a los pies. Sus labios se arquearon en una sonrisa lenta que hizo sonora una alarma en la cabeza de Lena.- Y con justa razón, diría yo- carraspeo Volkova-. A mi hasta me agradan los chaperones. ¿Me veo débil en comparación con ellos?

Lea meneo la cabeza, sin confiar en poder hablar coherentemente en cuanto al físico de la morena. Aun comparativamente.

-Esta usted advertida. Estarán vigilando todo el trabajo que hace en la casa y la mantendrán a raya.

Yulia suspiro aliviada.-Yo puedo con ellos. Tengo un grado universitario, elegancia, sentido del humor… y boletos para la temporada de la CSKA- se quito la gorra para limpiarse el sudor de la frente con el brazo.

Lena sonrió a pesar de si misma.- Estoy segura que podrá manejarlos- se subió a su coche y lo arranco-. Pero yo soy mas dura, y estará trabajando para mí. ¿Cree usted que puede manejarme a mí también?

Yulia quedo boquiabierta. De nuevo se le cayó la gorra.

-Se le cayó algo.

El rubor se le subió a las mejillas y ella ya no se atrevió a decir ni una palabra más. Quemo llantas al salir del estacionamiento. Al echar un vistazo hacia atrás noto que la morena no se había movido de su lugar al lado de la Harley, pero estaba estirando el cuello para seguirla con la mirada.

-Dios mío. Es una locura, mujer. Volkova le había hecho decir cosas que no quiso decir, la tenia hablando sola, y la había encendido a niveles inaceptables.

Además, ella le había coqueteado desvergonzadamente, y había disfrutado la sensación de libertad que había sentido al hacerlo. ¿Cuándo había sido la última vez? Pero no quiso pensar en Alexa. Esos pensamientos la iban a deprimir rápidamente, cuando en estos momentos quería volar con la imagen de Volkova.

Lena metió un CD de Gloria Estefan y subió el volumen para escuchar la nueva pieza de salsa. Su cuerpo se meneaba fácilmente con el ritmo. El impacto del feroz ritmo caribeño encendió su espíritu fuera de control aun más. Cambio de disco por el de la música del Fantasma de la Opera para enfocarse de nuevo en pensamientos más seguros, más serenos.

Si, Gloria, la salsa es definitivamente caliente, pensó.

Corrió hacia su casa, con ganas de lanzarse en clavado al gélido mar tan pronto pudiera ponerse el traje de baño. Lo mas probable era que el mismo mar herviría en cuanto ella metiera el pie al agua.





Yulia se quedo mirando el Mustang mucho después de que este saliera del estacionamiento. Fuego. Rojo fuego. Peligrosamente caliente. Y no estaba pensando en el coche. La señorita Katina podía provocar un derrame nuclear en el Área 51 de Nevada en cualquier mes del año.

Fino, realmente fino. Le dio una patada a su gorra antes de agacharse para recogerla del suelo. Si, señorita Katina, tiene razón. En efecto he perdido algo. He perdido la cabeza.

No necesitaba que una mujer le complicara la vida. Los bomberos eran otra especie de humanos, y estaban mejores solos. Ninguna mujer tenía porque soportar el infierno de estar esperando que un bombero regresara. Los bomberos no siempre regresan. Como prueba: su propio padre.

Como capitana de una central, ambicionando llegar al puesto de jefa de varios equipos en Moscú, Yulia estaba comprometida con su trabajo. Ningún vínculo emocional arruinaría sus planes.

Estaba soñando si pensaba que iba a poder sacar una cita con esa preciosidad, cuando ni siquiera había tenido las agallas para preguntarle a la señorita Katina su nombre de pila. No le gustaba nada la intensidad con que deseaba volverla a ver. Con mayor seguridad, aunque temporalmente bajo el pretexto del negocio de su hermano, Yulia podría acercársele. Quizás. La clave seria no comprometerse. Nada serio.

Saco su teléfono celular del bolsillo trasero de su pantalón y marco el número de su hermano.

-Vlad, ¿Qué tal? Termine con los volantes. Tenemos que hablar.

-Gracias, mana. ¿Qué te parecieron los nuevos?

-Dejaron mucho que desear.

Vlad se rió.- Es exactamente lo que teníamos en mente. Necesitamos relajarnos después de trabajar nuestros turnos en la central.

Yulia gruño, corrió los dedos a través de su cabello, y se puso la gorra al revés.

-Escogiste las palabras equivocadas. Hablaremos de los volantes mas tarde.

-Me pareció buen truco en el momento. Te apuesto que van a responder.

-Te lo apuesto también. Algo así como una bola de maridos furiosos en la puerta.

-No hay nada como un poco de emoción para hacerse más productivo. Probablemente trabajaríamos doblemente rápido.

-Seguro, y hablando de emociones…

-¿Conociste a una mujer? Ya lo sabía. Conociste a una mujer. En mi territorio. A mi me toca primero.

-De ninguna manera, Vlad. ¡Pero que mujer esta! Es una nueva clienta, pero… -Yulia cambio el teléfono al otro oído-. Le dije que yo era tu. Me espera mañana.

-¿Para que hiciste semejante cosa?

-No creo que me hubiera dejado ni acercarme a ella si le hubiera dicho que soy bombero.

-¿Y crees que te invitara a quedarte cuando se entere de que le mentiste? Yo que tú, le diría la verdad, mana. Ahora mismo. Antes que nada. Te va a salir el tiro por la culata si no lo haces.

Yulia sabía que Vlad tenía razón, pero por otro lado, no podía renunciar al trabajo que le había prometido a la señorita Katina.

-No puedo ahora mismo, pero lo haré –se detuvo-. Hice un trato con ella.

La voz de Vlad se volvió tensa, un poco desconfiada.

-¿Qué tipo de trato?

-Un día de trabajo, gratis.

-¿Un día? Pero eso podría valer montones de dinero. No puedo pagarlo.

-No te preocupes. Yo te lo cubro. Nada mas préstame tu camioneta para que pueda yo revisar su casa mañana.

-Te estas esmerando para impactar a este mujer. Espera un momento. ¿Sabes lo que es un martillo?

-Muy chistoso. Lo se, y mas vale que te cuides.

Vlad se rió, fastidiando a Yulia sobremanera.

-Un trabajo es un trabajo. No me lo pierdas, mana. Te ayudare en lo que pueda- dijo Vlad cuando por fin se calmo.

-Esta bien. ¿Puedo ir a tu casa en la noche para unas clases? No llegare tarde. Tenemos que revisar unos estudios preliminares para la comisión de mañana. Tengo que reunirme con el jefe temprano.

-Claro. Ven a la casa- Vlad hizo una pausa-. ¿Qué es lo que pasa en la central?

Yulia subió a la Harley.- La Comisión Cinematográfica de San Diego ha contratado a nuestro equipo para montar guardia y servirles de asesores en un escenografia para la grabación de una película en Moscú. La producción empieza en un par de semanas. Hay algunas pirotécnicas en el guión de la película.

-¡Excelente! Hollywood viene a Moscú. ¿Quién es la actriz? ¿Puedo trabajar todos los turnos si es Heather Locklear?

-Ay, Vlad. Todavía no se quienes serán los actores, y no, no puedes trabajar todos los turnos. Se realista.

-¿Y que tal autógrafos? ¿Podemos sacar unos?

-No mientras te paga el gobierno, Vlad.

¿Seria posible que Vlad fuera tan solo unos cuantos años mas joven que ella? A veces Yulia se sentía mucho mayor que sus 26 años.
Levantándose del asiento caliente, Yulia saludo a una niña que colgaba de la ventanilla de un coche que pasaba.

-Vamos a lograr lo de mañana, nada más. Sígueme la corriente, ¿esta bien? Te dejare manejar la moto.

-Por todo un día.

-Si, si, por todo un día- suspiro Yulia exasperada.

-Palanca, ¿he? Tengo que conocer a esta mujer.

-No, no la conocerás. Quédate con alguien de tu edad.

-Ay, mana, pero las mujeres mayores…

-No esta, Vlad.

Vlad se rió. Sabía como llegarle a Yulia.

-Bueno. ¿Le vas a decir a mamá durante la cena en la noche?

-Para nada. Se pondría a preguntarme cuando puede esperar nietos.

-Bueno. Primero comes y luego te enseñare a usar un martillo.

Yulia colgó el teléfono celular y lo metió de nuevo en su bolsillo mientras la risa de Vlad todavía timbraba en su oído.

Yulia sonrió y meneó la cabeza. Vlad era buen hermano, aunque a veces algo latoso. A pesar de su ligereza, era buen bombero y empresario. Obviamente había aprendido algo valioso de su padre, y Yulia no dudaba ni tantito que llegaría lejos en la vida.

Desenganchando el casco del manubrio de la moto, Yulia se lo puso, y luego arrancó la Harley. La vibración del asiento la hizo dolorosamente consciente de su reacción ante la señorita Katina.

Manejar la Harley era arriesgado, viéndolo desde la perspectiva de Lena. Igual sus otros pasatiempos. Hacia años había adoptado uno tras otro y todos eran pasatiempos que podía hacer sola. No podía recordar la última vez que había invitado a una mujer a compartirlos con ella. Si pudiera hacer todo lo que no podía hacer su marido, como decía el volante, ¿le daría ella una oportunidad? Vlad tenía razón. Yulia no sabia nada de reparaciones domesticas, pero quizás, posiblemente, si se pavoneaba hacia su casa con un cinturón en la cadera, caído hacia abajo y cargado de herramientas, Lena le echaría un vistazo.

Se rió en voz alta.

-¡Cómo no!
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   22/10/2009, 17:09

Hey Jul que tal eh, tambien acá te estaré acosando jajajja, dejandote comentarios para que la continues.... buenisima, buenisima...
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   22/10/2009, 18:27

Como no, echarle un vistazo??? JAJAJAJA!!!
Muy Bueno, la verdad me encanto...Ya quiero que lo continues!!!

Muchas gracias por compartir esta historia Ale-Jul!!!
Como ya dije, espero ansiosa la continuacion!!!!


Última edición por *Miya* el 24/10/2009, 11:51, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   22/10/2009, 21:01

Capitulo tres, primera parte
Lena canturreaba mientras preparaba un licuado de fresa para desayunar. No anularía del todo las cuatro enchiladas que había cenado la noche anterior, junto con el sabroso arroz y los frijoles que le encantaban, seguido todo por una margarita; pero honestamente, por la comida de su mamá valía la pena sufrir sentimientos de culpabilidad al día siguiente.

Al correr un largo rato temprano por la mañana, Lena había podido ahuyentar la culpabilidad un rato. Al observar su reflejo borroso y ondulado en la puerta del refrigerador, se dio cuenta que jamás tendría que preocuparse por ser demasiado delgada, especialmente porque tenia el mismo apetito de sus hermanos, bocado tras bocado.

El teléfono sonó fuertemente. Lena le echo un vistazo al reloj de carátula negra que colgaba encima del fregadero. Los números plateados y las manecillas brillaban luminosos y elegantes. Justo a tiempo.Recogió el inalámbrico, y descansándolo sobre su hombro mientras servia su licuado en un vaso de plástico.

-Buenos días, mami.

-¿Te desperté, hija?

-Por supuesto que no- Lena estaba ya acostumbrada a este pequeño rito cuando estaba en casa. Bajó licuado para tomar un poco de su dulce café con leche. Descansando contra la barra blanca, escuchó a su madre con los ojos cerrados y con el calor de su café deslizándose suavemente por su garganta, filtrándose a hacia su sistema nervioso.

-No te morirías por dormir hasta tarde un solo día.

Lena escucho ruidos en el otro extremo de la línea, y visualizo a su madre preparando el desayuno a su papá. En la casa de los Katina no se escatimaban los sabores y los olores de un mundo de comida. Saborear cada bocado era una de las grandes alegrías de su familia. Aceptar tal lógica era aceptar tener caderas.

-Tuve que correr para bajar tu cena, mamá. Y ahora tengo que memorizar mis líneas. Faltan apenas dos semanas para grabar.

La pelirroja observaba las crestas de las olas a escasos cien metros de donde estaba ella. La extensión del teléfono le permitía abrir la puerta de la cocina hacia el patio. Un del aire salado de mar y el bamboleo de las olas instantáneamente la llamaron por su nombre. Tomando una taza en cada mano, sujeto el teléfono entre su cuello y su majilla y camino en dirección a su silla, dándole un golpecito a la puerta con el pie para cerrarla.

Un sonido como de algo cocinándose se escucho a través de la línea antes de que su madre volviera a hablar.

-Yo también fui a caminar. ¿Cuánto corriste?

-Seis millas hoy. Una por cada enchilada, otra por el arroz, y una más por la margarita.

Un escalofrió involuntario corrió por el cuerpo de Lena, el aire fresco de la mañana trabajando junto con el café para avivar sus sentidos.

La risa de su madre le agrado igualmente. Su madre casi siempre se preocupaba por la vida tan solitaria de Lena –por fuera elegante, pero detrás de las puertas cerradas, una ida en soledad. No lo comprendía, pero realmente así quería vivir su hija.

Lena coloco su licuado y taza de café caliente sobre la mesa negra de hierro forjado. El absoluto silencio y la serena belleza de la hora aun la llenaba de asombro, pese a que había adquirido la casa de la playa hacia ya tres meses.

-Sabes que correría diez millas al día el resto de mi vida con tal de no dejar de comer tu comida, tus tortillas hechas en casa. Papas fritas. Helado.

-Ya quieta –dijo si madre-. Jamás se acabará la lista.

Volvió a reírse y Lena se relajo, acomodándose en los cojines de su silla de patio.

Tomó su licuado hasta que había desaparecido la mitad.

-¿Cómo le hacías en casa para tener suficiente comida cuando vivíamos ahí los cuatro? –Elena recordó la cena de la noche anterior-. ¿Alguna vez supiste lo que era el silencio en esa casa?

-Hacíamos lo mejor que podíamos. Y siempre había momentos de silencio, lo creas o no.

-No –la palabra “ruidosas” no describía adecuadamente las cenas familiares en la casa de los Katina, especialmente cuando visitaban algunas tías, tíos y primos para agregar un poco más de ruido, además de que ponían el estéreo. Quizás ensordecedoras, seguramente caóticas, pero Elena no cambiaria esos momentos por nada en el mundo.

Esta casa de playa era el refugio de Lena –intimidad y silencio por donde fuera. Ella ponía música, una amenidad necesaria, tan fuerte o suave como quisiera. Cuando le parecía demasiado serena la casa, su familia llegaba a interrumpir en el momento mas propicio.

Su madre le platico de sus planes para el día –la cadencia familiar de su voz era tan confortante como oleada del océano. Lena disfrutaba el descubrimiento de piedras lisas y negras, algunas tan grandes como su mano, dispersadas al azar sobre la arena mojada. Las olas rompían perezosamente; su color gris oscuro formaba una mezcla homogénea con el cielo nublado de junio que se despejaría antes del mediodía.

Lena volvió a reconocer lo afortunada que era. Sus padres vivían muy cerca. Sus hermanos, en su condominio que compartían, no estaban mucho más lejos que sus papás.

Por escandalosa que fuera su familia, la protegían de las lenguas chismosas y de la crueldad de Hollywood, recordándole muy seguido de las cosas que realmente importaban. La habían apoyado cuando Alexa la había abandonado para reaparecer una semana después en la premiere llevando una estrellita rubia al brazo.

Esa había sido la última vez que Lena había salido con alguien remotamente relacionado con la farándula. Caray. La humillación le había impedido salir con nadie desde esa terrible época hacia dos años.

Su madre estaba preguntando sobre la agenda de la película.

-Es un excelente guión, mamá. Ojalá me hubieran juntado como pareja con alguien aparte de la desgraciada de Alexa.

Sacó el guión de su portafolio, que estaba apoyado en una silla.

Cumplir con su juramento a Enrique de portarse civilizadamente con Alexa en el escenario seria la prueba más grande de sus habilidades histriónicas.

-No te molestara, ¿o sí hija? –ese tono de preocupación de nuevo.

-No te preocupes, mamá. La verdad, es profesional en cuanto a su propio trabajo e imagen y sabe que yo también lo soy.

-Está bien, hijita. Pero si te molesta en lo mas mínimo, conocerá la de la familia Katina.

-Creo que todos ustedes recalcaron eso perfectamente hace dos años-. Lena no pudo contener la risa-. Estaremos perfectamente bien en el trabajo.

-¡Buenos días, Elena! – su padre en el teléfono. Prácticamente sin tomar aire, le pregunto a su madre si lo iba a acompañar a desayunar. Entendiendo la indirecta, su mamá colgó, prometiendo hablar mas tarde.


Una sonrisa seguía en los labios de Lena al mirar a la playa hacia las casas del lado norte. La reciente embestida de una cantidad extraordinaria de tormentas, una tras otra, había dejado montones de madera flotante y marañas de algas marinas. Miles de piedras habían sido arrojadas por el mar a la playa. Amontonadas, formaban una extraña barrera a lo largo de la arena.

Los vecinos se habían reunido para revivir la playa dañada y para apuntalar las casas, y habían formado amistades duraderas Lena había aprendido una que otra lección respecto a abrirse lo suficiente para pedir ayuda, y para ofrecerla cuando se necesitaba.

Su propia casa había soportado las embestidas, salvo por alguna pintura escarapelada, algunas maderas sueltas en la escalera que llevaba a la playa, y el barandal que se tambaleaba y estaba estriado en varios puntos.

La bella señorita Volkova tenia su tu trabajo esperándola. Durante la noche la habían atormentado dulces sueños de la morena vestida con una camisa que revelaba su cuerpo trabajado y con un cinturón ceñido muy bajo sobre sus firmes nalgas, haciendo imposible que durmiera bien.

Esa mujer tenía talento para llegar a los extremos. Durante los cortos minutos que habían compartido en el estacionamiento, Yulia había logrado hacerla enojar, reír, olvidarse de sí misma y fantasear. Frustrante es lo que era. Peligrosa es lo que era.

Lena no debería haber caído en la trampa del volante. Le echó un vistazo a su reloj, molesta por tener que admitirlo, pero anhelaba que llegara el momento de su llegada.

Resueltamente despejó las imágenes de Yulia de su mente, y le dio vueltas a las páginas del guión. Conforme se concentraba en ello, aumentaba su emoción. Faltaban dos semanas para empezar a filmar, y su estomago ya estaba revolcándose. Su madre había leído todo el guión con ella la noche anterior, pero sus hermanos no servían de apuntaladotes. Habían estado atacados de la risa durante su escena romántica. Definitivamente tenia que buscar a alguien aparte de ellos para ayudarla a leer.

A punto de terminar su café, casi lo tiró cuando sonó el timbre de la puerta. Volvió a meter el guión en su portafolio y se apresuro a pasar por la alegre cocina y la sala medio amueblada.

Es puntual. Bueno. Tenemos que acabar con esto rápidamente,pensó mientras frotaba sus sudorosas palmas contra sus shorts.

Yulia se irguió, viéndose un poco incomoda. Su playera de polo azul oscuro hacia destacar el azul de sus ojos, contrastando con el color oscuro de sus largas pestañas. La camisa de polo estaba estirada apretadamente sobre su pecho. Al recordarla el día anterior sin camisa y en bikini, el sudor comenzó a perlar el cuello de Lena, a pesar del aire fresco de la mañana.

Yulia sonrió; la blancura de sus dientes brillaba contra el tono bronceado de su rostro, y su calor era demasiado fuerte para esta hora del día.

-Buenos días, señorita Katina. Bonita casa. Excelente vista de la playa. ¡Excelente mañana! Gracias por dejarme llegar un poco más temprano.

-¿Le pasa algo?

-No – logro decir Lena y luego despejó la garganta-. Por supuesto que no –se frotó las sienes-. ¿Siempre es tan platicadora a estas horas de la mañana?

La pelirroja necesitaba por lo menos dos tazas de café para poder soportar tanta plática.

-¿Siempre es tan callada a primera hora de la mañana?

-Sí, y me gusta el silencio hasta que haya tomado el suficiente café para soportar las intrusiones.

-Usted concertó esta cita, ¿se acuerda?

-No tan temprano. ¿Se acuerda?

Yulia pasó por alto su comentario y respiró hondo.

-Ah, sí, café. Un café suena sabroso.

Elena estaba parada tras la puerta de roble blanqueado, todavía observando, repentinamente consciente de que no se había bañado después de correr, y simplemente cambiándose de sudadera. El rostro de Volkova se veía tan deslumbrantemente limpio que parecía que si ella corría un dedo a lo largo de su mejilla, rechinaría.

Yulia cambio de posición y dijo:

-Por lo visto tampoco entiende indirectas tan temprano. ¿Puedo pasar? Tengo un poco de prisa.

-Lo siento.- ella dio un paso hacia atrás y abrió la puerta, rayando el piso de mosaico de Saltillo-. He aquí el primer proyecto. Me vulva loca, y además está echando a perder el piso. Normalmente, uso una puerta lateral para evitar esto.

-Déjeme verlo –pasando, la morena hizo un ademán con la mano para hacerla a un lado para poder probar la puerta-. Sí, está caída de verdad.

-Qué astuta de su parte- dijo secamente Elena.

Yulia arqueó una ceja-. Recuérdeme que no debo llegar antes de las ocho en el futuro. Es demasiado rezongona para mi gusto –se detuvo-. ¿Llegó muy tarde anoche?

-¿Qué tiene que ver eso con arreglar la puerta? –espetó ella.

Yulia se encogió de hombros y se agachó ante la puerta. Corrió sus largos dedos, desprovistos de anillos, a lo largo de la orilla interior de la puerta.

-Esto es fácil –dijo aliviada-. Con tanta lluvia últimamente, nada más se hinchó la puerta. Debe quedar bien lijándola.

Se paró, sacó un cuaderno de su bolsillo trasero, y empezó a escribir.

-Bueno – Lena tiraba de un mechón de cabello que se le había escapado de su cola de cabello, y lo hacía girar sobre su dedo-. Nada más por curiosidad, señorita Volkova, ¿Cuál es su gusto?

Yulia suavemente empujó la puerta para cerrarla y luego volteó a darle la cara.

-¿De qué está hablando?

-Dijo que yo era demasiado rezongona para su gusto.

La morena inclinó la cabeza hacia ella, frotándose el mentón.

-Ah, gusto. ¿En cuanto a las mujeres?

Dando un paso hacia atrás, Lena se acercó más para ponerse cara a car. A escasos centímetros la una de la otra, percibió el aroma a café en su aliento y un olor ligero de un perfume delicioso alrededor de la morena. Mezcladas con el aire de mar que las rodeaba, las forzándose a mirarla directamente a los ojos, desviando la mirada de la sensualidad tentadora de su labios.

La mirada de Yulia se volvió traviesa-. ¿Y qué tiene que ver eso con arreglar su puerta?

Se veía divertida. Y demasiado arrogante.

-Olvídelo. Esto ya se convirtió en algo demasiado personal.

-No. No, pecosa. También es básico. Me gustan las mujeres con inclinaciones físicas y que no se molesten si se ensucien. Me gustan las mujeres que se rían, que sean pacientes…especialmente conmigo… que sepan bailar la salsa. Me vuelven loca las mujeres que se atreven a vestirse de rojo, mujeres que estén cómodas con o sin maquillaje, mujeres que sepan besar. En especial, me gustan las mujeres que les ofrezcan un café a las visitas, no obstante quiénes sean o la hora del día que sea.

La risa de Yulia empezó a retumbar desde lo más profundo de su garganta. Se estiro para quitar el mechón de cabello que ella enredaba en sus dedos. –Y las mujeres que comprendan las indirectas.

Ella le arrebato el cabello de la mano. Si hubiera esperado que Yulia fuera sutil o halagadora, estaba muy equivocada. ¿Por qué iba a creer que una mujer que se lanzaba de los acantilados de las montañas para flotar en el aire o que corría montando una Harley pudiera comprender el significado de delicadeza?

Sentía un hormigueo en todo su cuerpo como reacción indeseable ante las palabras tan molestas de la morena. Directas. Impertérritas. Sensuales como un demonio.

Yulia la hacia ardientemente consciente de su cuerpo. Lena no había perdido de vista que estaba vestida de rojo, estaba sin maquillaje, apestaba y estaba físicamente rendida. Logro callarse con toda la dignidad que le quedaba.

Volkova dio unas zancadas, pasando al lado de ella, y se paró justo a la orilla de la sala hundida, silbando a través de los dientes.

Esto era algo que podría manejar ella. Trató de percibir las cosas del punto de vista de Yulia. Los ventanales del piso al techo mostraban una vista del mar como si estuviera justo a sus pies. Lena había trabajado duro para comparar la casa de sus sueños, y su gran orgullo salió a flor de piel.

Yulia se frotó el mentón-. Esta casa es algo extraordinario, pecosa. Tiene que ganar una fortuna. Y no lo digo por metiche, ni nada por el estilo –bajó un paso-. ¿Puedo pasar?

-Por supuesto. Lo que fuera para distraerla,pensó Lena.

-La chimenea. Me gusta también –corrió la mano sobre los ladrillos color salmón que hacían juego con los mosaicos del piso, y luego volteó a verla-. Podría ser bastante acogedora en una noche tormentosa.

Lena se quedo esperando un comentario más, levantando la vista.

Mientras Yulia se inclinó hacia ella.

-Bonito perfume. ¿Cuál es?

-Se llama sudor –empezó a caminar hacia la cocina-. Suele suceder al correr.

-Con razón tiene tan buenas piernas. Duro trabajo, eso de correr.

La alcanzo, y ya estaba caminando al lado de ella.
Lena les echó una mirada a sus shorts rojos de correr. Aunque antes habían sido tan cómodos como pijama, ahora los sentía demasiado cortos y reveladores.

-A lo mejor su socio debe hacer el trabajo.

-A la larga, lo hará. Yo nada más estoy haciendo los estudios preliminares- Volkova sonrió hacia ella.

Mas vale que su socio no sea igual a ella,pensó Lena. Agarro la cruz de diamantes que colgaba de una cadena de plata alrededor de su cuello. A ella se le antojaba otro café.

-¿Quiere un poco? Acabo de preparar el café hace un rato.

-¿Quién? ¿Yo?- le echo una mirada sobre el hombro, observando toda la sala.

-Muy chistosa. La oferta se retira en uno, dos…

-Sí. Claro. Definitivamente sí. Y en una taza enorme.

-¿Alguna otra cosa? –pregunto la pelirroja, arqueando las cejas.

-Leche, sustituto de azúcar –dijo, aceptando el bote de leche que ella le ofreció-. ¿Tiene algún pan dulce?

A Lena se le quedó paralizada la mano, sosteniendo la azucarera llena de paquetes azules frente a su cara.

-No, no tengo pan dulce el día de hoy, señorita Volkova. Pero si de verdad se le antoja, quizás pueda prepararle alguno –ó la mesa con la azucarera.

-¡Qué quisquillosa! –sacó un banco de debajo de la barra, y se sentó en el, alcanzando la taza de café.

-¿Por qué no se siente usted en casa? –preguntó Lena secamente.

-Con mucho gusto.

Sacó una fresa de un plato hondo de cerámica italiana frente a ella.

Volkova jamás notaria que era cerámica italiana, se dijo Lena.
Yulia mordió la fresa hasta que quedo el puro tallo verde. Volteó buscando un lugar donde tirarlo, con la mano sobre el plato.

-¡Ni lo piense! –Lena sacó un plato chico del gabinete y lo colocó frente a ella.

Yulia tiró el tallo en el plato chico.- ¿Ha estado en Italia? –dijo tentando la orilla del plato hondo.

Lena dejo de servir su segunda taza de café y coloco la cafetera sobre la mesa. Era una señal. La pelirroja podía imaginar a su madre. El destino. Las señales surgían por todos lados con esta frustrante mujer, a diestra y siniestra. Lena sacudió la cabeza para despejarla de mayores insensateces. Yulia no era su destino, sino una distracción molesta- una distracción molesta y medio machista- y ella tenia que trabajar.

-¿De qué se trata, un juego de veinte preguntas? Pensé que iba a inventariar las reparaciones que necesito.

Los comienzos de una jaqueca le golpeaban la frente, volviéndola loca. Ninguna mujer, ninguna mujer. Hoy tenia cita con un contador, un contador amable, seguro y aburrido, lo cual significaba que llegaría temprano a casa. Le quedaría el resto de la noche para estudiar su guión hasta que lo memorizara de punta a cabo.

-Enséñeme el camino, pecosa –llevándose la taza a su boca bien formada, cuidadosamente saboreó un poco del ardiente café colombiano-. A propósito, es excelente café. Gracias por ofrecérmelo –le guiño un ojo.

-Lo que usted quiera, siempre que le haga trabajar –espeto ella.

-No como alguna gente, yo sí comprendo las indirectas.

-El patio está por aquí.

Ella le señalo y lo siguió a través de las puertas francesas.
Yulia se paró de repente, y a Lena, tan cerca de ella que podía vislumbrar las fibras en la tela de su camisa, la invadió el pánico, y aguantó la respiración.

-No debería haberme hecho esto, pecosa –dijo al atravesar el patio de un brinco.

Lena exhaló.
Con las manos en el desvencijado barandal, Yulia se agachó, sin importarle como éste se doblaba bajo el peso de su cuerpo.

Lena cerró los ojos, esperando el gran que nunca llegó. Lentamente abrió un ojo, luego el otro, y la encontró mirándola. Levanto las manos, exasperada.

-¿Y ahora qué?

-Dándome tentaciones de nuevo.

-No he hecho nada. ¿Cómo pudo pensar eso? –aliso su sudadera-. Estoy sucia. Ésta es mi casa, que es el único lugar donde puedo relajarme y soltarme el pelo.

-¿Usted? ¿Soltarse el pelo? Me encantaría ver eso. Pero no estaba hablando de usted –volteó de nuevo hacia el mar.

Lena busco algo para tirárselo a la cabeza.

-Este lugar es increíble. La vista. Todo. Me dan ganas de correr hacia allá a agarrar una ola. Podría hacer campamento en este patio y escuchar las olas toda la noche. ¡Tuvo usted suerte a encontrar este lugar!

Su acento era profundo y perezoso y la arrullaba. La reverencia en su grave voz la adormecía. Los pies de Lena e movieron sin su permiso, y se encontró para al lado de la morena ante el barandal, con sus brazos tocándose ligeramente.

-Es maravilloso, ¿verdad?

El poder curativo de la arena y de las olas la envolvió mientras hablaba.

-Acostumbro sentarme aquí durante horas, nada más leyendo, y dejando que me caliente el sol.

Yulia asintió con la cabeza para luego decir:

-Me gustaría ser él –su voz parecía soñolienta y distante.

-¿Quién?

-El sol.

Fue el colmo para Lena.
-Caramba, mujer. Tiene usted agallas.

Volteó y le dio la espalda.
-Lo más cerca que va a llegar a acampar aquí es cuando esté raspando la pintura escarapelada del barandal. Pero que los golpes de las olas la motiven a trabajar rápido, para que no esté ni un momento más que lo necesario.

-Sí, señora –dijo Yulia, inclinando un sombrero imaginario hacia ella.

-Y deje ser tan cortés si no es sincera.

-¿Alguna otra cosa que quiera enseñarme antes de irme?-su mirada brillaba con sensualidad y travesura.

-Ay, ay, ay. No. Tiene que largarse ya –señalo hacia la puerta -. A ver si puedo soportar sus modismos machistas, y luego veremos que hacemos. Gracias por venir.

-Volveré el sábado.

Ella cerró la puerta empujando con todo su peso, raspando sin merced el piso al hacerlo. Mirando a través de la mirilla, la vio a escasos pasos de la puerta.

Yulia hizo bocina con las manos alrededor de su boca.
-¡Temprano!- gritó.

Pasmada, Lena se apoyó contra la puerta y contó hasta diez en silencio. No la ayudó mucho a hacer que su corazón volviera a latir normalmente. Maldijo a la señorita Volkova en silencio. Ya era hora de ponerse a estudiar el guión que la aguardaba en el patio.

Yulia corrió hacia la camioneta de su hermano, que tenia la portezuela ya impresa con el logo del negocio. Deseó haber traído la Harley. Ya quería irse, pero inmediatamente.

Mujer, si quisiste conquistarla, creo que no llegaste muy lejos.Gimió. Carajo. Meter la pata es crónico en mi caso. Ya no tengo ni esperanza.

Bajó el volumen del radio y viró hacia el norte.
El corto camino de menos de diez millas de la casa de la señorita Katina hasta su estación de bomberos, definitivamente no fue suficiente para enfriar su cuerpo acalorado.

Enfocó su atención en las increíbles vistas de muelles de piedras disparejas y de playas solitarias que parecían llegar al infinito. Los surfistas con trajes isotérmicos salpicaban la superficie del agua como manadas de focas; los pescadores echaban su carnada al mar con esperanza.

El olor a tocino frito y huevos que le llegaba cuando se paraba en cada alto provenía de fondas que ofrecían suculentas comidas con los mejores precios de todo Moscú. Le gruñía el estómago. Con su pantalón de mezclilla y playera de polo, estaba demasiado bien vestida para entrar en la mayoría de sus sitios preferidos.

Le encantaba el malecón sobre la carretera. Pero la señorita Katina era su principal distracción del día. Aquellos ojos verde-grises la calentaban a través de la piel cuando sonreía al mismo tiempo la confundían. Tristeza, precaución, algo había en ellos que no debería estar ahí.

Dios, que cursi andaba. Lena se le había metido hasta lo más profundo de su ser. Ya tenia que llegar a la central, y rápido. Una inyección de testosterona al juntarse con sus compañeros durante los próximos días arreglaría perfectamente su cabeza. Ya había desperdiciado demasiado tiempo con la señorita Katina.

Su hermano había sido implacable la noche anterior, fastidiándola sin compasión, queriendo lujo de detalles sobre la ahora famosa señorita Katina. No había muchos detalles que darle aparte de que era una mujercita muy bella con curvas que enloquecían, que la mujer era tan sensual que le hervía la sangre con sólo pararse cerca de ella, que la hacia perder el control de sus facultades mentales, y que la hacia hablar como inadaptada.

¿Cómo podía explicarlo si no lo entendía ella misma? Unos minutos alrededor de ella la hacían anhelar más. No estaba acostumbrada a ser rechazada, y ella la estaba rechazando con unas fuerzas desesperadas.

Vlad se había dado por vencido después de cenar los chiles rellenos de su madre.

-¿Sabes para qué sirve esto? –Vlad le dio un martillo a Yulia-. Por favor, no destruyas su casa y no eches a perder el buen nombre de mi negocio.

Larissa la madre de ellos, no había ayudado en nada, prometiendo rezar por ella y por su seguridad al usar las herramientas de Vlad alrededor de la casa de la pobre chica.

-¿Estás enamorada? –había preguntado cuando habían quedado solos.

Yulia se metió al estacionamiento de la estación. Lujuria, quizás. Amor, nunca. Ni la señorita Katina ni ninguna otra mujer tenia lugar en la vida de una persona que vivía para el riesgo, y que hacia que vivir como suicida pareciera una buena alternativa.

Yulia vio a su hermano bajar del Jeep al otro extremo del estacionamiento. Vlad corrió hacia Yulia antes de que ésta parara completamente la camioneta.

-Hola. –la morena se bajó y saludo a su hermano.

-¿Fuiste a surfear en la mañana? Estaban buenísimas las olas.

Yulia meneó la cabeza-. Estuve así de cerca –dijo, levantando las manos, separadas por lo menos un centímetro.

Vlad caminaba a su lado. Cada una llevaba una mochila grande empacada con botas de trabajo y ropa de ejercicio, sus artículos de tocador y demás cosas que se les hubiera ocurrido meter. Llevaban sus uniformes limpios en ganchos sobre sus hombros.

-¿Qué hay abierto a estas horas? –volteando a enfrentar a Yulia, abrió los ojos ampliamente-. ¿Te fue bien anoche? ¡Cabrona! –Miró hacia la espalda de Yulia- Tu ropa no está arrugada. ¿Qué, también sabe planchar la jefa? –rió.

Yulia puso los ojos en blanco.

-Con razón no tienes mujer –ó a Vlad en la frente-. ¿Tienes la cabeza hueca? Estamos en el dos mil. Repite. Dos mil-. Su tono se volvió serio y bajó la voz al acercarse a la estación-. Sabes que tendré que reportar ese comentario a la jefa. Ella estará en la estación hoy.

Vlad se paró, mientras el color se desvanecía de su cara.
-Oye, no te mandes. Se que estabas con esa señorita Katina. Te entrené anoche. Nada más te estaba cotorreando con lo de la planchada.

-Nos vemos al rato. Tengo junta a primera hora –Yulia caminó en dirección a su catre, guardó su mochila, y se cambió al uniforme, riéndose cada vez que pensaba en la expresión en la cara de Vlad. Excelente.

La jefa estaba a la cabeza de la mesa del comedor de la central de bomberos. Era mucho más alta que ellos, y Yulia le calculaba por lo menos un metro noventa. No era una jefa, o una mujer, para el caso, con quien se pudiera jugar.

La primera mujer promovida a Jefe Moscú y en todo Rusia, ella seria un ejemplo difícil de seguir, con una atención a los detalles y una manera organizada que no dejaban lugar para insensateces en los asuntos pendientes. Yulia no tenia alguna de que ella había ganado su puesto después de años de duro trabajo y mucha dedicación.

Como capitana, Yulia le había enseñado las instalaciones y había preparado al batallón para su llegada. Ya ella había hecho cambios. Su buena voluntad para trabajar tonel sindicato y la manera en que los apoyaba durante las juntas con los altos funcionarios le habían ganado el respeto de los hombres y las mujeres del lugar. Ella había prometido que iba a convertir a la unidad en una de las mejores de Moscú, y ya estaban a punto de llegar a la meta.

Yulia miró a su batallón con afecto. Pocos de ellos habían descubierto aún el sentido del humor de ella,pensó.Con el tiempo se darían cuanta. Quizás durante esta misma junta.

La jefa sacó una pluma del bolsillo de su almidonada camisa azul marino.
-Hay algunas cosas poco usuales, pero importantes, en la agenda de la junta de esta mañana –la plaquita de bronce con el nombre de ella brillaba con la luz.

-Se trata de que necesitamos voluntarios para encabezar la campaña para el Fondo de Viudas. Necesitamos gente que atienda los puestos en la feria callejera en el centro y también para el baile de Bomberos esa misma noche. Pondremos una lista en el tablón de anuncios.

Inclinó su cabeza y arqueó una ceja. Con su cabello canoso recogido en un moño severo, parecía dura y exigente, pero había algo en ella que la hacia tratable. Colocó sus manos con las uñas cortas sin color sobre la mesa.

-Necesitamos ideas originales para el maestro de ceremonias para hacer de esta recaudación de fondos un evento que nadie querrá perderse. Lo haremos como una noche al estilo de los Premios de la Academia. Su capitana, Yulia Volkova, se ha ofrecido a encabezar el grupo de búsqueda. Yulia detectó un destello de diversión en los ojos azules de ella –Espero muchos voluntarios para esta causa valiosa.

Le entregó una tabla sujetapapeles al hombre de su izquierda.

-También en nuestra agenda: la comisión cinematográfica ha pedido nuestra ayuda. La filmación de una película con fuegos pirotécnicos de alto impacto comenzara en un par de semana. Necesitan camiones en el sitio durante aproximadamente tres días de escenas potencialmente peligrosas –ó la mesa con su pluma.

-Bueno, señores…y señora –dijo, echándole un vistazo a la única otra mujer en el batallón-, he aquí su oportunidad para debutar en Hollywood. Ofrecí nuestra unidad para montar la guardia y para servir de asesores.

Los comentarios, primero en un murmullo, y luego más fuertes, llenaron el cuarto.

-Sí, cómo no. Alrededor de esos muchachitos bonitos y afeminados.

-Pero esas muñequitas, sin embargo…

-¿Creen que habrá alguien de baywatch?

-Actrices. Te menosprecian y luego quieren que les traigas sushi para comer. Con vino blanco. Importado.

-¿Creen que me dejarán hacer una audición?

Vlad se puso de pie.
-¿Permiso para hablar, Jefa?

Yulia estuvo a punto de reírse, alcanzó su café y esperó. A veces Vlad era mucho más formal que lo que quería admitir.

Vlad era vario centímetros mas alto que Yulia, y aunque los dos tuvieran rasgos en el rostro similares, su piel era más blanca, sus ojos café y su actitud relajada atraían a las mujeres dondequiera que fuera trabajar en una locación cinematográfica ofrecía innumerables oportunidades que lo harían babear –de manera elegante, por supuesto.

-¿Sabe algo sobre las estrellas de la película, Jefa?

-No tengo la menor idea –contestó Kramer-. Pero no importa, ¿verdad? –sonrió ella, mirando a Vlad a los ojos.

-No. Por supuesto –Vlad carraspeó-. ¿Ofrecen compensación?

-Tiempo extra –contestó Kramer-. Trabajando en turnos entre esta estación y aquel sitio. Haremos una rotación.

Otro miembro del equipo habló.
-Oye, Vlad. No puedes trabajar todos los turnos, aunque sea Heather Locklear.

Todos rieron. Vlad se sentó pesadamente, sonrojado.
-Ya madura –murmuró.

Kramer volteó hacia Yulia.
-¿Quieres agregar algo más?

-Tengo los horarios durante los cuales la comisión cinematográfica quiere que estemos en el rodaje. Revisen sus turnos personales de trabajo. Ya organicé los tiempos de rotación, así que nada más tenemos que llenar los nombres para estar seguros de estar cubiertos aquí y en el rodaje. Véanme hoy o mañana en mi oficina.

-Es todo. Rompan filas- terminó Kramer. Las sillas rayaron el piso y por encima del ruido, Kramer levantó la voz- Ah, y Vlad.

Instantáneamente hubo silencio en el lugar, y todos volvieron su atención hacia la jefa.

-Tengo entendido que eres bueno para planchar. ¿Es cierto?

Vlad le echó una mirada asesina a Yulia.
-Sí, Jefa.

-Qué bueno –recogió sus expedientes y se encaminó hacia su oficina-. Trae tu plancha. Vamos a demostrarle a esa gente de Hollywood como son los verdaderos hombres del dos mil.

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shizuru
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   19/1/2010, 05:24

es muy linda tu historia por escribe la conti
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b153xu4l
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   26/1/2010, 01:01

escribe la conti esta muy bonita tu historia me gusto
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chikane0704
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   29/1/2010, 01:27

ooooooooo esta muy buena!!!!!!!! continuala please!!!!
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Shikat
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   26/3/2010, 17:00

sisis spectacular!!!
contnualaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Al rojo vivo - por Ale-Jul   

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Al rojo vivo - por Ale-Jul
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