Yuri's Lyrical Secrets

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 La isla: x La mala Rodriguez [completo]

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Yulia
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MensajeTema: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:35

La isla: x La mala Rodriguez






Era como si dios hubiera hecho que aquel día fuera perfecto, especialmente para nosotros. Iba a ser el primero de una travesía por el océano que nos llevaría de Europa a América. El cielo no podría haber estado más azul si lo hubiera pintado el mismísimo da Vinci . La gente eufórica se disipaba entre movimientos encontrados de izquierda a derecha aunado al suave y tenue movimiento del agua que ahora en calma nos hacia zigzaguear a cada paso
Iba junto con mi hermana pequeña Lilly que no podía quedarse quieta debido al chocolate que le di para sobornarla anteriormente por lo que vieron sus ojitos infantiles, en fin, mi madre no dejaba de darse aire nerviosa con el abanico. Papa parecía hablar más alto de lo normal. Los demás pasajeros parecían estar reaccionando también a la electricidad que había en el aire.
Y con toda razón para algunos de nosotros éste iba a ser el primer viaje al extranjero. Era el año 1929. El barco era el ski

—Leni, cierra la boca, niña, y ven aquí —me gritó mi madre cuando me quedé contemplando boquiabierta el inmenso barco.
Corrí para alcanzar al resto de mi familia.
Y nos condujeron por la pasarela hasta el barco. Una vez a bordo, los pasajeros eran divididos en grupos según sus apellidos. De modo que fuimos de los de en medio en ser guiados hasta nuestros camarotes. Papa nos había permitido a Lilly y a mí compartir una habitación para nosotras solas.
—¿Qué cama prefieres, Leni? —preguntó Lilly, dando botes en una de las camas.
—Evidentemente, la de ahí, dado que tú ya has echado a perder los resortes de ésa.
Lilly se echó a reír y brinco con más fuerza.
—Leni, ¿crees que nos dejarán nadar en la piscina? —preguntó por quinta vez en lo que iba de día.
—No lo sé, pero más vale que vengas aquí y me ayudes a deshacer las maletas si quieres salir a cubierta para saludar cuando zarpe el barco.
Con un último brinco, Lilly se acercó para ayudarme a sacar nuestras cosas. Mientras, dejé que mi mente repasara todo lo que dejábamos en Moscú. Mi mejor amiga, Elizabeth, era lo que más ocupaba mis pensamientos. Recordé cómo había llorado el día antes cuando nos despedimos.
—¿Me prometes que me escribirás, len? —dijo sorbiendo.
—Te lo prometo, Liz. Voy a escribir en un cuaderno todos los días y cuando esté lleno te lo enviaré. Será como si estuvieras allí conmigo
—Ya está todo, Leni , ¿podemos ir ya? —exclamó Lilly con su habitual entusiasmo.
—¿Por qué no vas al lado para ver si papa y mama ya están listos?
Ella salió volando por la puerta, dejándola abierta al correr al camarote de alado
Sonó un fuerte silbato. Según las pocas instrucciones que recibimos al subir a bordo, el silbato era para hacernos saber a todos que faltaban quince minutos para que zarpara el barco. Cerré la puerta y terminé a toda prisa de deshacer mi equipaje.

Cuando terminé de sacar mi ropa, me vi en el espejo. Me miré con espíritu crítico. Me han dicho que tengo los ojos bonitos... son de un verde oscuro y turbio, como los de mi madre. He sacado el pelo rizado de ella, pero el suyo es rubio, mientras que el mío es pelirrojo como el de papá. Miré con más atención. Creo que tengo la nariz bonita. Suspiré al apartarme del espejo. Casi todo el mundo creía que tenía doce años, cuando en realidad tenía dieciséis..
Abrí la puerta de nuestro camarote justo a tiempo de ver pasar zumbando a una niña de seis años vestida con un vestido blanco.
—Leni, vamos, que nos lo vamos a perder apúrale anda ven —gritó mientras corría por el pasillo hacia la cubierta de proa.
—Lilly —gritó papa—.no corras nena o te caerás. —la pequeña regresó correteando hasta mama
—Oh, mama, por favor, deprisa, no quiero perderme de decir adiós a todo el mundo.

Seguí despacio a mi familia. Creo que era la única que no estaba tan contenta con nuestro viaje. Me preguntaba qué estaría haciendo ahora Liz. Cuando caminaba, rara vez me fijaba por dónde iba. Por desgracia y ante la consternación de mama, esto me había acarreado varios roces y golpes
Ay, por Dios, pensé mientras caía al suelo y acababa plantada de espaldas sobre el piso, como ya venía siendo demasiado habitual.
Sacudí la cabeza para despejármela porque solo veía el sol sobre mi cara. Cuando me fui orientando de nuevo, me di cuenta de que me había chocado con una persona y no con un objeto inanimado.
—¿Estás bien? —preguntó una voz
Eché despacio la cabeza hacia atrás, tratando de mirar a la persona delante de la cual acababa de hacer el ridículo. Seguí echándome cada vez más hacia atrás hasta que por fin llegué a un par de ojos azules pero llenos de diversión.
—He preguntado que si estás bien
—eh... sí. Seguro que estoy bien —contesté por fin, dándome cuenta de que estaba siendo grosera.
Tras un esfuerzo por ponerme en pie. Me presente
-Me llamo Lena-.
Me quedé allí como una idiota durante varios minutos que parecían ser eternos, mirándola. Era la mujer más bella que había visto en mi vida, claramente más bajita que yo, pelo negro y unos ojos que jamás había visto. Era, en una palabra, hermosa. No supe qué decir a continuación. Noté que mi boca traidora se había abierto mientras la miraba y la cerré de golpe con un chasquido bien audible.
—Yulia —soltó ella.
—¿Eh? —dije como una tonta
—Mi nombre... es Yulia Volkova.
—Ah... mmm, encantada de conocerte, Lena
—¿No deberías irte? —Me preguntó, ladeando ligeramente la cabeza—. ¿No se va a preocupar su familia por ti?
—Aaah, sí, supongo —. ¿Tú no vas arriba a despedirte?
—No —dijo—. Ahí no hay nadie de quien deba despedirme, mi madre y mis hermanos están a bordo, así que no veo la necesidad de estar allí. Estaba regresando a mi camarote cuando TU…. chocaste conmigo.

Me irrito su comentario y con suma inmadurez le dije
—¿Que yo... he chocado contigo? Más bien fuiste tú...
—Tú eras la que no miraba por dónde iba. Te ibas viendo los zapatos justo antes de que chocáramos. ¿Qué paso? ¿Son nuevos? —preguntó con sarcasmo.
—¿Qué? No —mentí—. Mira, vamos a olvidarlo. Si crees que ha sido culpa mía, me disculparé.
Yulia sonrió burlona.
y—Bien, ¿y por qué no lo haces?
l—¿Por qué no hago qué?
y—¿Por qué no te disculpas?
l—Cómo... pero si acabo...
Y—No, no lo has hecho. Has dicho que te disculparías, pero todavía no lo has hecho.
Yulia sonreía ahora ampliamente y yo me estaba irritando de mala manera.
—Muy bien, señorita, si se empeña en una disculpa más formal, se la ofreceré —solté indignada—. Señorita Volkova, me gustaría disculparme formalmente por embestirla, perdón por lastimarla con tan poderoso impacto que seguro le ha fracturado algún hueso
. —Ahora ya estaba furiosa se me notaba en los nervios del cuello mas marcados de lo normal y en el rubor que habían adquirido mis mejillas , lo cual pareció causarle aún más diversión.
—Acepto sus disculpas —dijo con altivez, como si imitara mi tono—. Pero... —Y se inclinó hacia mí y me dio unas palmaditas en la cabeza, como si fuera una niña pequeña
—. Tenga mas cuidado para que no vuelva a pasar. —Con una sonrisa amplia y maliciosa, se dio la vuelta y se alejó.
Me quedé mirándola, por segunda vez en otros tantos minutos.
—Pero cómo... —Me di la vuelta furiosa justo al oír a la multitud que se despedía a gritos—. Oh, bueno. —Suspiré y seguí hasta la cubierta para buscar a mi familia.
Dadas las masas de gente, fue pura suerte que pudiera encontrar siquiera a la mía
—Aquí, Leni —gritó Lilly, que estaba encaramada en los hombros de papa para poder ver por encima de la gente. Me abrí paso hasta ellos
Mientras el barco se apartaba despacio del muelle. Habíamos zarpado.
—¿Dónde estabas, Lena? Nos estábamos empezando a preocupar —preguntó mi madre
—Lo siento, He vuelto a mi habitación para buscar mis lentes y no he podido encontrarlos. Para entonces ya era tarde.
No sabía por qué había mentido; no solía mentir a mis padres y menos a ella, que generalmente percibía una mentira de lejos.
—¿Estás segura de que no estabas en algún lado fantaseando? —preguntó Era una discusión habitual y yo no estaba dispuesta a tenerla en este momento.
—No, no estaba fantaseando...
Mi familia y yo decidimos dar un paseo por el gran barco antes de tomar el té. El barco era verdaderamente una magnífica obra de ingeniería, según mi padre. Dejé que la charla de mi familia se perdiera como ruido de fondo mientras pensaba en mi encuentro con Yulia. Me pregunté por qué me había dejado provocar hasta ponerme tan furiosa. Normalmente soy de buen carácter. Me cuesta mucho enfadarme... bueno, normalmente. Esta chica tenía algo que me irritaba.
—Elena—me llamó mama con un tono de voz claramente exasperado—. ¿Has oído una sola palabra de lo que he dicho?
—No, mamá, perdona, no te he oído. ¿Qué has dicho?
Meneó la cabeza y dijo:
—Hija, uno de estos días esa imaginación desbocada que tienes te va a causar muchos problemas, fíjate en lo que te digo.
Sonreí y contesté como solía hacerlo cuando me soltaba esta conocida afirmación.
—Sí, mamá.
Sonreí con malicia, como siempre, y ella de igual manera me imito. Mi abuela me había dicho hacía mucho tiempo que yo era igual que mi madre a los dieciséis años y que cuando tenía mi edad era muy… fantasiosa.
—He preguntado que si te apetece tomar el té o no. Hay un salón donde lo van a servir dentro de unos minutos.
—Sí, me apetece tomar el té.
Seguí a mi familia diligentemente al interior del salón y tomé nota, no por primera vez, de los indeseables grupos de jóvenes, en su mayoría de Moscú, como mi familia y yo.
Me permití fantasear sobre Yulia, inventándome historias románticas sobre ella y un guapo príncipe... al fin y al cabo, era un personaje claramente interesante y bien podía ser una princesa o una rica heredera si así soy de patética. Los camareros colocaron en la mesa bandejas doradas llenas de emparedados de pepino y panes pequeños, además del té. Oí rugir a mi estómago, lo cual me recordó lo hambrienta que estaba. Toda la conversación cesó mientras mi familia devoraba la sencilla pero elegante comida. Y la comida paso sin pena ni gloria de no ser porque Mientras comía, sentí un cosquilleo en la nuca. Me volví a tiempo de ver a la pelinegra, a una mujer de más edad y a dos jóvenes entrando en el salón. La mujer mayor tenía el mismo aspecto que ella. Decidí que tenía que ser su madre. <>Por algún motivo, me sentía decepcionada y no sabía por qué.
Me volví de nuevo hacia mi familia cuando ella y su madre llevaban a los chicos hasta la mesa que estaba justo al lado de la nuestra. Ella me susurró al oído al tomar asiento justo detrás de mí:
—¿No te han dicho que husmear es de mala educación, pequeña?
Tomé aire y me volví para fulminarla con la mirada, pero para entonces ella ya se había vuelto hacia su familia y decir cualquier cosa habría llamado la atención sobre mí misma. De modo que me aparté furiosa.


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Yulia
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:36

—¿Quién es tu amiga, cariñito? —preguntó papa con los ojos chispeantes.
Me puse muy colorada y dije, con cierto exceso de volumen:
—Se llama Yulia y no es... mi amiga —solté.
La escuche reírse y fue evidente que había estado escuchando. Papa me sonrió y volvió a su conversación . Me volví ligeramente para poder ver la mesa de al lado. Advertí que su madre charlaba animadamente con los chicos, pero que ella no participaba realmente en la conversación. Aproveché la oportunidad para inclinarme hacia atrás y decir en voz baja:
—¿Nunca te han dicho que escuchar las conversaciones ajenas es de mala educación?
Yulia se echó hacia atrás en su silla y dijo:
—No estaba escuchando, es que hablas tan alto que no he podido evitar oírte —dijo con tono de burla.
—Yo... Tú... —parecía disfrutar de cada momento.
—¿Te pasa algo, cariñito? —preguntó mi padre.
—No —dije a duras penas—. Creo que algo me está sentando mal.
Oí a Yulia sofocar otra risa al oír esto y juré que de algún modo conseguiría vengarme.
Seguí a mi familia al salir del salón, con mucho cuidado de no dirigir una mirada siquiera para atrás. Regresamos a nuestros camarotes para dormir una siesta muy necesaria. Mientras me quitaba la ropa y ayudaba a Lilly a ponerse el pijama, me di cuenta de que estaba agotada. Al echarme, mi último pensamiento fueron unos maliciosos ojos azules y mi incapacidad de pensar claramente cuando los miraba.
Casi dos horas más tarde, llamaron a la puerta.
—¿Quién es? —grité.
—Soy yo hija tu mama y yo daremos un paseo por la cubierta, ¿quieres venir?
—¡SÍ! Espérame —exclamó Lilly, saltando de la cama y poniéndose el vestido de mala manera. Yo también me vestí despacio.
Abrí la puerta cuando estuvimos vestidas.
—Creo que me voy a quedar aquí a escribir un poco papa.
—Muy bien, Leni, volveremos a buscarte para cenar dentro de unas horas.
—Está bien.
Observé a mi hermana salir dando brincos de la habitación para tomar a mi padre de la mano, hablando a cien por hora. Me senté ante el pequeño tocador que estaba en nuestra habitación y saqué algunos cuadernos. Por mucho que lo intentara, no conseguía poner sobre el papel lo que sentía sobre este viaje. En principio, no estaba muy contenta con el traslado a América. Pero después de la siesta, empezó a entrarme una sensación de aprensión y emoción. <> Por fin renuncié a intentar plasmar mis sentimientos en palabras y me limité a escribir sobre el barco y los pasajeros. A propósito, omití mencionar a Yulia en mi entrada porque sabía que si le hablaba a Liz de ella, querría saber más. Tras terminar la breve entrada, devolví el cuaderno al cajón, .
Decidí subir a cubierta con un par de hojas en blanco y un carboncillo para dibujar un poco al fin que no tenía nada que hacer
. Dejé una nota en el camarote de mis padres por si volvían antes que yo. Me dirigí a la cubierta. Conseguí sentarme en una cómoda silla y me recliné para empezar a dibujar. Miré a mí alrededor en busca de un buen candidato para mi dibujo. Al no encontrar ninguno entre los pretenciosos pasajeros, decidí hacer algo de memoria. Despacio me puse a trazar las líneas que empezaron a formar el óvalo de una cara. Cuando estuve satisfecha con la forma de la cara, metí la mano en la bolsita que usaba para llevar mis suministros y saqué el color azul mar. Después de dibujar los ojos hasta quedar satisfecha, rellené los ojos con el color. Por lo general, esperaba a tener terminado el retrato antes de colorear nada. Pero por alguna razón me parecía que era importante hacer bien los ojos.
—¿Me enseña lo que está dibujando? —preguntó un joven con una voz que me resultaba familiar.
—¿Disculpe? —pregunté como una estúpida.
— que si me permite ver su dibujo —volvió a decir con suavidad.
En su cara se dibujó una agradable sonrisa. Por primera vez advertí sus hermosos ojos. <> pensé con creciente comprensión.
—Mmm, normalmente no enseño mis dibujos hasta que están terminados.
Él sonrió de nuevo.
—Pues me gustaría verlo cuando esté acabado... es decir, si a usted no le importa enseñármelo.
—No, no me importa. Se lo enseñaré cuando haya terminado.
—Bien. Escuche, ¿va a ir al baile esta noche?
—No sé nada de un baile.
—Pues verá. —Se movió incómodo—. Esta noche hay una fiesta y me preguntaba si usted podría reservarme unos cuantos bailes —dijo de carrerilla.
—Ah, pues sí, me gustaría bailar con usted esta noche, señor... Perdone, ni siquiera sé cómo se llama usted.
—Oleg volkov. Estupendo, entonces todo arreglado. La veré allí entonces.
El joven se levantó rápidamente y se retiró a toda prisa, como si tuviera miedo de que yo fuera a cambiar de idea. Lo miré con curiosidad: su hermana y él compartían algunas características físicas, pero eso era todo.
<>
Miré el dibujo en el que había estado trabajando
. Había estado dibujándola, por eso no quería que él lo viera. No quería que ella tuviera más motivos para burlarse de mí.
—Ojala supiera por qué no paro de pensar en ella —refunfuñé por lo bajo cuando regresaba al camarote para aguardar el regreso de mi familia.
Lilly entró a todo correr y anunció que le habían dicho que podía ir a nadar si yo estaba dispuesta a llevarla. Me figuré que mis padres querían pasar un rato a solas, de modo que accedí y la ayudé a ponerse su traje de baño.
Nos dirigimos a la sala de juegos infantiles, donde se encontraba la piscina cubierta.
Observé a Lilly nadar y jugar con los demás niños y algunos adultos que también habían decidido usar la hermosa piscina cubierta. Ésta tenía una gran estatua de una sirena en el centro. Lilly disfrutó mucho gritando desde el otro lado de la piscina que la sirena estaba desnuda. La verdad es que se veía muy poca cosa. Y lo cierto es que miré. Aparte de un estómago muy plano, cualquier cosa de interés estaba tapada por el pelo de la sirena de piedra.
—Lilly, ¿por qué gritas tanto? —regañé suavemente a mi hermanita. No creo haber sido nunca tan precoz—.es hora de cenar, sal ya.
—Oooh, vamos, ¿un poquito más? —Además de hablar a gritos, Lilly había perfeccionado el arte del lloriqueo.
—No, Lilly, venga, no debemos llegar tarde a cenar.
Lilly gruñó algo por lo bajo, a lo que yo respondí:
—Disculpa, ¿has dicho algo?
—No —refunfuñó de nuevo y cruzó los bracitos malhumorada mientras se encaminaba al camarote.
Al cabo de una hora estábamos sentados en el comedor esperando la cena. El capitán había hecho un discurso de bienvenida y ahora hablaba monótonamente sobre las actividades de ocio que ofrecía el barco. Dejé de escucharlo cuando explicaba la forma de apostar en el hipódromo electrónico. Por fin sonó una campana y empezaron a servir la cena. Esta vez me esforcé todo lo posible para no mirar por el comedor en busca de Yulia y su familia. Me negaba a buscarla. Pero durante la comida, en distintas ocasiones, sentí ese familiar hormigueo en la nuca.
—papa, esta noche hay una fiesta de bienvenida para los jóvenes. Me gustaría ir, si te parece bien.
Mama puso cara de preocupación.
—Oh, no sé, Elena, no conoces a nadie y no me gustaría que fueras sola.
—Pero no voy a ir sola —solté—. Sí que conozco a algunos de los que van a estar allí.
—¿Cómo a quién? —preguntó mi madre con desconfianza.
—Pues esa chica, Yulia , y sus hermanos van a ir.
—Pero Leni, ¿no dijiste que no era amiga tuya? —intervino Lilly muy oportunamente.
Le eché una mirada furibunda y dije entre dientes:
—Es amiga mía y te agradecería mucho que no interrumpieras.
Lilly se rió con disimulo y siguió cenando.
—Estoy segura de que habrá vigilancia. Dado que lo ha organizado el capitán.
—Bueno —suspiró papa
—. Seguro que no pasa nada, Inessa, por dejar que la niña vaya.
—Pero Sergey, aquí no conocemos a nadie.
—Por eso se organiza una fiesta de bienvenida, para que los jóvenes puedan conocerse.
Mama no parecía aún muy convencida, pero al final dio su consentimiento. Yo estaba encantada. La cena terminó sin contratiempos y todos regresamos a nuestros camarotes. Se decidió que Lilly se quedaría con ellos, ya que yo iba a salir. Tras prometer que llamaría a su puerta cuando volviera de la fiesta, emprendí el camino.
Al entrar en el salón de baile, me quedé impresionada por el ambiente. Como habían retirado la mayoría de las mesas del comedor, el lugar tenía un aire asombrosamente palaciego.. Los suelos de mármol estaban pulidos con la perfección de un espejo y una orquesta tocaba suavemente al fondo. Empecé a lamentar mi decisión de llegar con retraso. Casi todo el mundo había formado ya grupos y estaba conversando. Me quedé allí sin saber qué hacer, sintiéndome fuera de lugar.
—A lo mejor no ha sido una buena idea —rezongué.
—¡señorita Elena! —llamó Oleg desde un grupo de jóvenes colocado estratégicamente cerca del ponche y las mesas de aperitivos.
... hola —murmuré con entusiasmo.
Los ojos se iluminaron al oír mi tono de voz. Más tarde averigüé que se había pasado toda la tarde hablando de la chica que había conocido en cubierta. Y el pobre había tenido que soportar las burlas de sus hermanos durante la última hora. Empezaba a temer que yo no fuera a aparecer.
—me gustaría presentarte a mi hermano Tomas y a mi hermana Yulia
Apenas conseguí evitar reaccionar cuando me presentó Esperé a que ella comentara que ya nos conocíamos, pero no hubo tal comentario. De modo que asentí cortésmente y dirigí a Oleg una sonrisa excesivamente animada. Era evidente que él estaba encantado y empezó a darme pena. Aunque parecía un buen chico, yo sabía que no me interesaba nada que no fuera una amistad.
—Lena ¿te sirvo un poco de ponche o tal vez otra cosa? — me condujo con habilidad hasta la mesa del banquete.
—Me encantaría, —contesté en voz baja.
Saboreé mi ponche tranquilamente y el hizo lo mismo. Mis ojos se veían arrastrados como por un imán hacia los ojos azules de Yulia, que ahora era el centro de atención de la fiesta. Observé mientras tres guapos jóvenes competían amablemente por su atención . Ante mi gran sorpresa, ella parecía divertirse con las tonterías de los jóvenes. Su sonrisa era tan hermosa y atractiva que no podía quitarle los ojos de encima.
—Qué bella es —murmuré sin darme cuenta.
—Sí que lo es —asintió su hermano con franqueza—. Ha sacado lo mejor de mama y papa. Tomas y yo nos quedamos con las sobras.
En broma, le di una palmada en el brazo.
—Oh, yo no diría eso, tú eres lindo también.
El echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír, con una gran sonrisa muy parecida a la de su hermana y, sin embargo, muy distinta.
—¿Bailamos,? —preguntó .
—Sí, me encantaría bailar contigo.
Solté una risita cuando se inclinó como un caballero e hizo grandes aspavientos al sacarme a la pista de baile. Cuando empezó a dirigirme en el baile, sentí que los cabellos de la nuca se me ponían de punta. Cuando ya llevábamos bailando casi una hora, levanté la mirada y vi que los tres posibles pretendientes de Yulia seguían intentando hacerse con la atención exclusiva de ésta. Involuntariamente, tomé aire con fuerza cuando sus ojos se encontraron con los míos. No comprendía lo que estaba viendo, pero sabía con toda seguridad que tenía que descubrirlo. La sonrisa distraída que tenía ella en la cara cuando la pillé mirándome estaba desapareciendo despacio, sustituida por otra cosa. Una cosa que no conseguía encajar y que no comprendía. Era hambre o tal vez necesidad... no lograba dar con ello. Desapareció tan deprisa que empecé a creer que me lo había imaginado todo.
—¿Lena? —Por el tono de voz del chico era evidente que me había perdido algo.
—Perdona, creo que me perdí por un momento. ¿Me decías algo?
—Te he preguntado que si lo estabas pasando bien —inquirió de nuevo con una sonrisa curiosa.
—Oh, sí, ¿Por qué lo preguntas?
—Es que pareces muy distraída.
—Lo estoy pasando estupendamente, gracias, pero Supongo que estoy un poco cansada, con eso de haber empezado el viaje y todo. —Sofoqué un bostezo.
—Lo entiendo, yo también estoy un poco cansado.
Al terminar la música, me condujo de nuevo hasta el cuenco del ponche.
—¿Más ponche? —preguntó con tono caballeroso.
—No, gracias, En realidad, si no te importa, me gustaría retirarme. Me encuentro algo cansada.
—Por supuesto, siento haberte obligado a quedarte tan tarde. Gracias por el baile, espero que podamos hacerlo de nuevo alguna vez —dijo con timidez.
Sonreí cuando me besó la mano suavemente. Era un buen chico de verdad.
—¿Puedo acompañarte hasta tu habitación, ? —preguntó esperanzado.
Recordé la reacción excesivamente entusiasta que había tenido conmigo y decidí que tal vez había permitido que esto fuera un poco demasiado lejos.
—¿por qué no te quedas un poco más? Seguro que hay alguna joven agradable a la que puedes hacer objeto de tus infinitos encantos —le dije tomándole el pelo.
Sus ojos mostraron su desilusión.
—no, me importa acompañarte hasta tu habitación, yo mismo estoy un poco cansado.
—Tonterías, insisto en que te quedes y te diviertas. Me sentiría muy mal si no pudieras divertirte por mi causa.
Sabía que no había forma de que pudiera seguir insistiendo después de eso, de modo que me despedí de él agitando la mano con aire travieso y me dirigí a mi habitación.
Llamé ligeramente a la puerta de mis padres. A los pocos segundos, mama abrió la puerta, hablamos un poco sobre el baile, le di un beso en la mejilla y seguí hasta mi propia habitación.
Una vez allí, me dejé caer en la butaca y suspiré. No le había dicho la verdad a Oleg
La verdad era que no estaba tan cansada, sólo quería estar sola. Sentía la necesidad de escribir en mi cuaderno
Decidí rápidamente que iría a la cubierta y escribiría allí. Pensé que con la luz de la luna llena, además de los faroles encendidos aquí, tendría luz más que suficiente.
Afuera hacía una noche preciosa. La luna estaba tan llena y brillaba tanto que el agua relucía como plata fundida en la estela del barco. Decidí que iba a intentar plasmar esta bella imagen, con la esperanza de poder hacerle justicia con mis letras. Tras instalarme en una cómoda silla
Y, Cuando llevaba en ello casi un cuarto de hora, oí una voz grave pero suave que decía en tono bajo:
—¿Por qué estás aquí sentada sola?
Sentí un estremecimiento al darme la vuelta. Era Yulia parecía haber estado disfrutando de un paseo por cubierta al encontrarse conmigo.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:36

Me levante tontamente y expliqué:
—Quería escribir un poco.
No comprendía por qué esta chica, me ponía tan nerviosa, por qué tenía algo que me resultaba tan familiar.
—¿Me dejas ver? —preguntó
Sin decir nada, me quito mi cuaderno con algunas anotaciones
Esperé nerviosa mientras estudiaba con ojo crítico y luego, antes de que pudiera detenerla, se puso a volver rápidamente las hojas , deteniéndose por fin en la única página que yo no quería que viera. Con una ceja arqueada pasó la mirada de mí al dibujo sin terminar. Cualquier idea de que pudiera no reconocerse desapareció por la borda cuando me miro. <> pensé lúgubremente.
Cerró el cuaderno y me lo devolvió. Se dio la vuelta y dándome la espalda, me pidió, no, más bien me ordenó:
—Ven a pasear conmigo. —Y luego, como ratificándose: ¿Por favor?
Echó a andar con su paso largo y decidido. Me levanté de un salto rápidamente, y salí deprisa tras ella.
— ¿es que tienes que caminar tan rápido? —Resoplé por fin enfadada—. ¿Qué sentido tiene que me pidas que pasee contigo si me vas a dejar atrás?
—Oh... Yo... Perdón. —La joven normalmente estoica parecía preocupada por algo.
—¿esta todo bien? ¿Necesitabas hablar conmigo sobre algo?
—Sí —dijo. Se detuvo bruscamente y tan deprisa que casi me choqué con su espalda—. ¿Cuáles son tus intenciones con respecto a Oleg? —preguntó de repente.
—¿Mis... mis... intenciones con respecto a …? —pregunté sin dar crédito.
Ella asintió moviendo la cabeza con decisión.
Por supuesto, no me enfrenté a la situación debidamente. Me dio un ataque de risa.
—Oh, oh, lo siento.
—A mí no me parece que tenga gracia —dijo ella, con un tono tan grave que casi era un gruñido.
Mi risa cesó y me quedé mirando una cara endurecida, pero que seguía siendo hermosa.
Me quedé allí plantada con la boca abierta mientras intentaba decidir qué debía hacer para rectificar la situación.
Se giró en redondo y echó a andar, alejándose rápidamente de mí.
—Yulia... , por favor, perdona, por favor, no te vayas. Perdona —repetí, agarrándola del brazo y obligándola a darse la vuelta—. Yulia, por favor, lo siento muchísimo. —Noté que me caían lágrimas por las mejillas. Por alguna razón desconocida, no quería que pensara mal de mí.
Se acercó a mí y me miró a la luz de la luna. Yo me miré los zapatos y me levantó la cabeza hacia ella.
—¿Por qué lloras? —
—No quiero que te enfades conmigo —contesté con franqueza—. Es que nunca me han preguntado cuáles eran mis intenciones hacia un joven. Normalmente es al revés, ¿no?
—Supongo —contestó con una sonrisa forzada.
—, me cae bien tu hermano, parece un joven agradable, pero sólo lo conozco desde hace un día. Y no estoy dispuesta a comprometerme con nadie, especialmente después de un solo día. ¿Lo comprendes? —pregunté suavemente, temerosa de que todavía estuviera molesta conmigo.
Ella soltó un pequeño suspiro. ¿Era alivio o desengaño?
—Sí, creo que sí.
—Bien, entonces, ¿qué pasa con ese paseo que me has prometido?
—Por supuesto —afirmó y me indicó que la tomara del brazo mientras continuábamos nuestro paseo. Esta vez acompaso su paso al mío. También insistió en que me pusiera su saco
Continuamos agradablemente unos minutos más, hasta que me vi obligada a disimular un bostezo.
—Se está haciendo muy tarde —dijo en voz baja—. Tal vez deberíamos irnos las dos a la cama.
—Gracias por el paseo, ha sido muy refrescante —dije como una idiota. Sentí que me ardía la cara al tiempo que la comisura de la boca de Yulia se alzaba en una sonrisa. Se inclinó hacia mí y dijo:
—Bueno, me alegro de que estés... refrescada.
—Eeeh... sí —dije nerviosa—. Será mejor que me vaya.
—Buenas noches, e...le...na.
Me estremecí por la forma en que pronunció mi nombre mientras regresaba distraída a mi habitación. -¿Qué es lo que tiene que me deja tan inquieta?- Meneé la cabeza cuando mis pensamientos empezaron a descontrolarse. Me pregunté qué había oculto tras la capa de indiferencia que la cubría tan bien.


—Vaya, hola.
Nate, mira esto.
Salí bruscamente de mi ensimismamiento a causa de una desagradable peste y el no menos desagradable dueño de dicha peste.
—Pues no lo sé, Jack, parece que tenemos a una jovencita que ha venido a jugar con nosotros.
Me pregunté estúpidamente si era posible que alguien tuviera los ojos gordos. Porque el cuerpo de este hombre era inmenso. Se me plantó justo delante, respirando con tanta dificultad que me temí que fuera a morir ante mis propios ojos.
—¿Tú qué dices, niña? —preguntó el gordo, acariciándome el brazo con un grueso dedo.
—eh… no, gracias. Estoy muy cansada. Estaba volviendo a mi habitación. —Empecé a apartarme de aquellos dos.
El bajito y sucio con cara de rata se lamió los labios y empezó a avanzar, frotándose las manos sudorosas en los pantalones por la excitación.
Me di cuenta demasiado tarde de que había subestimado al gordo, que se lanzó rápidamente hacia mí y me agarró de los brazos, tirando de mí hacia él. Su aliento rancio empapado en alcohol cayó sobre mi cara.
—¿Qué creen que están haciendo? —exclamé.
—Vamos, monada, sólo queremos divertirnos un poco. Te prometo que tú también te lo pasarás bien.
Entonces, con total consternación por mi parte, pegó su boca apestosa a la mía. Me quedé paralizada del pasmo y el asco. Reaccioné mordiendo con toda la fuerza que pude la gruesa lengua que intentaba meterse en mi boca. El gordo chilló mientras yo seguía mordiéndole la sucia lengua. Su maloliente amigo se quedó pasmado y por fin logró apartarme de un empujón.
Eché a correr en la dirección por donde se había ido Yulia, pero mi vestido me impedía correr todo lo deprisa que podía. Cuando acababa de doblar una esquina, me empujaron por detrás. Caímos de bruces con estruendo. Me golpeé de lleno en la cabeza con la cubierta y me desmayé.
Debí de estar sin sentido unos pocos segundos porque cuando volví en sí, el hombre con cara de rata estaba sentado a horcajadas encima de mí e intentaba levantarme la ropa
Para llegar a mis bragas. El gordo me sujetaba contra el suelo por los hombros. Estaba totalmente indefensa ante estos dos que pretendían lastimarme.
—No , por favor —sollocé—. Por favor, no hagan esto —les rogué mientras me debatía contra las manos que me sujetaban los hombros.
De repente, las manos dejaron de sujetarme y conseguí quitarme de encima al hombrecillo con cara de rata. Me levanté débilmente, con la cabeza dando vueltas, y vi que el gordo peleaba con alguien entre las sombras. Oí un grito sofocado y algo que sonó como un hueso al romperse. Observé la escena que se desarrollaba ante mí como si fuera una espectadora inocente que no estuviera implicada en absoluto.
Me dolía la cabeza horriblemente y me apoyé para sostenerme en un bote salvavidas que colgaba de una soga al costado del barco. Levanté los ojos justo a tiempo de ver al uno de ellos sacarse algo reluciente del bolsillo trasero de los pantalones y acercarse por detrás a los dos combatientes entre las sombras. Abrí la boca para gritar una advertencia cuando la cara de rata acuchilló sin piedad a mi protector en la espalda con el objeto. Mi protector se tambaleó hacia delante. Al hacerlo, distinguí su cara a la luz de la luna.
—Yulia —gemí cuando cayó de rodillas delante de mí, con ojos suplicantes.
—Ve... vete —murmuró. Se le pusieron los ojos en blanco y luego se cerraron. Cayó de bruces sobre la cubierta con un golpe.
—Dios —gemí de nuevo mientras todo a mí alrededor se iba quedando negro.
Recuperé el conocimiento acompañada por el ruido de mis dos atacantes discutiendo.
—No tenías por qué matarla, idiota.
—No estaba intentando matarla, sólo quería quitártela de encima. Tú eras el que chillaba como un puto bebé.
—Es que esa zorra me ha roto la nariz.
—¿Qué demonios vamos a hacer con esto? El capitán nos va a matar como lo descubra.
—No puede descubrirlo, al menos hasta que nos hayamos marchado de este barco.
—¿Qué hacemos? —lloriqueó
—. Seguro que las dos nos pueden identificar.
—No si nadie sabe dónde están.
—¿Qué quieres decir? —preguntó
—Quiero decir que ésa ya está muerta. ¿Y si las tiramos a las dos por la borda?
—Yo no voy a matar a nadie, Nate.
—Pues tengo algo que decirte, amigo, ya lo has hecho.
—Bueno, eso ha sido un accidente, además, estaba intentando salvarte la vida.
—A ver qué le parece al capitán cuando se lo expliques.
—Bueno, ¿qué hacemos? No voy a matar a nadie más.
El gordo se quedó pensando un momento.
—¿Y si las metemos en ese bote salvavidas y las dejamos a la deriva? Ya será por la mañana antes de que nadie se dé cuenta y pasarán días hasta que echen de menos el bote.
—¡Qué buena idea! —.
—Vamos, ayúdame con ésta —gruñó el gordo, y levantaron a Yulia bruscamente y la depositaron en el bote salvavidas.
Apenas conseguí evitar encogerme cuando noté que sus sucias manos me levantaban y me depositaban con igual brusquedad al lado de ella.
—Toma, ésta es la bolsa de la pelirroja.
Sentí que los cuadernos me golpeaban dolorosamente las rodillas cuando mi bolsa cayó al bote con conmigo.
—A ver, ¿dónde está ese cuchillo, Jack?
Sentí que el miedo me atenazaba al pensar que tal vez fuera a acuchillarnos antes de bajar el bote, pero en cambio lo oí gruñir por encima de nosotras mientras intentaba cortar los nudos que sujetaban nuestro bote.
—Eh, espera. No los cortes, bájalas al agua, así se notará menos.
El gordo asintió con un gruñido y nos bajó al océano.
—Eh, líbrate de ese cuchillo —
Está cubierto de la sangre de la morena.
No pude evitar encogerme cuando oí el ruido del cuchillo al caer en el bote a mi lado.
—Oye, ésa se ha movido, la he visto.
—¿Y qué más da? Ya nos habremos ido antes de que esas dos tengan ocasión de contárselo a nadie. Si es que tienen ocasión de contarlo.
Noté que el pequeño bote se mecía con la corriente. Me atravesó una punzada de miedo al pensar que íbamos a quedar a la deriva. Pensé en gritar pidiendo ayuda, pero luego recordé que los hombres habían estado a punto de acabar con ambas hacía apenas un momento. Oí vagamente la música de la banda que iba desvaneciéndose. La corriente se apoderó del pequeño bote y nos dejó a la deriva en la estela del barco mucho más grande.
<< ¡Estoy viva!>> pensé entusiasmada. Traté de mover las manos débiles y me topé con un cuerpo blando a mi lado.
-Yulia- pensé. Intenté sentarme, pero la cabeza me estallaba de dolor. Caí hacia delante y acabé con la cabeza en el hombro de Yulia.
—Por favor, no me dejes —susurré al hundirme en la oscuridad que era la inconsciencia.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:37

Lo primero de lo que fui consciente fue del ruido, o más bien debería decir la falta de ruido, y el calor. Antes de abrir siquiera los ojos noté que iba a tener la cara y las manos muy quemadas. Me quedé allí tumbada un momento, temiendo abrir los ojos. , pensé. Sin duda tenía que estar muerta. Un leve gemido fue lo único que logré emitir. Sentía de verdad que no podía hacer otra cosa más que quedarme allí tumbada y dejar que el destino siguiera su curso. Yulia debería haber dejado que me tomaran. Al menos estaría viva.
Una vocecita dentro de mi cabeza preguntó: ¿Y si no está muerta, Lena? Esto me hizo abrir los ojos de golpe como reflejo y al instante deseé no haberlo hecho. Una luz tan deslumbrante que estaba segura de que me había dejado ciega asaltó mis ojos. Cerré los párpados de golpe y me tapé los ojos con el brazo. Me quedé allí sufriendo hasta que el escozor que tenía detrás de los párpados cedió lo suficiente como para que intentara incorporarme en el bote que se mecía suavemente. Volví a abrir los ojos con cautela.
—Yulia. Mis labios protestaron por el movimiento rajándose en varios puntos, pero no hice caso. No tenía buen aspecto. Si no estaba muerta ya, no tardaría en estarlo.
Noté por primera vez que estaba echada en un charco de su propia sangre que ahora se estaba coagulando en el bote debajo de sus ropas.
Su piel estaba pálida y sin vida. No sé si alguna vez he tenido más miedo en mi vida que en ese momento.
Me acerqué todo lo deprisa que pude sin hacer que el bote se bamboleara demasiado.
Aunque no tenía la piel quemada, sus labios, como los míos, estaban cortados. Le puse la mano encima de la boca y sollocé de alivio al notar su ligera respiración. Rápidamente, arranqué una larga tira de tela de mi vestido y mojé la tela en el agua asomándome por la borda. Le puse la tela hecha una bola detrás del cuello, con la esperanza de enfriarle la piel febril.
Por primera vez empecé a fijarme en lo que nos rodeaba. Sólo veía agua. Océano hasta donde alcanzaba la vista. Sofocando otro sollozo, decidí concentrarme en ella
. En estos momentos no podía preocuparme por la tierra, o la falta de tierra. Tenía que ayudarla o no sobreviviría un día más. Me acerqué despacio todo lo que pude y me puse a hacer tiras con la parte inferior de mi vestido. Estuve tentada de quitarme todo el vestido y quedarme en ropa interior, pero algo me dijo que necesitaba la ropa para protegerme del sol, aunque hacía un calor espantoso.
Cuando tuve suficientes tiras de tela, emprendí la ardua tarea de colocarla boca abajo. Aunque era una chica de huesos delgados, vaya que pesaba y a mí no me quedaba mucha energía. Después de mucho gruñido y mucho sudor, por fin logré darle la vuelta y pude ver mejor su herida.
—Oh, Dios mío —gemí. La herida tenía muy mal aspecto. Recordé vagamente que había oído a mi padre decir que era más probable que una persona muriera por pérdida de sangre que por la herida misma. Así que había que coser la herida. Pero sabía que no había forma de coser , ya que no tenía ni hilo ni aguja para hacerlo. Pero tenía que encontrar una manera de parar la hemorragia. De repente, recordé las imágenes de los viejos libros de medicina de mi padre sobre heridas cauterizadas. Recordé que tenía las cerillas que mi padre me había comprado para quemar los carboncillos de mi bolsa. Me apresuré a tomarla y saqué la caja de metal donde estaban las cerillas. Decidí que si podía limpiar el cuchillo que Nate había lanzado al bote para cauterizar la herida, ésta podría tener una posibilidad de sobrevivir. De modo que mojé el cuchillo en el océano por encima de la borda y limpié toda la sangre que había en él. Prendí un poco de tela de mi vestido y unos lápices y me puse a calentar la hoja del cuchillo hasta que se puso incandescente a la luz del amanecer. Cuando pensé que ya estaba bastante caliente, me arrastré hasta Yulia y después de susurrarle lo mucho que lo sentía, apreté el cuchillo caliente contra su herida. Hice una mueca al oler la piel y la sangre quemadas por el cuchillo al rojo vivo.
Me acordé de las tiras que había arrancado de mi vestido y pensé que tal vez podría vendar la herida con tanta fuerza que su cuerpo podría tener tiempo de curarse. Sabía que la cosa era incierta como mucho, pero si pudiera detener la hemorragia, tendría alguna posibilidad.
No sé cuánto tardé en colocar las nueve tiras de tela alrededor de su cuerpo
Pero debieron de pasar unas horas. Mantuve a propósito la mente concentrada en mi tarea. Siempre que sentía que lo que estaba haciendo era inútil, miraba su cara y recordaba que se encontraba en esta situación por mi causa. Sentía
Preocupación porque no se quejó ni una sola vez mientras me ocupaba de su herida. Lo hacía con todo el cuidado posible, pero sabía que tenía que ser muy doloroso. Después de mojar una vez más la tela que le había puesto en la nuca, me eché a su lado para descansar.
El sol ya se estaba hundiendo en su lecho de agua y el aire había empezado a enfriarse notablemente. La Rodeé con los brazos y me pegué a ella todo lo posible. Su cuerpo irradiaba calor y pensé preocupada que podía tener fiebre. Agotada, me quedé dormida sin soñar, con los brazos flojos alrededor de Yulia y el cuerpo acurrucado por instinto contra su calor.
No sé cuánto tiempo dormí. Me empezó a entrar el pánico cuando me di cuenta de que tenía los ojos abiertos pero lo único que veía era una oscuridad negra. Al esforzarme por incorporarme, mi mano tocó un cuerpo caliente y cobré de golpe conciencia de la realidad de la situación. Estábamos en medio del océano y nadie sabía siquiera que habíamos desaparecido. Estaba segura de que a estas alturas mis padres y la madre de Yulia ya nos habrían echado en falta, ¿pero se darían cuenta de que nos habían dejado a la deriva?
Una lágrima cayó por mi mejilla quemada, dejando un rastro de fuego hasta el cuello. Dejé que se me escapara un sollozo de la garganta al tiempo que pegaba mi cuerpo a Yulia para conservar el calor.
Se quejó ligeramente y me incorporé rápidamente, haciendo que el bote se tambaleara de lado a lado. Era el primer ruido que hacía desde que se había desmayado. Tuve la esperanza de que tal vez se recuperara.
Hacía muchísimo frío y era mi única fuente de calor, además del el saco con que me había envuelto en la cubierta. Nos cubrí a las dos con él y me acomodé para pasar la noche. El bote salvavidas se movía suavemente en el agua, meciéndome hasta que me quedé dormida de nuevo sin soñar.
Esta vez las voces de Yulia interrumpieron mi sueño. Parecía tener menos fiebre, pero seguía muy caliente. Recordé que me había dicho durante nuestro paseo que nunca pasaba frío, así que tuve la esperanza de que esto fuera normal para ella.
—No —No voy a dejar que lo hagas.
—Yulia, soy yo, Lena, no pasa nada —le susurré al oído.
—le...n...a —murmuró.
—Sí, soy yo —la tranquilicé lo mejor que pude—. Estás herida, tienes que quedarte quieta o si no te vas a lastimar mas. Ojala tuviera agua para darte de beber, pero por desgracia no tengo. Sé que tienes sed, pero no creo que el agua de mar nos fuera a gustar mucho a ninguna de las dos. —Al darme cuenta de que hablar no era la actividad más conveniente para mi boca reseca y sedienta, decidí quedarme callada un rato.
Ella volvió a quedarse inconsciente tras mis palabras. Aliviada, me acomodé de nuevo a su lado, notando que el sol no tardaría en salir y que probablemente volvería a hacer un calor insoportable. Respiró hondo una vez y pareció calmarse. Las dos volvimos a quedarnos dormidas.
Me desperté cuando el sol caía de nuevo implacable sobre mí. Cogí el saco y se lo puse sobre la cara para protegerla y emprendí la tarea de arrancar más tiras de mi vestido para cambiar las vendas Esta vez, cuando la coloqué boca abajo, se quejó y me lo tomé como una buena señal, aunque intenté tener más cuidado.
—Lo siento. Creo que esto te viene bien, aunque no parece que la sangre haya calado las vendas de fuera. —Me di cuenta de que lo más probable era que no me oyera, pero el silencio empezaba a sacarme de quicio.
Puse las siete primeras capas de las vendas, ahora ensangrentadas, en el asiento de detrás del bote. Limpié alrededor de la herida lo mejor que pude, pero tenía miedo de que el agua salada le hiciera daño, de modo que empleé lo menos posible, advirtiendo que la herida ya empezaba a curarse. Ella parecía tener la suerte de contar con una capacidad de recuperación asombrosa. Até primero las capas exteriores, todavía limpias, del vendaje anterior y luego seguí con siete tiras nuevas de mi vestido. Luego tome las vendas ensangrentadas y las lavé por la parte de atrás del bote.
Me quedé preocupada por la cantidad de sangre que salía de las vendas.
Había perdido mucha sangre. Papa me había dicho que el cuerpo necesitaba alimento y agua para sobrevivir y curarse, pero no teníamos nada. Sacudí la cabeza para quitarme los pensamientos que amenazaban con hundirme en una depresión.
Distraída, noté que la corriente parecía acelerar y que nos movíamos más deprisa. Noté que también se estaban formando nubes en el cielo y me pregunté si se acercaba una tormenta. Una tormenta significa agua, me informó mi mente cansada. Me puse a investigar lo que había en el bote. Mi bolsa estaba debajo de uno de los asientos. La cogí y hurgué en ella en busca de algo con lo que poder recoger agua. Al no encontrar nada, miré debajo de los asientos de la proa del bote.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:38

Encontré tres chalecos salvavidas, el cuchillo y una pequeña lata. Salté sobre la lata y me estremecí de asco cuando descubrí lo que había dentro. Era evidente que un miembro de la tripulación había usado la lata para escupir tabaco, cuyos restos estaban al fondo. Cogí la lata y asqueada lavé su contenido por la borda. La lavé al menos cinco veces más hasta quedar satisfecha. Todavía olía ligeramente a tabaco, pero ya no podía hacer más al respecto.
Observé regocijada el cielo que se iba nublando con lo que sin duda eran unas nubes de tormenta de lo más fiero. Para pasar el tiempo, decidí escribir en mi cuaderno todo lo que había ocurrido hasta ahora. No pude evitar sonreír al imaginar a Elizabeth leyendo el cuaderno sin dar crédito. Un fuerte trueno me sacó de mí.
—Oh, Dios mío.
Di un respingo y me acerqué más a ella. Volví a meter mi cuaderno y mis cosas de escribir en la bolsa y la metí debajo del banco más cercano. Luego puse la lata encima del banco de forma tal que esperaba que recogiera agua y no saliera volando. Me tumbé en el fondo del bote y miré el cielo. No sabía qué me daba más miedo: no tener agua o estar en este bote en medio del océano durante una tormenta. El agua empezó a agitarse a medida que aumentaba el viento. Me acordé de repente de los chalecos salvavidas de color naranja que estaban debajo de los asientos. Me metí rápidamente uno por la cabeza y me até los cordeles. Luego le puse otro a Yulia con gran dificultad, atando los cordeles con firmeza. Le puse el chaleco que quedaba debajo de la cabeza y coloqué el saco encima de nuestras cabezas a la espera de la tormenta inminente.
Sorprendentemente, me debí de quedar dormida, porque me desperté al oír otro fuerte trueno y al notar que el bote se escoraba violentamente hacia la derecha. Aparté el saco que nos cubría y miré a mi alrededor asustada. El cielo estaba tan oscuro que casi parecía de noche. Iba a ser una tormenta impresionante y ni Yulia ni yo podíamos protegernos realmente de la lluvia. Casi como si los cielos me hubieran oído, una gruesa gota de lluvia cayó sobre mi cabeza. Miré asustada a mí alrededor buscando una manera, cualquier manera de protegerla del clima que se avecinaba.
Me di cuenta de que el espacio donde antes estaban nuestros chalecos salvavidas estaba ahora vacío, salvo por mi bolsa. El espacio era lo bastante grande como para protegernos la cabeza de la lluvia. Por alguna razón, estaba segura de que si conseguía proteger su cabeza, se pondría bien. Retrocedí por el bote, arrastrándola conmigo centímetro a centímetro. Tenía que asegurarme de que no iba arrastrándole también la cara por el fondo del bote, por lo que tardé mucho. Por fin la coloqué
Boca abajo con la cabeza y los hombros debajo del banco, protegidos en su mayor parte.
La tormenta que se avecinaba también había aliviado un poco el calor. Antes había hecho un calor insoportable y ahora había mucha humedad y quietud.
Hubo un fuerte trueno seguido inmediatamente de un brillante destello que atravesó el cielo, iluminando la oscuridad como una bengala. A estas alturas, yo rezaba fervientemente. Por mucho que ella y yo necesitáramos el agua, en este momento me preocupaba más que el bote sobreviviera a la tormenta.
Cuando la lluvia cayó sobre nosotras, pensé que tal vez debía aprovechar la ocasión para limpiar también la herida. Le desgarré un poco más la camisa que alguna vez fue blanca para poder ver el progreso de la herida, que se estaba cerrando.
—Te curas deprisa, ¿verdad, Yulia?
Ella gimió, ya fuera como respuesta o por el dolor que le producía la lluvia torrencial al darle en la herida. Observé mientras la sangre corría por el costado de su cadera y le calaba el pantalón.
Cuando la zona herida quedó bastante limpia, cogí un trozo de tela limpio que había arrancado de mi vestido y lavé un poco más la herida. Ahora que tenía la zona bastante limpia, sustituí las vendas viejas por otras nuevas.
—Bueno señorita Volkova —dije, tratando de mantener la mayor calma posible—. Vamos a quedarnos aquí sentadas a ver si sobrevivimos a esto, ¿de acuerdo?
Eché la cabeza hacia atrás y bebí toda el agua de lluvia que pude. Quería conservar para ella la mayor parte del agua recogida en la pequeña lata. Puse su saco ahora mojado encima de nosotras y me acurruqué alrededor de su cuerpo.
No sé si intentaba consolarla a ella o a mí misma, pero al cabo de una hora o dos de cerrar los ojos con fuerza y rezar para que el bote no volcara, me quedé profundamente dormida. O tal vez me desmayé, no lo sé, pero fuera lo que fuese, fue definitivamente un alivio tras el tambaleo mareante del bote, los truenos ensordecedores y la lluvia torrencial.
Durante la noche, soñé que corría por un campo de flores silvestres. El sueño era tan real que hasta olía el aroma de las flores en el aire. Me desperté con una sonrisa en la cara, medio esperando haberme quedado dormida en ese campo. Pero no había nada salvo el olor húmedo del océano y nuestra ropa mojada
. Había una oscuridad total a la que me enfrentaría mientras no hubiera luna en el cielo.
Por primera vez me permití preguntarme qué iba a hacer si no nos encontraban. ¿Y si Yulia había perdido demasiada sangre y no conseguía sobrevivir hasta que nos rescataran? Por alguna razón, la idea de que no sobreviviera me daba más miedo que la idea de morir las dos juntas.
Me acomodé en el bote y me acurruqué junto a ella.
—Conseguiremos salir de ésta, de algún modo conseguiré que salgamos de ésta —le dije, tratando de dar toda la fuerza y la confianza que pude a esta afirmación. Me fui quedando dormida poco a poco mientras la lluvia, antes torrencial, disminuía hasta convertirse en una llovizna casi relajante.
A la mañana siguiente me desperté sobresaltada. Intenté olvidarme del vestido incómodo que llevaba y que me producía picores hasta que me ocupara de Yulia.
<>
Tras quitar las vendas de tela, las puse en el banco encima de su cabeza y miré con ojo crítico
—Vaya, tiene buen aspecto, —le dije como si fuera mérito suyo. Puse vendas limpias de mí vestido sobre la herida y pensé con pena: Este vestido está ya para el arrastre. Suspirando, me trasladé al frente del bote para lavar las vendas ensangrentadas por encima de la borda.
Mientras frotaba las vendas contra el costado del bote, volví a oler el maravilloso aroma a flores de mi sueño. Miré a Yulia: no podía ser ella, no le pegaba llevar perfumes de flores. Mientras procesaba esta información, me di cuenta de otra cosa. Un ruido débil, sonaba casi como si alguien gritara "ja... ja". Seguí el sonido con los ojos, dando un giro completo de 160 grados en el bote. Entonces lo vi... la visión más bella que había visto jamás. Era tierra y no estaba ni a una milla de distancia.
—Oh, gracias a dios —suspiré—. Gracias .
La tierra estaba tan cerca que el aroma a flores que había olido dormida evidentemente procedía de allí. Vi unas grandes aves marinas que se sumergían y volaban por la playa. Cazando, probablemente, pensé distraída. Seguro que están cogiendo cangrejos o peces. Se me hizo la boca agua y caí en la cuenta de que llevaba días sin comer. Había estado tan preocupada por Yulia que ni siquiera había notado que tenía el estómago encogido de hambre.

Me di cuenta de que si quería llegar a tierra iba a tener que hacer algo más que quedarme sentada esperando. Rápidamente me quité el vestido, o lo que quedaba de él, y lo até a una argolla de metal que había en la proa del bote. Me puse el chaleco salvavidas naranja y después de ver cómo estaba la pelinegra, me dejé caer por el costado del bote.
Remolcar el bote hasta la orilla fue una tarea casi imposible. Tenía muy pocas fuerzas y era como si el bote no se moviera. Pero agaché la cabeza y seguí braceando e impulsándome con las piernas con todas mis fuerzas. Cometí el error en una ocasión de levantar la mirada y casi me eché a llorar de frustración. Parecía que no había avanzado nada en absoluto.
—Por favor —rogué a quienquiera que estuviera escuchando—. Estamos tan cerca.
Seguí nadando y tirando con cansancio. Brazada y tirón, brazada y tirón, durante lo que me parecieron horas. Ya no podía más, estaba tan cansada que ni siquiera creía que tuviera fuerzas para volver a subir al bote y no digamos para continuar con mis infructuosas brazadas.
—Piensa, len. Piensa —me susurré tontamente. Observé que el agua formaba una cresta y luego volvía hacia mí. Por cada medio metro que conseguía avanzar, el agua en retirada nos hacía retroceder unos dos metros. Apoyé la cabeza en el costado del bote. No había forma de conseguirlo.
Con la cabeza apoyada en el bote, vi cómo una ola tras otra se estrellaba contra la resplandeciente playa blanca. Luego la ola parecía retroceder corriendo hacia mí como para decirme: "Yo puedo tocar la tierra, pero tú no". Me quedé mirando la ola con rabia un rato hasta que noté algo raro. La ola sólo retrocedía unos tres metros y medio y luego se detenía. Y apenas se movía. Con una sonrisa que estoy segura de que resultaba casi demente, emprendí un curso paralelo a la ola con renovado vigor. Lo vamos a conseguir, nena, lo vamos a conseguir, canturreé mentalmente.
Ir nadando y remolcando el bote fue tarea lenta en el mejor de los casos, pero por fin llegué al punto donde la cresta de la ola apenas me alcanzaba. Apoyé la cabeza en el bote con cansancio. Estaba tan emocionada que quería continuar, pero mi cuerpo ya estaba protestando por la falta de comida y agua. Tenía que asegurarme de que no me iba a desmayar. Nadie podría salvarme en ese caso y no habría nadie que cuidara de Yulia si yo moría.
Teniendo eso presente, giré con determinación hacia la orilla. Esta vez nada me iba impedir alcanzar mi meta.
Al cabo de unos treinta minutos, relajé el cuerpo y bajé los pies con la intención de descansar agarrada al costado del bote. Mientras descansaba, mi pie chocó con algo. Oh, Dios, alguien estaba escuchando. Estiré el pie hacia abajo todo lo que pude y conseguí tocar apenas el suelo.
Me puse a nadar de nuevo con renovado vigor. A los pocos minutos, mis pies se posaron sólidamente en el suelo. Riendo como una histérica, seguí tirando del botecito hacia la orilla, Por fin el bote se deslizó sobre la playa con un golpe sordo y me desplomé de espaldas en la arena mojada riendo histéricamente. Las gaviotas que daban vueltas por encima de mí se unieron a mi alegría. Seguí riendo hasta que acabé llorando.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:39

—Lo hemos conseguido—le susurré a mi compañera, que seguía inconsciente en el fondo del bote—. Lo hemos conseguido. Hola, ¿hay alguien aquí? Hola, por favor, necesito ayuda —grité, pero sólo las aves se molestaron en contestarme.
Fui a ver cómo estaba Yulia una vez más para asegurarme de que se encontraba bien. Después de cerciorarme de que su estado no había cambiado y seguía igual, decidí que iba a intentar buscar ayuda. Coloqué varias piedras alrededor del bote. No quería arriesgarme a que se viera arrastrada al mar. Vestida únicamente con mi combinación de bragas y sostén empecé a explorar los alrededores.
La zona era preciosa. La playa donde
Habíamos desembarcado estaba cubierta de una arena blanca casi como la nieve. La rica vegetación que rodeaba la playa era tan espesa que no sabía si lograría atravesarla para explorar.
—Hola —grité otra vez. De nuevo, la única respuesta que recibí fue la de las aves.
No quería estar lejos de Yulia mucho tiempo así que di la vuelta y regresé a la playa. Por supuesto, ella no se había movido desde que la dejé.
—, vamos a estar bien. Lo sé. Tengo que encontrar una forma para sacarte de este bote y llevarte a un lugar seguro. Luego voy a buscar a alguien que pueda ayudarnos.
Miré a mí alrededor en busca de algo que pudiera ayudarme a sacarla del bote.
Decidí que si conseguía sacarla del bote, luego probablemente podría arrastrarla por la playa.
Regresé al denso bosque de vegetación que rodeaba la playa. La zona estaba llena de diversos árboles frutales, algunos de los cuales reconocí. Mi estómago me hizo saber que no estaba contento conmigo en absoluto y que necesitaba recibir alimentos cuanto antes. Busqué un palo lo bastante largo como para derribar unos plátanos para comer. Cogí un trozo caído largo de bambú y me puse a golpear el árbol con toda la fuerza que pude.
Conseguí hacer puré un racimo de plátanos pero ninguno de ellos cayó al suelo. No hice ni caso de la regañiza que me estaban echando los pájaros de vivos colores que revoloteaban por las copas de los árboles y miré desesperada a mí alrededor buscando una forma de alcanzar la apetitosa fruta madura. Un fuerte golpe a menos de un metro de distancia a mi derecha me hizo soltar un gritito. Casi como si respondiera a mi fuerza de voluntad, un gran coco verde había caído de un árbol.
Me apresuré a cogerlo y lo llevé de vuelta a la playa. Lo golpeé varias veces contra unas rocas negras hasta que conseguí llegar a la pulpa comestible. Bebí un poco del agua dulce que salía de su centro y me alejé de las rocas rumbo al bote donde estaba mi amiga inconsciente. Metí ligeramente la punta de uno de mis dedos en el contenido de la fruta y le puse un poco en los labios para humedecérselos y ver si respondía. Suavemente conseguí sentar el suave movimiento de su lengua
Abrió la boca y conseguí volcar un poco de agua .
—¿Yulia?
Pensé que si apilaba suficientes piedras alrededor del bote no tendría que moverla
En absoluto y que las piedras impedirían que el bote flotara hacia el mar por accidente. Ya había renunciado a sacar la del bote. Pesaba demasiado para mí y no había forma de que me pudiera ayudar hasta que estuviera mejor.
De modo que me dediqué a acarrear unas enormes hojas de palmera del bosque a la playa. Cuando me pareció que tenía suficientes, coloqué las hojas de palmera encima del bote. Cuando ya tenía la mitad del bote cubierta, me metí dentro con las dos mitades del coco. Las grandes y frondosas hojas tapaban eficazmente la mayor parte del sol y hacían que el interior del bote pareciera unos veinte grados más fresco, además dar sombra.
Yulia se quejó y agitó un poco la cabeza.
—Shhh, cariño. Estás bien, las dos estamos bien.
Le aparté el pelo a acariciándole la cabeza. Esto pareció tranquilizarla, respiró hondo y se calmó.
Y yo misma, me sumí en un largo sueño reparador.
El estridente grito de los pájaros por encima del bote acabó despertándome. Me sentía como si hubiera estado durmiendo varios días. Mientras dormía, en algún momento había acabado con la cabeza en el hombro de Yulia y una pierna encima de las dos suyas. Sintiéndome culpable, me aparté de ella y rogué no haberle hecho daño durante mi sueño inquieto.
Comprobé su estado y me tranquilicé al ver que parecía estar descansando cómodamente.
Quité las dos hojas de palmera más grandes de encima de nuestras cabezas y salí del bote. Pegué un grito cuando algo me pasó por encima del pie. Salté de nuevo al bote mirando temerosa a mí alrededor por si veía una gran araña. Me sorprendí al ver que en vez de arañas había pequeños cangrejos azules por toda la playa. Las gaviotas que volaban en círculos por encima eran la causa del jaleo que me había despertado. Me quedé mirando mientras miles de pequeños cangrejos azules salían del mar rumbo a un destino que sólo ellos conocían.
Recogí rápidamente unos cinco de estos pequeños animales en un trozo de tela y los dejé flotando en una pequeña charca de agua cerca del mar sujetos con una gran piedra. Cogí mi bolsa y hurgué en ella buscando desesperadamente la lata de cerillas de madera que guardaba allí para quemar mis carboncillos de dibujo.
Solté un grito de alegría cuando mis dedos dieron con la lata donde las tenía. Subí corriendo por la playa y me puse a cavar con frenesí un hoyo en la arena. Recorrí la playa en busca de toda la leña que pudiera encontrar. Hicieron falta tres de mis preciadas cerillas, pero por fin conseguí prender una pequeña hoguera. Corrí a mi botín atrapado y lo trasladé al fuego.
Abrí la tela y susurrando una disculpa por lo que estaba a punto de hacer, tiré a los pequeños crustáceos vivos al fuego.
Cuando estuve segura de que estaban cocidos, los saqué torpemente del fuego con un palo y esperé con impaciencia a que se enfriaran lo suficiente para comerlos. Decidiendo que unos minutos eran más que de sobra para que se enfriaran, cogí una de las pequeñas criaturas, le arranqué las patas y chupé la carne suculenta de la cáscara, sorprendentemente blanda.
—Mmm —gemí por lo maravilloso que le resultaba el cangrejo a mi estómago hambriento. Aunque los animalitos no tenían mucha carne, bastaron para engañar poco mi hambre constante. Envolví el cangrejo cocinado que quedaba en una tira de tela y, lamentándolo, eché arena encima del fuego. Sólo me quedaban unas veinte cerillas. Tendría que mejorar mucho a la hora de encender un fuego o Yulia y yo estaríamos a base de comida cruda hasta que nos encontraran.
Dejé el cangrejito en el bote para más tarde y comprobé cómo estaba ella. La tapé de nuevo con las grandes hojas y me adentré en el bosque para buscar más cocos y cualquier cosa que pudiera hacerle comer.
Hasta ahora reconocía plátanos, papayas, cocos, , nada menos. Sin embargo, dada la inconsciencia de mi compañera, apenas conseguía tragarse el jugo del coco, de modo que mucho menos podría con algo más sustancioso.
Mientras caminaba por entre los árboles para ver si daba con algo comestible, me encontré con un árbol platanero inclinado. Si pudiera acercarme más a la copa del árbol, seguramente podría hacer caer parte de la fruta.
Dejé en el suelo el coco que había encontrado previamente en el bosque y busque un palo de bambú largo. Cuando encontré uno que me pareció adecuado, trepé al árbol. Sonreí con ironía al recordar las viejas llamadas de atención de mi madre, diciéndome que subirse a los árboles no era propio de una jovencita. Pues mira, madre, esta vez podría salvarme la vida.
Por fin, cuando llegué tan cerca de la copa que conseguía alcanzar los plátanos con el palo, me incliné todo lo que pude y empecé a empujar un racimo de fruta, apartándolo del árbol. Los plátanos se negaban tercamente a caer, pero al cabo de unos quince minutos de empujones, cayeron al suelo. Bajé deprisa todo lo que pude. No había tenido intención de estar tanto tiempo lejos del bote
Arrastré el racimo de plátanos hasta el límite de la playa y regresé corriendo con el coco hasta el bote todo lo deprisa que me permitió mi cuerpo debilitado. Aliviada, vi que las hojas seguían intactas encima del bote y que la chica herida que había debajo parecía seguir descansando apaciblemente. Rompí la cáscara verde externa del coco en las rocas cercanas de la playa y luego rompí la cáscara marrón interna con todo el cuidado posible, intentando conservar el agua para Yulia.
Volví con las dos mitades al bote y me senté con cuidado al lado . Metí dos dedos en la cáscara como la vez anterior y se los puse tímidamente en la boca. Esta vez ella succiono el agua con un poco más de fuerza. Tomé aire al sentir que su lengua lamía débilmente los dedos que le ofrecía.
Me temo que me sonrojé muchísimo cuando aumentó la presión sobre mis dedos sin darse cuenta. La succión me estaba causando calor entre las piernas y luego una presión que me resultaba desconocida. No era dolorosa, sólo incómoda.
Repetí mi acción , casi temiendo la succión que estaba segura que se iba a producir. Como antes, tuve que obligarla a tomar el alimento, pero en cuanto su cuerpo empezó a aceptar inconscientemente que estaba siendo alimentado, la presión se hizo asombrosamente fuerte y firme.
Cerré los ojos para dejar de mirar los labios cortados cerrados alrededor de mis dedos. Sin duda debía de estar volviéndome loca por sentir algo así. Jadeé y me llevé la mano libre al estómago mientras ella seguía chupándome los dedos .
Abrí los ojos y caí inmediatamente en el desorientado remolino azul que eran sus ojos . Apartando los dedos rápidamente como una niña a la que hubieran pillado con la mano metida en la caja de las galletas, me incliné hacia ella.
— ¿estás bien?
Me miró confusa un momento antes de abrir la boca como para hablar.
—¿Lena? ¿Estás bien? —preguntó—. ¿Te han hecho daño?
No pude evitar estallar en lágrimas.
—No... No, no me han hecho daño, pero a ti sí que te lo han hecho —le dije, acariciándole la cabeza con una tira de tela limpia.
—¿Cuánto tiempo? —dijo con voz ronca. Me di cuenta de que quería decir cuánto tiempo había estado desmayada. Miré al cielo incandescente y contesté la verdad.
—No lo sé, . Estaba un poco ida al principio, pero me parece que han pasado unos 7 días.
Siguió mirándome un momento y luego preguntó, en voz tan baja que tuve que inclinarme sobre ella para oír lo que decía.
—¿Qué te ha pasado, Lena? ¿Dónde está tu ropa?
Por primera vez pensé en lo que debía de parecerle. Notaba mi piel reseca rebelándose contra el sol caliente al rajarse y pelárseme en la cara, los hombros y los labios. Mi pelo hacía tiempo que había dejado de parecer mínimamente organizado y ¿mi vestido? Bueno, había prescindido de los restos harapientos que quedaban de él para usarlos como vendas . Estaba roja como un cangrejo y vestida tan sólo con mi combinación y mi ropa interior.
Me eché a reír. Me reí tanto que tuve que echarme junto a ella por temor a caerme encima de ella. Mi risa no tardó en transformarse en llanto y descubrí me estaba consolando dándome palmaditas distraídas en la espalda para intentar parecer reconfortante. Aunque apreciaba el esfuerzo que estaba haciendo,
Lo cierto era que ella carecía de esa capacidad para consolar.
Después de suspirar , me incorporé y la miré.
—Perdona, es que se me ha venido todo encima de golpe. Creía... tenía miedo de que no fueras a sobrevivir, Me puse contentísima cuando vi tierra y luego, cuando conseguí traer el bote hasta aquí, estaba segura de que alguien podría ayudarte, pero cuando no encontré a nadie, volví a sentir miedo por ti.
—No pasa nada, —me dijo con la voz ronca—. ¿Dónde estamos? —preguntó, intentando mirar a su alrededor desde donde estaba tumbada en el fondo del bote. Lo único que veía era el cielo azul a la derecha y a la izquierda las copas de los árboles donde yo había tratado de buscar alimento.
—No lo sé. Sea donde sea, está muy aislado. No he visto ni oído a nadie desde que llegamos aquí. Aunque la verdad es que no he tenido un momento para explorar, tenía miedo de alejarme demasiado de ti durante mucho tiempo —le dije con una débil sonrisa—. He conseguido recoger un poco de fruta y algunos cangrejos pequeños que parecen correr a sus anchas por esta playa, pero eso es todo. ¿Tienes hambre,? —le pregunté, recordando por primera vez que mi paciente herida no había comido desde hacía muchos días—. He conseguido que tomaras un poco de agua de coco, pero tenía miedo de que te ahogaras con algo más sustancioso. —Las imágenes fugaces de Yulia chupándome antes los dedos hicieron que me volviera a ruborizar.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:40

—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, estoy bien, creo que el sol me ha hecho estragos en la piel, pero ya se me pondrá bien.
Tratando de cambiar de tema rápidamente, le volví a preguntar si resistiría comer algo. Dijo que no lo sabía, pero que creía que podría aguantar beber un poco más de agua. Decidí que no era una buena idea dársela como lo había hecho cuando estaba inconsciente. En cambio, le sostuve la cabeza apoyada en mis piernas cruzadas y le di el resto .
Al cabo de unos pocos sorbos, hizo un gesto negativo con la cabeza y se apartó del cuenco improvisado.
—Está bien, eso servirá por ahora, pero creo que vas a tener que intentar comer algo de fruta si quieres recuperar las fuerzas.
Ella asintió cansada mientras le volvía a colocar la cabeza sobre su almohada/chaleco salvavidas.
—, ¿te importa que te mire la herida antes de que te duermas? Me preocupa que no nos quede mucha luz y me gustaría limpiarla antes de que se ponga muy oscuro.
Volvió a asentir con cansancio y yo intenté colocarla de lado para poder llegar a la herida. Al hacerlo, le expliqué que me había visto obligada a cauterizarle la herida y que había usado agua de lluvia para limpiarla lo mejor que había podido. También le expliqué que sus vendas procedían de mi vestido, lo cual explicaba mi actual estado de desnudez. Después de limpiarle y vendarle la espalda, la ayudé a darse la vuelta. Aunque no había dicho ni una palabra en todo este tiempo, me di cuenta por su respiración rápida y agitada de que le dolía mucho. Usé lo que quedaba del agua de lluvia para mojar otra tira de tela limpia, que empleé para humedecerle los labios y luego la frente.
—¿Mejor? —pregunté en voz baja.
—Sí —fue su respuesta—. Lo has hecho bien —susurró antes de cerrar los ojos y sumirse en un sueño agotado y reparador. Dejé que se me escapara otra lágrima antes de acomodarme a su lado y contemplar el sol mientras se hundía en el mar.
A la mañana siguiente me despertaron de nuevo los fuertes gritos de las gaviotas que volaban por encima.
—¿Pero por qué hacen tanto ruido? —pregunté sin dirigirme a nadie en concreto. Me desperté del todo al oír la risa grave de mi compañera de bote, que evidentemente llevaba despierta un rato.
—Vaya, pero que gruñona estás por la mañana, pequeña.
Me incorporé de golpe y vi la conocida e irritante sonrisa burlona de Yulia Volkova .
—¡Oh, Dios mío, estás bien! —murmuré.
—Pues sí —me contestó con su habitual tono de burla—. ¿Es que no lo esperabas? Por lo que me han dicho, he recibido los mejores cuidados posibles.
Como siempre, me sonrojé ante las burlas de Yulia.
—Creía que lo de ayer era un sueño o una alucinación. Pero no es así, estás bien de verdad.
—Sí, un poco dolorida, pero creo que viviré. Oye, ¿me ayudas a sentarme? Estoy un poco harta de estar tumbada en este bote.
—Claro, ¿pero crees que debes? No quiero que se te vuelva a abrir la herida. Sólo han pasado unos días y has estado sangrando mucho.
—Me curo deprisa, Lena soy de goma. Seguro que no pasa nada. Además, tengo que ocuparme de unos asuntos y a menos que quieras que lo haga donde dormimos, te sugiero que me ayudes a levantarme.
Me sonrojé de nuevo y la ayude a sentarse.
—Espera —resolló. Mientras recuperaba el aliento, miré por la playa en busca de un palo que pudiera usar para sujetarse. Al encontrar el palo que había usado para derribar la fruta, volví con él al bote.
La ayude a ponerse de pie y tras un momento de pánico en que pensé que Yulia y yo nos íbamos a desplomar en el suelo, ella pareció recuperar el equilibrio.
—Uuuf —resopló al ver la zona por primera vez—. ¿El servicio de señoritas está por allí? —gruñó.
Sonreí.
—Sí, por ahí es. —Le pasé el palo cuando salió del bote. Dejé que se apoyara en mí por un lado mientras usaba el palo para sostenerse por el otro. Nos dirigimos despacio a la espesa jungla de árboles que cubría el borde de la playa.


Justo nada más pasada la línea de árboles, nos encontramos con uno que parecía tener su propio criterio sobre cómo quería crecer. En vez de en vertical, quería crecer en diagonal con respecto al suelo.
—Bueno, esto sirve. Podré sujetarme muy bien apoyándome en este árbol. —Empecé a protestar, pero me detuvo con una expresión severa—. Lo siento, Elena . —Pronunció mi nombre como si tuviera tres sílabas bien diferenciadas, e -le-na—. No voy a permitir que te quedes ahí mientras atiendo a la llamada de la naturaleza. Aprecio el cuidado que me estás dando, pero no soy una niña, así que tienes que irte a otra parte mientras hago esto. Estaré bien.
Me quedé mirándola con la boca abierta. Creo que era el mayor número de palabras que le había oído decir de corrido. Salí de mi trance cuando un dedo cálido me empujó suavemente la barbilla para cerrarme la boca.
—Ahora da la vuelta y me reuniré contigo cuando haya terminado. —Con eso, me dio la vuelta y con un ligero empujón en la espalda, me puso en marcha.
Me senté en una gran roca medio enterrada en la arena blanca y pensé entristecida: Bueno, si tenemos que quedarnos aquí varadas unos cuantos días, al menos es bonito. Yulia salió de entre los árboles en ese momento y me levanté de un salto para ayudarla.
—Estás muy pálida, ¿estás bien? —le pregunté.
—Sí —afirmó—. Pero creo que me he pasado un poco. Necesito acostarme. —Su voz, normalmente fuerte, sonaba débil, y tenía la piel palidísima. Puse su brazo alrededor de mis hombros y medio la arrastré, medio la llevé de vuelta al bote.
— esto no va bien. No sé qué hacer —le dije preocupada mientras la ayudaba a pasar por encima de la borda del bote.
—Shh, no pasa nada —me consoló—. Sólo necesito descansar. Creo que debo de haber perdido mucha sangre y hace días que no como.
—He encontrado plátanos, papayas y cocos,—le dije animadamente—. Y también cangrejos. ¿Crees que podrías comer un poco?
—Conque sí, ¿eh? —Sonrió burlona—. Me lo estabas ocultando, ¿eh? Y yo que pensaba que nos estábamos muriendo de hambre y tú has salido a hacer la compra —bromeó—. ¿Me has guardado algo? En el barco me di cuenta de que comes bastante eh
—¡Oye! —exclamé, enfadándome—. No es que estuvieras despierta, así que no te podía dar comida. A menos que quisieras que te la metiera a la fuerza por la garganta mientras estabas inconsciente. Ya me ha costado bastante hacerte tomar un poco de leche de coco. —Estaba a punto de que me diera un auténtico ataque de rabia cuando noté que su sonrisa burlona de siempre empezaba a desaparecer.
—¿Me has dado de comer? —preguntó cansada—. ¿Cuando estaba desmayada? ¿Cómo lo has hecho?
—Yo... mm... —Me sonrojé muchísimo y ella me miró con una ceja enarcada, claramente confusa por mi reacción—. Me... mm...me puse un poco en los dedos y tú... mm...
—¿Eras tú? —preguntó—. Creía que era un sueño.
Ahora mismo que estoy escribiendo esto, todavía tengo que ver a Yulia colorada de verdad, pero podría haber jurado que así se puso aquel día y yo no sabía por qué. Estaba segura de que no estaba despierta y no podía haber visto mis reacciones
—Mm... Yulia, ¿crees que ahora podrías con un poco de comida sólida? —pregunté, tratando de cambiar de tema.
—No lo sé. Creo que ahora mismo estoy demasiado cansada. Preferiría dormir una siesta primero, si no te importa.
—Claro, muy bien —le dije—. Quiero echar un vistazo por los alrededores para ver si encuentro algo o a alguien que nos ayude. Si me necesitas, grita. No iré muy lejos, ¿vale?
—Mmm —murmuró, cerrando ya los ojos. Tapé el bote encima de su cabeza con la gran hoja para impedir que se quemara con el sol.
Me dirigí a la línea de árboles, dispuesta a encontrar ayuda. Atravesar la densa vegetación no fue en absoluto tan difícil como pensaba. Había renunciado a llamar pidiendo ayuda y simplemente seguí caminando. Tras cruzar la barrera inicial que separaba la playa de la jungla, casi era fácil andar. A excepción de unas cuantas raíces que estaban por encima del suelo, el camino estaba despejado.
Prácticamente no había visto más fauna que las aves y los cangrejos de la zona. Ni siquiera había visto una ardilla u otro tipo de animal del bosque y pensé que eso no era muy normal. Pero llegué a la conclusión de que no me estaba dando cuenta.
Los árboles no eran muy grandes, pero eran de lo más exuberante. La vista estaba salpicada de enormes flores de vivos colores como en un cuadro muy vulgar que había visto una vez. El hecho de que fueran reales y tuvieran un aroma exquisito eliminaba lo banal y me llenaba de alegría.
Continué mi exploración sin fijarme mucho por dónde iba (como era habitual en mí) y tropecé con una raíz descubierta. Antes de poder evitarlo, salí volando por encima del borde del camino natural que había estado siguiendo. Tuve un momento de pánico total y luego me quedé sin aire por el golpe y con un fuerte dolor de cabeza, al aterrizar la mitad en agua y la mitad en tierra.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:40

Lo primero que noté cuando recuperé el aliento fue el dolor de cabeza que tenía y el agua que me acariciaba el muslo. Me senté toda temblorosa y contemplé lo que me rodeaba. Había aterrizado en una pequeña y limpia sección de agua casi oculta por la densa vegetación. Estaba rodeada por una pared de rocas casi tan altas como yo y la espesa y verde vegetación caía por encima de las rocas. Podría haber pasado al lado sin verlo de no haber tropezado y caído dentro.
Mientras absorbía la belleza de este lugar, observé a dos pájaros de alegres colores que bajaron volando y se posaron justo a mi lado. Los dos me miraron con curiosidad, ladeando la cabeza como diciendo, ¿Tú qué eres? Luego se pusieron a beber . Los miré fascinada mientras trataba de olvidarme de lo seca que tenía la garganta. Terminaron de beber con calma, me echaron otra mirada desconfiada y salieron volando hacia los árboles de arriba.
Salí de mi ensueño, me acerqué más y me incliné para beber.
—Vamos allá —dije al aire y tome un poco de agua. Estaba fresca y limpia: fue lo mejor que había bebido en mi vida. Prescindí de los buenos modales (al fin y al cabo, no había nadie que pudiera verme) y metí toda la cabeza en el agua para beber—. Qué maravilla —murmuré cuando quedé saciada. Nunca había apreciado los méritos del agua, de hecho, solía despreciarla a favor del té o la leche, pero esto era pura ambrosía.
Tras mirar rápidamente a mí alrededor y asegurarme de que estaba sola, me quité la combinación y entré despacio en el agua fresca.
—Oh —suspiré en voz alta al sumergirme en el agua hasta el cuello. Metí el pelo en el agua y me lo lavé lo mejor que pude. Al pensar en Yulia, aceleré mi baño. La idea de ponerme la misma ropa me dio tanto asco que decidí lavarla Hacía tanto calor que estaba segura de que tendría la ropa casi seca antes de volver a la playa. Encontré un gran palo de caña caído y hueco por dentro gracias a los insectos y lo llené de agua.
Yulia estaba despierta y sentada en el bote cuando regresé. Sonrió al ver mi pelo mojado
—Vaya, parece que te has refrescado.
Le sonreí, sin querer ofenderme por su sonrisita provocativa.
—Sí. He encontrado un pequeño manantial de agua dulce y te he traído agua para que bebas. —Le pasé el palo, que cogió agradecida. Se detuvo y miró dentro del palo que le había dado—. Adelante, he visto a unos pájaros que la bebían primero y luego he bebido yo. El agua está bien, no te hará daño —la tranquilicé.
—No, no es eso —dijo y me miró con la ceja enarcada—. ¿Has cogido el agua antes o después de lavar tus bragas? —preguntó.
Noté que mi mandíbula traicionera se abría y me quedé mirándola sin dar crédito.
—Pero qué cosa más desagradecida...
Levantó las manos como para protegerse de mis golpes verbales y me echó una sonrisa auténtica, no la burlona de siempre.
—Perdona, es que no puedo evitar tomarte el pelo, te dejas provocar tan fácilmente —dijo riendo. Luego se llevó el palo a los labios y bebió un buen trago.
Sonreí mientras se tragaba hasta la última gota de agua. Cuando terminó, esbocé mi propia sonrisa burlona, me acerqué mucho a ella, la miré directamente a los ojos y susurré:
—He cogido el agua después de lavar mis bragas. —Le di una palmadita en la cabeza y salí corriendo carcajeándome por la playa, perseguida por los insultos que Yulia me lanzaba en ruso
Pero aceptó una tregua cuando la tenté con la cena que estaba haciendo. Había atrapado varios de esos cangrejos azules y tras encender un nuevo fuego (esta vez sólo necesité dos cerillas), los tenía sobre unas piedras calientes tostándose al fuego. También había recogido bayas silvestres, papayas y plátanos. Junto con agua de coco, era una comida bastante suculenta.
—Escucha, Yulia —dije—. Ya me disculpe, ¿si? No lo pensé hasta que ya me había bañado y lavado mis cosas. Además era un manantial bastante grande.
Ella se reclinó en el bote, con aspecto algo cansado.
—Lena , quiero que lo sepas: me curo muy deprisa y cuando esté mejor, más te vale estar preparada porque te voy a hacer pagar por eso.
La sonrisa que tenía en la cara era malévola y por primera vez lamenté mi decisión de decirle lo del agua. ¡Me había metido en un buen lío y lo sabía!
—Yulia, ¿cuánto crees que tardarán en encontrarnos?
—No lo sé. A decir verdad, me preocupa un poco que no nos hayan encontrado aún.
Hacía ya tres días que habíamos desembarcado en esta playa. La salud de la morena iba mejorando y parecía estar recuperando el color.
—¿Crees que hoy podrías caminar un poco ?
Mis días habían consistido en acompañarla y en hacer acopio de comida y agua. Era una tarea durísima que me dejaba exhausta al final del día. Sin embargo, impedía que me preocupara por el hecho de que a estas alturas hacía más de una semana que habíamos desaparecido y todavía no nos habían buscado. Hacía ya tiempo que había dejado de llamar pidiendo ayuda mientras buscaba comida. Había llegado a la conclusión de que estábamos solas en aquella zona. Curiosamente, en lugar de asustarme, esto me reconfortaba. No había nada que pudiera hacernos daño y en el fondo estaba convencida de que no tardarían en encontrarnos.
Yulia se dio la vuelta para que le examinara la herida. Sorprendentemente, me dejaba que la examinara sin apenas protestar. Le miré la herida con asombro.
—Ya lo creo que te curas deprisa —le dije por enésima vez.
Se rió como siempre y la ayudé a sentarse apoyada en uno de los bancos del bote.
—Oye —exclamé, al ocurrírseme una idea—. ¿Qué te parece si vamos al manantial? Podrías beber todo lo que quisieras y no tendrías que depender de que yo te traiga el agua Además —añadí con tono de burla—, no te vendría mal darte un baño. —Arrugué la nariz e intenté parecer molesta.
—fíjate de lo que se entera uno. Ayúdame a levantarme, niña.
Ponerla de pie ya no era tan difícil como al principio. Unos cuantos días de reposo con comida y agua en el estómago habían conseguido que fuera recuperando las fuerzas. La ayudé a salir del bote, advirtiendo que esta vez sólo hizo una ligera mueca de dolor, y la llevé hasta los árboles despacio. El trayecto, que normalmente era de unos quince minutos, nos llevó media hora con un par de paradas para descansar. Sudaba abundantemente . Yo empezaba a lamentar mi decisión de permitirle caminar tanto cuando alcanzamos el manantial.
—¡Oh, vaya, es estupendo! —exclamó al mirar el lugar que estaba como a metro y medio por debajo de nosotras—. ¿Cómo bajamos hasta ahí?
No había contado con que ella estaba herida. Yo siempre bajaba deslizándome por la pared de roca de metro y medio cuando venía aquí para beber y bañarme.
—Lo siento, , no lo he pensado, sólo pensé que te gustaría darte un baño. No se me ha ocurrido que tendríamos que bajar hasta ahí.
—¿Cómo has encontrado este sitio? —preguntó—. Yo nunca lo habría encontrado aunque lo estuviera buscando.
—Pues... mm... tropecé con él —le dije, intentando no decirle que en realidad había encontrado al caerme literalmente por el borde de la pequeña altura sobre la que estábamos ahora.
—Ya, a ver si lo adivino. Encontraste este lugar del mismo modo que nos conocimos nosotras, ¿verdad?
—Mm, sí —dije—. Vamos, creo que podemos bajar si vamos por aquí.
Avancé con unos doscientos metros más. El terreno había empezado a bajar y por fin, con muy poco esfuerzo, conseguimos bajarla hasta el agua.
La senté en la pequeña franja de arena que bordeaba la charca y las dos nos desnudamos a toda prisa. Estaba tan emocionada que ni pensé en que iba a estar desnuda delante de ella, de hecho, cuando ya estaba en ropa interior, me volví para ayudarla y vi que ella había hecho lo mismo.
Dios mío, qué bella es, gritó mi mente con tanta fuerza que si no fuera porque no levantó la mirada, habría creído que lo había dicho en voz alta hora estaba sentada Aunque seguía muy pálida y débil por la herida se veía muy bien bronceada. Observé el movimiento de los músculos de su estómago al respirar.
—¿Leni? —dijo bruscamente. Y me pregunté cuántas veces me había llamado—. ¿Estás lista?
—Ah, sí, estoy lista —le dije. Dejé que utilizara mi hombro para sostenerse mientras entrábamos en el manantial.
—Ooh —suspiró al adentrarse en el agua. La piel cálida se le puso inmediatamente de gallina al entrar en contacto con el agua fresca.
Cuando ya estábamos cerca del centro
—Ojala tuviéramos jabón —dijo mientras las dos intentábamos bañarnos en el agua como mejor podíamos—. Venga, te lavo el pelo si tú me lavas el mío —dijo. Sin esperar respuesta, me dio la espalda,
. Como no teníamos jabón, me limité a pasar las manos por su sedoso pelo para desenredarlo y quitarle el sudor.
Disfruté al lavarle. No era sólo que el tacto me encantaba, eran también los ruidos que hacía mientra.
—¿Te gusta? —le pregunté al cabo de cinco minutos de masaje.
—Mm-Mm —fue lo único que contestó.
Me esforcé por controlar la respiración mientras pasaba los dedos por su cabeza. Se me encogió el estómago la primera vez que oí los gemidos de placer apenas audibles que emitía . De repente, me dieron ganas de darle la vuelta y besarla... besarle los hombros... besarle el cuello... besarle algo.
Tomé aliento con fuerza. ¿Pero qué demonios estoy pensando...? ella no siente eso por mí y yo no debería sentir eso por ella... ¿verdad? Continué mientras dejaba vagar el pensamiento repasando las circunstancias que nos habían llevado a nuestra actual situación. Recordé mi reacción en el barco y que sólo de pensar en ella empezaba a arder de rabia... ¿o era otra cosa que confundí con rabia? Me pregunto cómo voy a sobrevivir cuando me lave el pelo.
La herida siguió curándose muy deprisa. Al poco tiempo, ya se movía sin necesidad de mi ayuda. Se le había ocurrido la idea de hacer una marca en el bote por cada día que estuviéramos en la isla. Cuando llevábamos casi dos meses en la isla, decidió que debíamos trasladarnos más hacia el interior. Ella se había dedicado a explorar la isla mientras yo escribía en mis cuadernos en el bote. Fue ella en realidad la que determinó que estábamos en una isla, lo cual explicaba por qué no habíamos visto a nadie desde que desembarcamos aquí.
También había descubierto el arroyo que era la fuente del manantial donde nos bañábamos. Estaba entusiasmada con el arroyo porque tenía esa manía de no bañarse en la misma agua que bebía. Yo también estaba entusiasmada por dentro con el arroyo, pero no se lo dije.
Había empezado a hacer un calor insoportable en la isla. Me explicó que los árboles protegían las zonas cercanas al agua de los rayos directos del sol. De modo que allí hacía estaba más fresco. Pensaba que debíamos trasladarnos más cerca del agua y construir algún tipo de refugio.
—Pero, ¿y si aparece un barco y no estamos...? —Incluso después de dos meses, yo todavía creía que nos encontrarían. Sabía que mi familia no dejaría de buscarme hasta que tuviera pruebas concluyentes de que estábamos muertas.
—Ya lo he pensado —contestó—. Podría poner una gran pila de leña allí, en esas rocas, y si vemos un barco, podemos encenderla. Y he pensado que si colocamos el bote de pie en la arena y atamos tela de tu vestido, eso alertará a alguien que nos esté buscando, ¿no crees?
Tras pensarlo un momento, estuve de acuerdo. Empezaba a hacer demasiado calor para estar en la playa sin protección contra el sol. Además, sería agradable no tener que caminar quince minutos sólo para bañarnos y beber agua fresca.
—Bueno, ¿y dónde vamos a dormir? —pregunté con irritación. No sé por qué le estaba planteando tantas dificultades, pero estaba de mal humor.
—Tendremos que construir un refugio. Hay muchos árboles y cosas que podríamos usar más cerca del arroyo.
Enterró casi toda la proa del bote en la arena hasta que estuvo segura de que el bote no se iba a caer por el viento. Hizo lo mismo con el palo. Ató un trozo de lo que le quedaba de vestido en el extremo del palo y me hizo un gesto para que nos pusiéramos en camino.
Yo iba varios pasos por detrás, como siempre que íbamos de excursión para buscar comida. Era la mejor forma que tenía de observarla sin que ella me observara a mí. Al parecer, tenía una vena púdica, mientras que yo hacía tiempo que había prescindido de mi vestido y me pasaba los días en bragas. Ella se había aferrado a lo que le quedaba de ropa como una niña pequeña a su mantita. Aún más curioso era el hecho de que no parecía importarle quitársela para nadar, pero en cuanto terminaba, volvía a ponérselo. Yo fingía dormitar en las rocas para poder observar jugando desnuda en el agua.
Nuestros cuerpos habían sufrido ciertos cambios desde que estábamos en la isla. Sólo para recoger comida hacía falta fuerza. Ella siempre había sido tirando a delgada, pero daba la impresión de que su cuerpo se estaba haciendo más fuerte por las cosas que teníamos que hacer para seguir con vida hasta que nos rescataran. Probablemente al principio nuestras familias no nos reconocerían. Yulia estaba casi tres veces más morena que antes de llegar a la isla. Yo había perdido toda mi rechonchas infantil y el sol me había aclarado el pelo, por lo que lo tenía el doble de rojo que antes. Ella tenía el pelo del mismo color que siempre, , a fin de cuentas allí no había nadie que pudiera escandalizarse salvo nosotras dos. Y por dentro, a mí me encantaba el aspecto que tenia con el pelo todo alborotado.. Sin embargo, sí que advertí que incluso cuando hacía más calor en la isla, seguía negándose a quitarse la ropa
Me llevó hasta la zona que estaba a pocos pasos del arroyo.
—Estaba pensando que aquí se podría—Señaló un terreno bastante plano al abrigo de dos de los árboles más grandes de la zona—. Me parece que está bastante cerca del arroyo y del manantial y no tendremos problemas para ir a cualquiera de los dos. —Me miró como si estuviéramos contemplando una finca de primera calidad. Me encogí de hombros y dije:
—Está bien.
—Muy bien —dijo con tono apagado—. Voy a buscar cosas para construir. ¿Por qué no te pones a escribir... o a dibujar o algo? Volveré pronto.
—Bueno, ¿quieres que vaya contigo? —pregunté—. Yo también puedo traer cosas.
—No —se apresuró a contestar—. No, no hace falta. Vuelvo enseguida. —Se marchó antes de que yo pudiera decir nada más.
Me senté a la sombra del árbol más cercano y saqué mis cuadernos para escribir. Me quedé un momento con una página en blanco delante de mí, pensando en los pocos meses que llevábamos en la isla. Yulia no había hablado conmigo del rescate ni una sola vez. De hecho, si yo mencionaba algo al respecto, ella contestaba lo más deprisa posible y cambiaba de tema. Aún más curiosa era la costumbre que había adquirido de adentrarse sola en la isla. No es que hubiera mucho que temer, pero cuando regresaba parecía más tranquila y yo no conseguía imaginar por qué necesitaba alejarse de ese modo.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:41

Yulia volvió al claro una hora más tarde y como ya había predicho yo, estaba mucho más tranquila que antes. Llevaba a rastras unos árboles pequeños para construir la estructura de nuestro refugio. Me levanté de un salto para ayudarla y recibí una leve sonrisa de alivio, que acepté como agradecimiento. Tardamos casi una semana, pero por fin teníamos un refugio bastante resistente que aguantaría las ráfagas de viento que a veces azotaban la isla. Decía que, a juzgar por la riqueza de la vegetación, no le sorprendería que lloviera mucho en los meses de invierno.
--No pensarías que íbamos a estar tanto tiempo aquí, ¿verdad? Yulia me miró y dijo que claro que no, pero no parecía convencida. Volvió a la tarea de enrollar las fuertes lianas que había cortado de unos árboles.
A los cinco meses y medio de estancia en la isla ya teníamos una rutina bien establecida. Nos despertábamos por la mañana y nadábamos en el manantial, lavando la poca ropa que nos quedaba. Ella iba entonces en busca de fruta por la jungla, cosa que por cierto se le daba mucho mejor que a mí. Recuerdo que la primera vez que la vi trepar a un árbol me quedé de piedra. Simplemente saltó al árbol lo más alto que pudo, luego echó una pierna alrededor del árbol y usó la fuerza para subir el resto. Dejaba caer dos o tres cocos y luego se deslizaba hacia abajo más deprisa que al subir. Era asombroso, pero como con todo, parecía pensar que era algo normal.
Nunca dejaba de asombrarme. Una de las muchas cosas que sabía hacer era pescar. Había conseguido fabricar una red con varias de las resistentes lianas que colgaban por el bosque. Y casi todas las noches traía de vuelta a la cabaña un gran pez o una langosta. A veces, como cosa especial, buceaba para coger algunas de las grandes ostras que abundaban en el fondo del mar. Siempre se aseguraba de que tuviéramos suficiente para comer y yo se lo agradecía. Una tarde se puso a preparar el pescado para cocinarlo. Siempre limpiaba y preparaba el pescado antes de traerlo al campamento.
Tomo la navaja que usábamos para colocar el pescado sobre el fuego para cocinarlo. Era una de las cosas que más me gustaba verle hacer. Me dijo que de niña había leído en un libro cómo se hacía. A mí todo aquello me resultaba aburrido
No mucho después de llegar a la isla, empecé a quedarme sin fósforos. Nos quedaban sólo tres cuando Yulia dijo que se le había ocurrido una idea. Me preguntó si todavía tenía la vieja lata de tabaco que había usado para recoger agua de lluvia. Por algún motivo, había decidido quedarme con la lata y se la di. Soltó una exclamación de alegría al ver que tenía una tapa en el fondo.
—¿Qué vas a hacer con ella? —pregunté.
—Vamos a hacer fuego con ella —contestó con su radiante sonrisa —. Observa e impáctate—. Me quito la bolsa y sacó los fósforos que quedaban, unas tiras de mi viejo vestido, la lata y el cuchillo. Lo miré con desagrado y ella me dijo que no me preocupara, que tener este cuchillo era lo que nos permitiría sobrevivir.
La miré totalmente pasmada mientras hacía un agujero en la tapa de la lata de tabaco. Luego cogió las tiras de tela y las cortó en ocho cuadrados iguales que colocó al fondo de la lata y luego la cerró con la tapa. Luego me hizo prender la que bien podría ser nuestra última fogata si lo que estaba planeando hacer no funcionaba. Colocó la lata al borde del fuego hasta que se puso muy caliente. Cuando pensó que ya estaba bastante caliente, apartó la lata del fuego con dos palos.
—Tienes que esperar a que deje de salir humo por arriba.
Asentí distraída. No sabía a qué venía todo esto, pero se estaba divirtiendo así que intenté prestar atención. Cuando la lata se enfrió, la abrió y miró dentro. Declaró que la tela calcinada del interior era perfecta para lo que necesitábamos.
—¿Y qué necesitamos? —le pregunté con impaciencia.
—Ah, paciencia, pequeña. Primero necesitamos unas cuantas cosas. Quiero que recojas toda la hierba seca y ramitas que encuentres. Ahora mismo vuelvo, necesito una cosa más.
—Eh, espera, ¿a dónde vas? —le pregunté exasperada. Odiaba las sorpresas y ella lo sabía, me estaba embaucando para volverme loca.
—Ya lo verás cuando vuelva —me contestó por encima del hombro.
Refunfuñando, fui en busca de hierba seca y ramitas, que, por cierto, no eran fáciles de encontrar en una isla tropical. Sin dejar de rezongar cuando volví, vi que ya había regresado y estaba arrodillada junto al hoyo de nuestra hoguera. Desgraciadamente, el fuego que había prendido con una cerilla ya se había apagado

—**** sea —grité—. Debería haber echado leña al fuego antes de irme.
Yulia sonrió burlona y me dijo que no me preocupara: si no se equivocaba, no necesitaríamos nada más.
Me hizo poner la hierba seca y las ramitas en el hoyo que usábamos para nuestras fogatas y luego añadió al montoncito un trozo de tela calcinada. Carbón nena. Me limité a asentir y me pregunté en secreto si había perdido la cabeza. Me explicó que mientras nos aseguráramos de hacer siempre carbón, todo iría bien tomo un trozo de pedernal que evidentemente se había traído del arroyo. Entonces, con el cuchillo en la otra mano, empezó a golpear el cuchillo en ángulo y me quedé pasmada al ver que salían chispas. A los pocos minutos teníamos una llamita que alimentamos con palitos secos hasta que se convirtió en un buen fuego. Miré a mi compañera con la boca abierta.
—¿Cómo has hecho eso?
Me echó una de sus características sonrisas burlonas y contestó:
—Sé hacer muchas cosas más.
No recuerdo cuándo empecé a encontrarme mal, pero me sentía cansada todo el tiempo. Yulia empezó a tomarme el pelo por lo tarde que me levantaba o porque me quedaba sin aliento tan fácilmente al nadar. Se acercaba a mí y me decía que me estaba haciendo vieja y que más me valía empezar a hacer ejercicio o me iba a echar a perder. Fingía que me daba pellizcos en los costados del cuerpo. Por supuesto, no había nada que pellizcar. Ninguna de las dos tenía un solo gramo de grasa de más debido a nuestra dieta y al gran esfuerzo Yo ponía los ojos en blanco y le tomaba el pelo a ella por cualquier otra cosa.
No le dije a Yulia cuando me empezó a doler de verdad el cuerpo. No quería asustarla. Estaba segura de que había adquirido algún tipo de virus. Hacía varios días que dormía mal a causa de los dolores y molestias y estaba empezando a asustarme de verdad. Me quedaba sin aliento con nada y tenía un dolor de cabeza constante. Una noche me quedé despierta preguntándome si debía despertar a Yulia para decirle que me dolía todo, pero descubrí que no me podía mover. Cerrando los ojos, floté entre los sueños que me habían atormentado desde que estábamos en la isla. Sueños sobre la cara preocupada de mis padres, los hombres responsables de dejarnos a la deriva, la cara de Yulia mientras yacía inerte en el bote.
En cierto momento creí oír una bonita voz que me cantaba, reconfortándome y refrescándome. Oí la voz de Yulia que me hablaba, rogándome que volviera y no la dejara. Quise decirle que no quería irme, pero no pude, de lo cansada que estaba.
Volví a flotar una vez más. Pensé que debía de estar soñando porque la podía oí hablando conmigo. Esto era raro de por sí, pero en un momento pensé que también estaba llorando y desde que habíamos naufragado no la había visto llorar ni una sola vez. Me desperté y me la encontré con la cabeza sobre mi estómago,. Conseguí agarrar débilmente un mechón de pelo y darle un suave tirón. Ella se sobresaltó y alzó los ojos enrojecidos para mirarme sin dar crédito.
—No llores —dije débilmente con voz áspera antes de que el agotamiento pudiera conmigo y volviera a sumirme en mis sueños.
Poco a poco noté que volvía a la superficie. Con los ojos aún cerrados, escuché un rato mientras ella me cantaba. No entendía las palabras, pero sonaba tan triste que quise consolarla. Casi gemí cuando un trapo frío me acarició primero la frente y el cuello ardientes. Luego los hombros y alrededor de los pechos y por fin fue bajando hacia mi estómago plano donde se detuvo un momento. Incluso en mi estado de debilidad noté la tensión de Yulia mientras se planteaba darme un baño más completo.
Atontada, me pregunté si debía dejarle saber que estaba despierta. Despacio, el trapo bajó por mi estómago, por encima de las caderas y se detuvo. Oía la respiración entrecortada. Por fin, respiró hondo y colocó el trapo frío “Así, limpiando la zona con delicadeza. Las delicadas atenciones me llegaron directas al centro. Gemí inconscientemente. Unos sollozos apagados fueron los que por fin me devolvieron por completo a la realidad. Al abrir los ojos, vi la expresión de sufrimiento que tenia mientras contemplaba mi cuerpo desnudo. Con sorprendente claridad, me di cuenta de lo incómoda que estaba. Abrí la boca para hablar, pero antes de poder hacerlo, me cubrió a ciegas con el destrozado saco hasta los hombros. Sin saber aún que estaba despierta, se levantó y salió corriendo de la choza.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:42

Quise llamarla, decirle que estaba bien. Pero tenía la voz demasiado ronca para que me oyera. Frustrada, sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas y me hundí una vez más en el olvido curativo.
Cuando volví a despertarme, estaba allí. Me sonrió cuando abrí los ojos, poniéndome el paño frío en la frente. Esta vez, cuando me limpió el sudor del cuerpo, evitó por completo mis zonas inferiores.
—¿Qué me pasa? —pregunté roncamente.
—Shh, no hables —me reprendió suavemente—. Por lo que he podido deducir, has tenido una especie de neumonía. No estoy segura, pero creo que puede que hayamos complicado las cosas con nuestra alimentación.
—Pero comemos bien —dije ásperamente.
—¿Qué te he dicho de hablar, ? —preguntó con severidad. Siguió enjugándome el sudor del cuerpo desnudo mientras me explicaba lo que pensaba—. Tienes razón, comemos cosas sanas, pero es posible que no comamos todo lo que necesitamos para mantenernos fuertes. Para empezar, no tenemos carne. Mientras estabas enferma, he tenido tiempo de pensar en lo que podría sustituir algunas de las cosas que nos faltan en nuestra dieta. He encontrado unos tubérculos parecidos a papas y unas verduras que podrían ayudarnos mucho. He hervido las verduras y las he colado. Te he estado dando el caldo desde que caíste enferma y creo que ha ayudado. —me enseñó las ricas verduras. Me asombró que el brebaje no me hubiera matado y no digamos que me hubiera ayudado a recuperarme.

Pero me recuperé, y con las nuevas verduras en nuestra alimentación las dos confesamos que teníamos más energía. Durante mi convalecencia, Yulia estuvo muy atenta conmigo. Sin embargo, a medida que yo mejoraba, más distancia parecía necesitar ella entre las dos. Me pregunté si algunas de las cosas que recordaba que había hecho y dicho mientras yo estaba enferma no eran más que alucinaciones deseosas de una mente febril.
Los días se convirtieron en semanas y la semana en meses. Ocupábamos los días en la interminable búsqueda de comida y un refugio mejor. Ella era excelente a la hora de suministrar lo necesario. Ninguna de las dos carecía de nada que comer o beber, siempre había comida fresca y ella se había aficionado a pescar. Siempre estaba añadiendo cosas nuevas a nuestra pequeña “casa”. La verdad es que ya no se la podía considerar pequeña. Había dividido la choza en tres grandes habitaciones, dos dormitorios y un espacio de estar con un pequeño hoyo para una hoguera de interior, además de varias ventanas que se podían cerrar como postigos si llovía. Me sentí algo desilusionada cuando construyó nuestras habitaciones porque hasta entonces habíamos dormido pegadas para tener calor. Sí que me gustaba la intimidad de poder escribir sin preocuparme de que ella pudiera verlo, dado que además la mayor parte de lo que escribía era sobre ella. Ni ella ni yo hablábamos ya de un rescate: era demasiado deprimente. Llevábamos en esta isla un año, cuatro meses y trece días y no había habido la menor señal de un rescate.
A Yulia le pasa algo. Hace ya tiempo que le pasa algo, pero ahora parece que le afecta más. Siempre ha sido más bien solitaria y siempre he intentado respetar su necesidad de estar sola cuando surge. En un momento dado estábamos riendo y bromeando la una con la otra y al momento siguiente me decía que se iba a dar un paseo y desaparecía al instante. Admito que al principio me sentía herida, pero al cabo de un tiempo ni siquiera lo notaba ya, no era más que Yulia con sus cosas. Y siempre volvía al cabo de una hora o dos con algo especial para mí, como una flor bonita o una concha o una piedra interesante o un poco de miel. Nunca le preguntaba dónde iba y ella nunca me daba información.
En los últimos cinco o seis meses sus excursiones habían aumentado de frecuencia y de duración. También había empezado a volverse cada vez más callada. Nunca había sido la mejor conversadora del mundo, en realidad era yo la que solía dominar nuestras conversaciones, pero estaba más callada incluso que de costumbre. Bueno, seguía sin desaprovechar una oportunidad de tomarme el pelo si se le presentaba. Pero había algo distinto, parecía distraída. Yo lo había atribuido a que echaba de menos su casa hasta hacía poco, cuando su habitual excursión de una vez por semana aumentó a dos y luego a tres.
Cometí el error de preguntarle a dónde iba en esas ocasiones y se molesto. Dijo que yo era demasiado empalagosa y que hablaba demasiado y que no era de extrañar que alguien necesitara descansar de mí de vez en cuando. El estallido fue tan inesperado y tan inmerecido que al instante se me llenaron los ojos de lágrimas. No voy a mentir y decir que ella y yo no hubiéramos discutido anteriormente. De hecho, discutíamos con bastante regularidad, aunque sólo fuera por variar un poco nuestra vida. Pero nunca me había atacado verbalmente como en este día concreto.
Asentí, me aparté de ella y me dirigí a mi parte de la cabaña antes de que me viera estallar en lágrimas.
—Leni, perdona. Por favor, déjame que te lo explique —me llamó por detrás mientras yo aceleraba el paso. Entré en mi parte de la cabaña y cerré la puerta. Estaba hecha de palos de bambú atados con lianas. Recuerdo verla construyendo las puertas. La observé mientras los músculos de la parte superior de su cuerpo se movían al ajustar y tirar de las lianas, entretejiéndolas con el bambú para que la puerta encajara bien. Aunque las puertas no impedirían que alguien entrara si realmente quería, nos daban a las dos intimidades cuando la queríamos.
, por favor, deja que hable contigo. Quiero disculparme.
—No. ¿Por qué no te vas a dar un paseo? De hecho, —abrí la puerta y le dije con rabia—, si tanto deseas estar sola, ¿qué tal si me voy y construyo mi propia cabaña? Así no tendrás que oírme hablar todo el rato. ¿Qué te parece? —le pregunté con sarcasmo mientras me movía por mi habitación recogiendo mis escasas pertenencias, lo cual me llevó unos segundos. Al poco estaba lista para marcharme—.quítate, por favor —ordené furiosa.
—No —dijo tajantemente, con rostro impasible.
—¿Cómo que no? —le pregunté con rabia.
—Que no —contestó de nuevo igual de tajantemente.
Decidí que si no se apartaba pasaría por encima de ella. Normalmente era muy dócil y cedía pero en ese momento estaba demasiado furiosa para planteármelo. Intenté pasar a su lado, pero siguió plantada tercamente en la puerta bloqueándome la salida.
—¡QUITATE! —le grité enfurecida, empujándola por el hombro. Estaba ya hecha una furia y lo único que quería era que se quitara de en medio. Lo único que quería era salir de allí para poder llorar en privado. Me resbaló una lágrima por la mejilla y me la sequé con rabia—. Escucha, pedazo de imbécil, te estoy dando lo que quieres, así que aparta el culo de mi camino. No quiero estar más contigo. —Sabía que me estaba comportando como una niña desagradable, pero estaba demasiado furiosa para que me importara.
Estaba a punto de perder los nervios. Decidí que iba a arrollarla con todas mis fuerzas. Llegué incluso a bajar el hombro como un policía a punto de derribar una puerta. La golpeé con fuerza en el pecho, pero apenas se movió. Me rodeó el cuerpo con sus brazos y me levantó. Las dos nos estampamos contra el suelo. Ella aterrizó encima de mí con un golpe.
—¡SUÉLTAME! —grité, a punto de que me diera un ataque. Sabía que si no me marchaba deprisa, me pondría en ridículo al echarme a llorar.
—No —dijo suavemente contra mi pelo y yo me vine abajo mientras ella me tenía prisionera entre sus brazos. Estaba tan absolutamente furiosa con ella que casi me alegraba de que me tuviera sujetos los brazos. Quería estrangularla por hacerme daño y por hacer que me humillara delante de ella llorando.
—**** seas. ¿Por qué no dejas que me marche? —sollocé en su hombro. Apenas oí su respuesta porque tenía la cara hundida en mi cuello.
—Porque no puedo. —En su voz había tanta tristeza y dolor que me sentí mal por lo que le había dicho. Seguí sollozando durante siglos hasta que me sumí en un sueño agotado e inquieto en los brazos reconfortantes .
Cuando volví a abrir los ojos, pegajosos y pesados, ya era de noche. La estera que había a mi lado todavía estaba caliente porque Yulia había estado tumbada en ella. No debía de haberse ido hacía mucho. Me levanté torpemente, intentando librarme del dolor de cabeza que me había entrado de tanto llorar.
Eché a andar en la dirección que pensé que había tomado y muy pronto di con su rastro. Se dirigía a una parte de la isla en la que yo nunca había estado. Me había dicho que había otro manantial más lejos, pero eso era todo. La seguí durante casi media hora. Sorprendentemente, no parecía darse cuenta de que fuera detrás de ella.
Esta noche tenía la cabeza en otro lado. Yulia y yo nos entreteníamos con un juego en el que intentábamos acercarnos furtivamente y en secreto la una a la otra. Era un juego tonto, pero en la isla no había mucho que hacer salvo jugar, comer y dormir. Yo nunca conseguía sorprenderla , aunque ella me asustaba muy a menudo y entonces me hacía cosquillas
Esta noche era evidente que tenía la mente en otras cosas, porque me di cuenta, por la posición de sus hombros, de que no sabía que estaba detrás de ella y quise mantener así la situación.
En alguna parte se oía una cascada. Observé asombrada cuando se quitó la tela que le tapaba los pechos. Al poco cayó la que le tapaba las caderas. Mientras, seguía caminando e iba dejando caer la ropa al suelo por el camino. Vi que se acercaba al borde de lo que parecía ser un acantilado, se quedó allí parada un momento y luego, ante mi total horror, se tiró por el borde.
Tomé aire y me quedé allí parada, paralizada por el horror, y tardé unos segundos en conseguir que se me movieran los pies.
—¡Oh, Dios, oh, Dios, , no!
Salí disparada tras ella. Justo cuando llegué al borde, la cabeza de Yulia emergió en la de debajo del agua. Me la quedé mirando pasmada mientras ella se echaba el pelo hacia atrás y volvía a sumergirse en el agua.
Me aparté del borde del acantilado. No quería que supiera que la había seguido. De modo que me eché boca abajo y atisbé por el borde mientras nadaba y jugaba en el agua. Había una pequeña cascada que caía de debajo. El fuerte ruido del agua probablemente había impedido que me oyera gritarle cuando se tiró.

¿Aquí es donde vienes?, pensé. ¿Pero por qué, por qué aquí? No tiene sentido: puedes nadar en la que hay cerca de la cabaña. ¿Por qué tienes que venir tan lejos para nadar? Me eché hacia atrás sobre el acantilado hasta que sólo mis ojos asomaron por el borde. Parecía haber terminado de nadar. Observé mientras se trasladaba a un extremo poco profundo. No veía lo que estaba haciendo, pero dio unos pasos con el agua hasta la cintura y se detuvo. Estuvo allí parada durante muchísimo rato, con la cabeza gacha, y por cómo se movían sus hombros me di cuenta de que estaba jadeando o llorando.
Me pregunté si se había hecho daño. De repente, echó la cabeza hacia atrás y vi parte de su cuerpo. Con la mano izquierda se apretaba y frotaba el pecho, mientras que la derecha estaba bajo el agua, al parecer haciendo lo mismo con sus zonas inferiores. La miré boquiabierta mientras se hacía Dios sabe qué debajo del agua.
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:43

Ahora bien, yo no era tan inocente como para no saber lo que estaba haciendo. Casi toda mi educación sexual procedía de mi abuela, quien después de unos cuantos ponches calientes estaba más que dispuesta a hablar de varios temas inapropiados para una niña de catorce años. También me colaba en el estudio de mi padre y leía algunos de sus libros de medicina sobre anatomía humana. Bueno, la verdad es que no los leía tanto como miraba los dibujos. Recordé que lo que más me gustaba eran los dibujos de los pechos femeninos. Y que por primera vez en mi joven vida no me importó tanto tenerlos. Pero verlos de otra chica eran aún mejores que los dibujos de los libros de mi padre. La observé mientras se tocaba y no pude evitar preguntarme cómo sería tocarla con mis propias manos.
Me quedé petrificada por lo que estaba viendo, sintiendo y pensando. Estaba mirando boquiabierta mientras, que para mí era la mujer más bella del mundo, estaba en una y... bueno... se tocaba. Mi abuela decía que esto era algo propio de las clases bajas. El sexo era algo que ocurría entre un hombre y una mujer que estuvieran casados y sólo cuando intentaban concebir hijos. Uno nunca debía tocarse sus partes íntimas de esa forma. Al menos eso era lo que me decía mi abuela. También me dijo que había gente que quería estar con personas del mismo sexo que ellos. Dijo que eran enfermos y que aunque no había que odiarlos, había que meterlos en hospitales donde se les pudiera ayudar. Mi madre decía que mi abuela se estaba poniendo senil con la edad, pero yo no pude evitar preguntarme si se me debía meter en un hospital. Ahora mismo estaba deseando con todas mis ganas no sólo tocarme a mí misma, sino también a ella, a Yulia.
Sus movimientos se iban haciendo cada vez más frenéticos. Vi que tenía los ojos cerrados y que movía los labios. Maldije a la cascada que me impedía oír lo que decía.
Desde por encima de ella, vi que su cuerpo se estremecía y luego se echaba hacia delante. Se quedó en el agua casi cinco minutos mientras se le calmaba la respiración. Vi que se bañaba despacio como si estuviera atontada antes de salir del agua.
Se movía como si caminara a través de una niebla, casi como si no se encontrara muy bien. Dominé las ganas de ir con ella. Sabía que acercarme a ella ahora sería un desastre. No le gustaría nada no sólo que la hubiera seguido, sino que además hubiera visto lo que había estado haciendo.
Se sentó, contemplando el agua con los brazos alrededor de las piernas. Era evidente que estaba pensando seriamente en algo. Vi cómo ese rostro inexpresivo se estremecía de repente ante mis ojos. Su cuerpo tembló por un sollozo que no conseguí oír. Apoyó la cabeza en las rodillas, mientras su cuerpo se estremecía por la fuerza de sus potentes sollozos. No me gustó nada verla llorar. Estaba sufriendo mucho y no me parecía que se debiera a nuestra pequeña discusión de antes. Me moría de ganas de ir con ella, pero eso probablemente destruiría la confianza que habíamos logrado. Tenía que confiar en que acudiría a mí si necesitaba hablar. Me aparté con cuidado del borde del acantilado y regresé por donde había venido.
Regresé a la cabaña sin problemas. Me eché, cerré los ojos y probé a fingir que estaba dormida, asegurándome de dejar abierta la puerta con la esperanza de que volviera para dormir a mi lado. Me puse de costado y la esperé. Como una hora más tarde sentí más que oí que entraba en la cabaña. Se detuvo en la puerta de mi habitación y se quedó mirándome la espalda unos minutos. Me moría de ganas de hablar con ella, pero quería darle espacio si lo necesitaba. Se quedó en mi puerta durante lo que me parecieron horas hasta que por fin se apartó y entró en su propia habitación. -¿Por qué no puedes hablar conmigo?- me pregunté.
Me quedé tumbada, reflexionando durante horas sobre mi morena amiga y lo que había visto. Fuera lo que fuese lo que, le estaba causando mucho dolor y a menos que hablara conmigo, yo no podía hacer nada para ayudarla. Oí su respiración acompasada y yo también intenté dormir un poco. Sin embargo, tardé mucho en quedarme dormida y cuando por fin lo conseguí, tuve sueños incoherentes en los que me rogaba que la ayudara.
A la mañana siguiente me costó levantarme. Bueno, reconozco que siempre me costaba levantarme, pero este día fue peor que de costumbre. Por fin conseguí levantarme de mi estera y cogí dos plátanos del racimo que evidentemente ella había colgado en la pared de la choza mientras yo dormía. Siempre hacía cosas así. Me detuve de repente, cuando ya me había comido la mitad del segundo plátano. Caí entonces en la cuenta de que nunca le había dado las gracias por cuidar tan bien de las dos. No era sólo que siempre recogía comida en abundancia para las dos, sino que además tenía pequeños detalles como buscar almejas y huevos de tortuga como regalos especiales cuando no me los esperaba.
A veces también se subía a un árbol monstruoso para traerme miel de una colmena inmensa que había allí como regalo.
—¿Y si te caes? ¿O si te pican las abejas?
Como respuesta, sonrió con suficiencia y se encogió de hombros. Por supuesto, yo siempre le ofrecía un poco de miel. Ella siempre decía que no, ya que sabía que era lo que más me gustaba.
Siempre había pensado que en esta isla éramos iguales, aunque era ahora la que más se dedicaba al acopio de comida. Era más porque le divertía que por otro motivo. Durante nuestras primeras semanas en la isla mi trabajo había sido no sólo recoger alimentos, sino además cocinar y ocuparme de la herida de su herida Cuando se puso mejor, le encantaba explorar la isla. Cuando ya llevábamos allí seis meses, se conocía la isla del derecho y del revés. Era un lugar bastante pequeño: se podía recorrer de un extremo al otro en menos de tres horas.
Me quedé sentada fingiendo escribir mientras pensaba en lo que le iba a decir cuando volviera. Sabía que no podía pensar siquiera en sacar el tema de lo que había visto. Lo que me preocupaba era por qué había estado llorando y si había algo, aparte de estar abandonadas en esta isla, que la estuviera inquietando. De repente se me ocurrió que a lo mejor yo estaba haciendo algo que la molestaba. Tal vez estaba harta de estar conmigo. Yo disfrutaba muchísimo con su compañía y su conversación, por escasa que fuera esta última, y había dado por supuesto que ella sentía lo mismo con respecto a mí.
¿Estaría sacándola de quicio? Había dicho que era demasiado empalagosa y cariñosa. ¿Era cierto? Pensé en los momentos en que hablábamos. No podía evitar ponerle el brazo en la pierna o en su propio brazo cuando hablaba con ella. Es decir, era tan callada que quería asegurarme de que estaba prestando atención. Con frecuencia le estaba contando una historia o hablándole de esto o lo otro y me daba cuenta de que estaba sentada muy rígida. Entonces continuaba con lo que estaba diciendo, pero le frotaba la espalda o le daba un masaje en los hombros.
Oh, , pensé. Sí soy demasiado cariñosa. Me quedé allí intentando no echarme a llorar. Ya sabía que hablaba demasiado, mama siempre decía que ésa era la razón de que estuviera así. Si quería ponerme a hablar de algo, ya partía con ventaja.
Dejé a un lado mi cuaderno. Apuntar estos pensamientos en mis cuadernos era doloroso como poco. Salí de la cabaña pensando si debía o no intentar encontrarla. Algo me decía que necesitaba estar sola un rato.
Pasé el resto del día limpiando nuestra cabaña. Hacia el anochecer fui a los sitios donde más le gustaba pescar para atrapar la cena.
Recogí un poco de fruta. Esperé, pero no regresó. Cociné el pescado y me lo comí. Puse la fruta en el rincón de la cabaña por si llegaba más tarde y me quedé dormida llorando.
A la mañana siguiente seguía sin haber señales. No parecía que se hubiera acercado siquiera. Pensé en volver a la cascada para asegurarme de que estaba bien, pero decidí que no, imaginándome ya el enfrentamiento. Empecé a enfadarme por no venir a casa. Hasta ahora siempre habíamos sido capaces de perdonarnos mutuamente. ¿Cómo podíamos superar esto si se negaba a hablar conmigo? El día fue avanzando y yo me ocupé de mis tareas, tratando de estar lo más cerca posible del campamento por si regresaba. No lo hizo. A la mañana siguiente, decidí construir un refugio al otro lado del arroyo. Era justo que é se quedara con éste, dado que esta cabaña prácticamente la había construido ella sola.
Tardé todo el día en construir una pequeña cabaña en un claro adecuado al otro lado del arroyo lejos. Si teníamos cuidado, no tendríamos que vernos mucho. La idea de que no quisiera verme nunca me hacía daño. Echaba muchísimo de menos su presencia callada y fuerte y no estaba enfadada con ella. Sólo deseaba que me dijera qué había hecho para molestarla tanto que no quería volver a casa.
Empezaba a oscurecer en la isla y no había regresado aún. Por fin trasladé todas mis cosas a mi nuevo alojamiento. Decidí ir a la playa para ver si estaba allí. Quería decirle que lo comprendía y que ya podía volver a casa, ahora que me había ido. También quería asegurarme de que estaba bien.
La mire a lo lejos. Tenía la espalda recta como un palo, con los ojos clavados en el horizonte contemplando algo que yo no veía. Decidí abandonar mi carrera de espía de y hacerle saber que estaba allí.
—¿Yulia?
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:43

Se giró sobresaltada.
—¿Qué haces aquí? —Tenía la voz más grave que de costumbre y ronca por la falta de uso. Se me encogió el estómago al darme cuenta de que había estado llorando otra vez.
—Buscarte —le dije con sinceridad. Trepé a la pequeña formación de rocas y me senté a su lado. Volvió a contemplar el océano. Como la sirena que había a bordo del. Había empezado a llover ligeramente; ella no parecía notarlo siquiera.
—¿Dónde has estado? —le pregunté vacilante.
—En esta **** isla, ¿dónde demonios iba a estar no,?
Me quedé sentada con ella un momento, tratando de pensar en una forma para hacer que hablara conmigo sin que se enfadara aún más. Su pelo oscuro le tapaba la cara y tenía la espalda tiesa
—¿Por qué estás aquí, Elena? —volvió a preguntar cansada.
—Estaba preocupada por ti, Quería asegurarme de que estabas bien. —Por costumbre, puse la mano en su espalda desnuda para hacer hincapié en lo que decía. Y como si le hubiera hecho daño. Se levantó de un salto.
—No me toques —gritó—. ¿Por qué demonios no controlas esas malditas manos?
Sentí un dolor tangible en el pecho ante sus palabras. Abrí y cerré la boca varias veces; no podía respirar.
—¡Muy bien! —Le grité a mi vez—. Sólo quería decirte que no puedo vivir así. Ya no me hablas, no has venido a casa, me has estado gritando y diciendo cosas... —Se me estaban llenando los ojos de lágrimas—. Me has estado diciendo cosas muy dolorosas. Me voy, —le dije con resignación—. He construido un refugio al otro lado del arroyo. Últimamente has estado muy mal y lo has pagado conmigo. No quiero estar contigo mientras estés así... me duele demasiado —terminé sinceramente.
Esperé a que dijera algo, cualquier cosa, pero volvió a contemplar el mar. De modo que me levanté de las rocas, agradeciendo que la lluvia tal vez estuviera consiguiendo disimular las lágrimas que ya no podía contener.
—Ya nos veremos, , ¿vale? —dije suavemente, sin esperar respuesta y sin recibirla. Bajé de un salto de las rocas y eché a andar playa arriba, decidida a no mirar atrás mientras la cálida lluvia tropical caía sobre mi cabeza.
Solté el sollozo que había amenazado con irrumpir en las rocas. Sentía que se me había roto el corazón. Yo la quería tanto y era como si ella ya no soportara estar conmigo. Me sentía como si alguien me hubiera llenado el pecho y la garganta de algodón; era insoportable.
Seguí caminando por la playa en penumbra, con la esperanza de que la suave lluvia consiguiera llevarse este dolor.
—¡le...na! —El grito fue casi primitivo, exigiendo que me diera la vuelta.
Al parecer me había seguido. Parecía una fuerza de la naturaleza, con el pelo ondeando alrededor de su cabeza como si tuviera vida propia.
Me volví y eché a correr. No sé si eché a correr porque tenía miedo de que me viera llorar o porque tenía miedo de esa mujer salvaje que tenía detrás. Sólo sabía que si me alcanzaba no tendría fuerza suficiente para dejarla. También sabía que ya era hora de que reconociera ciertas verdades, aunque sólo fuera ante mí misma.

Estaba enamorada de ella. Lo había estado desde el día del baile. Era parte del motivo de que sintiera que debía vivir alejada de ella: si llegaba a averiguarlo, me odiaría. Dios mío, tal vez ya lo sabe. Tal vez por eso se ha estado comportando así.
De repente me atraparon por detrás y caí a la arena.
—Por favor —dijo con la voz ronca.
Me eché a llorar. Esta vez no pude contenerlo y me quedé inerte entre los fuertes brazos que me tenían prisionera por segunda vez en otros tantos días. Me soltó las piernas e intenté escabullirme hacia atrás. Necesitaba un poco de espacio entre las dos. Debió de pensar que trataba de escapar de ella otra vez porque volvió a abalanzarse, derribándome de espaldas.
Luché con ella un momento, pero no tardó en dominarme, sujetándome la mano con fuerza por encima de mi cabeza.
—Por favor —sollozó.
Me quedé paralizada. Yulia estaba tumbada encima de mí, con el pelo colgando a mí alrededor. Noté que su estómago musculoso estaba pegado al mío y se movía entrecortadamente mientras sollozaba e intentaba recuperar el aliento a la vez. Noté que su corazón palpitaba con fuerza contra su pecho.
—Lo... siento... tanto... por favor —susurró. Sus ojos me rogaban que comprendiera lo que no parecía capaz de decir.
Me quedé debajo de ella, sollozando en silencio.
—No llores, lo siento tanto —susurró, apartándome el pelo de la cara—. Siento tanto haberte hecho daño. Por favor, no me dejes —rogó angustiada y luego bajó la cabeza y me besó desesperada pero suavemente en los labios. El beso fue tan suave que temí moverme por miedo a que desapareciera. Me quedé allí debajo de ella, atónita. De repente, cobré conciencia de todo... intensamente.
Sus piernas estaban entre las mías.. Las caderas de Yulia estaban firmemente pegadas a mí . Era maravilloso. Murmuraba suavemente . Las únicas palabras que entendía eran mi nombre y por favor. Aunque contaba con un extenso vocabulario hasta ahora nunca había oído estas palabras susurradas contra mi cuello seguidas de dulcísimos besos.
Las manos que un momento antes me tenían presa ahora me acariciaban la muñeca delicadamente. Por fin sus labios volvieron a cubrir mi boca con toda la suavidad del mundo, permitiéndome apartarla si quería. No quise. No pude evitar el gemido que salió de mi garganta mientras seguía besándome suavemente y acariciándome la muñeca con las manos. Su cuerpo se estremeció sobre el mío y soltó mi boca con un jadeo.
Se echó hacia atrás el pelo mojado y por primera vez le pude ver la cara. Parecía angustiada. En sus ojos había la misma expresión de anhelo y hambre que recordaba del baile. Parecía haber ocurrido hacía una vida.
Contemplé aquellos ojos hambrientos durante una eternidad hasta que volvió a tomar mi boca con la suya. Esta vez: su lengua hacía cosas maravillosas con la mía. No pude evitarlo: volví a gemir en lo más profundo de mi garganta.
Esto causó la misma reacción que antes: su cuerpo se estremeció y jadeó en mi boca. Las manos que sujetaban las mías por encima de mi cabeza me soltaron y bajaron suavemente por mi cuerpo, deteniéndose para acariciarme el pecho través de la tela casi transparente de mi combinación de algodón. Me estremecí de placer cuando sus dedos calientes rozaron delicadamente aquella zona
Sus manos siguieron bajando por mi cuerpo hasta que llegó a mis caderas desnudas. Se detuvo allí, acariciándome, instándome delicadamente a que me apretara más contra ella. Cedí a mis propios deseos y la rodee con ambas piernas alrededor de su cintura. Dejó de besarme y jadeó en mi cuello al tiempo que un fuerte estremecimiento volvía a sacudirle el cuerpo. La mano que me acariciaba y tocaba la cadera izquierda se acercó al nudo que ahora sujetaba su ropa empapada por la lluvia.
Fui a ayudarla con el nudo, cubriendo su mano con la mía, lo cual hizo que se detuviera en seco tomando aire con fuerza. Pensando que tal vez había hecho algo mal, yo también me quedé paralizada, dejando mi mano sobre la suya, mucho más grande. Cerré los ojos, temerosa de haber cometido un error sin saberlo. Ella estaba suspendida encima de mí, con un brazo rígido junto a mi hombro, mientras la otra mano agarraba el nudo.Se quedó así paralizada un momento y luego oí su voz que me decía:
—Por favor,... Por favor... —Se le quebró la voz y me di cuenta de que no había entendido que yo intentaba ayudarla a quitarse la ropa.
Aparté mi mano de la suya y le acaricié un lado de la cara y luego el sedoso y mojado cabello negro. Tiré de ella hacia mí para otro beso que nos dejó a las dos temblorosas y sin aliento. Apoyó la cabeza junto a la mía sobre la arena compacta y mojada. Su respiración jadeante me acariciaba la oreja cálidamente.
—Por favor... —volvió a rogar sin vergüenza.
El ruego fue tan suave que casi no lo oí por el ruido de las olas al estrellarse y el delicado golpeteo de la lluvia sobre la arena compacta y endurecida.
Le tome la mano derecha, la apreté con suavidad y la coloqué sobre el nudo. Luego levanté la mano hasta su espalda, suave y empapada de lluvia, y por fin hasta su nuca, donde froté delicadamente el músculo tenso y rígido que encontré allí. Volví la cabeza y le susurré al oído:
—Está... está bien... está bien, amor.

Me desperté al siguiente día y descubrí que a mi lado sólo estaba mi estera de hierba vacía. Me desperté de golpe y miré confusa a mí alrededor. Estaba echada desnuda en mi parte de la cabaña... sola: la puerta privada estaba cerrada. Dejé caer la cabeza y las lágrimas me corrieron por la cara. ¿Había sido un sueño? Parecía tan real. Todavía podía oír a Yulia gritando mi nombre, al desplomarse encima de mí tras el orgasmo. Parecía tan real.
—Leni, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Te hice daño anoche?
Estaba tan desolada que no había notado que había abierto la puerta .
Miré a los preocupados ojos azules de mi bella amante cuando se arrodilló a mi lado.


Última edición por Yulia el 21/1/2009, 14:45, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:44

Traía una gran bandeja hecha a mano llena de todas las frutas que ofrecía la isla, además de tres tipos diferentes de pescado. Los manjares estaban pulcramente colocados sobre un grueso trozo de corteza que había limpiado y alisado. En la otra mano llevaba tres de esas grandes flores tropicales de bonitos colores cuyo fragante aroma había sido en parte responsable de que acabáramos en esta isla.
—Yo... yo... —La miré sin saber qué decir. Estaba total, inexcusable y gloriosamente desnuda. Era evidente que se había dado un baño,
—princesa, ¿te he hecho daño? —volvió a preguntar, dejando rápidamente la comida y las flores e inclinándose sobre mí.
Dije que no con la cabeza.
—¿Cómo he llegado aquí? —le pregunté, todavía temerosa.
—Te he traído yo. Todavía llovía cuando me desperté y aunque hacía calor, pensé que estaríamos más cómodas en casa. —Su voz seguía sonando preocupada, así que pensé que le debía una explicación.
—Al despertarme he creído que había sido un sueño —le dije vacilante.
Me sonrió comprensivamente y luego miró mi cuerpo desnudo con timidez y dijo bromeando:
—Al despertarme esta mañana, yo también me he preguntado si parte de esto había sido un sueño, pero luego te he olido en mi cuerpo y he sabido que era real.
Me sonrojé profundamente ante esto y aparté la mirada.
—¿Tienes hambre? —preguntó. Seguía sonriendo con timidez.
—Sí —le contesté, sonriendo levemente a mi vez—. Esto es precioso, no tenías por qué—le dije mientras me incorporaba, perdiendo todo sentido del pudor al tener la comida delante.
Los ojos de Yulia se posaron al instante en mis pechos, carraspeó y dijo:
—Ha sido un placer. —Con tono de aprecio.
—¿Quieres un poco? —le pregunté provocativamente, poniéndole un poco de fruta en los labios.
—Mmm. —Lo aceptó y luego meneó la cabeza—. Pero cómete tú el resto, es para ti.
Asentí y devoré toda contenta la bandeja entera de comida mientras ella miraba y me tomaba el pelo diciendo que esperaba que fuera suficiente. Le dije con altivez que bastaría por ahora. Ella se echó a reír. Mientras me quedé maravillada por la sonrisa que no paraba de aparecer en su cara. Era como si fuera una persona distinta. Había visto algo de esta en el barco. Era como si esta persona alegre y despreocupada hubiera desaparecido poco a poco cuando naufragamos. Me juré preguntárselo en otro momento. Ahora mismo sólo quería disfrutar de ello mientras pudiera.
Después de meterme el último trozo de fruta en la boca, me eché hacia delante y besé suavemente sus labios. Susurré tímidamente:
—Gracias por ser tan encantadora.
Me sonrió y juro que se ruborizó, pero no estoy segura porque tiene la piel muy morena. Agachó la cabeza y sus dedos juguetearon con los trozos sueltos de cordel de mi estera.
—De nada —dijo en voz baja, con una ligera sonrisa todavía en los labios.
Decidí dejar de atormentarla y me levanté para estirarme.
—Me voy a lavar. —Miré, que estaba mirando mi cuerpo sin disimulos desde el suelo—. ¿Quieres venir a hacerme compañía?
Asintió y la ayudé a levantarse—No sabes el tormento que ha llegado a ser tu cuerpo en el último año —susurró, agarrándome la barbilla y levantándomela para besarme.
—Yo podría decir lo mismo de ti, nena. —La miré despacio, pensando que me estaba comportando como una lasciva y encantada por ello—. Yo también he notado tu cuerpo. Creo que vivir aquí ha sido bueno para nosotras.
Asintió y se inclinó para darme otro beso. Pasaron unos minutos hasta que las dos tuvimos que tomar aire.
—Oh, Dios, cariño, tenemos que parar. Necesito darme un baño.
Ella sonrió y me condujo. Me metí en el agua fresca y ella se acomodó en una roca para charlar conmigo. Esto era algo que habíamos hecho muchas veces desde que estábamos en la isla. Me di cuenta entonces de que siempre había sido yo la que estaba en esa misma roca esforzándome por no mirarla mientras se lavaba el cuerpo. Le hablaba de todo lo que se me ocurría y ella siempre me contestaba con el menor número de palabras posible.
Lena .
Estaba tan enfrascada hablando que casi no la oí.
—¿Sí, yulia? —Me volví en el agua para mirarla y advertí que tenía una expresión muy seria.
—Yo... tenemos que hablar —dijo con seriedad.
Se ha arrepentido, gritó mi cerebro.
—si, ya casi he terminado.
Salí escurriéndome el agua del pelo . En la isla siempre hacía calor, nos secábamos al aire, sobre todo porque no teníamos toallas.
Me miró mientras salía del agua. Sus ojos absorbían mi cuerpo entero que chorreaba agua. Me dio un vuelco el estómago cuando apartó rápidamente la mirada al acercarme a ella.
— ¿ocurre algo? —le pregunté. Oí el miedo en mi propia voz y al parecer ella también porque se levantó rápidamente y me estrechó en un cálido abrazo.
—No, bebe, todo está perfecto, es sólo que si sigo mirándote, no lograré pronunciar lo que tengo que decirte. Eres tan preciosa —me repitió y me besó suavemente en la boca, sin dejar de apretar mi cuerpo contra el suyo.
Fue un beso tan acalorado que cuando por fin nos separamos, yo estaba sin aliento.
—Mm... ya veo a qué te refieres —le dije.
Me miró un momento y luego echó la cabeza hacia atrás y empezó a reírse. Me encantaba verla hacer eso. Ésa era mi nueva meta en la vida: hacerla llorar de la risa por lo menos una vez al día durante el resto de nuestras vidas.
—Toma, ¿quieres ponerte esto mientras se seca tu ropa? —preguntó
—Vaya? —le pregunté desvergonzadamente.
Y ella sonrió y me echó una mirada traviesa.
—De todas formas eso es lo que suelo hacer cuando no estoy en el campamento.
—Ya sabía yo que me estaba perdiendo algo con esas excursiones tuyas.
Me miró con una sonrisa y me sonrojé al recordar lo que había pasado la única vez que decidí seguirla. Ella me miraba con una sonrisita curiosa.
—Vamos, deja que te ate esto, pequeña, y luego me gustaría que vinieras conmigo.
caminamos despacio por el bosque. Me sentía encantada porque me llevaba tomada de la mano. Antes era yo la que siempre tenía que iniciar el contacto con ella. Estaba tan absorta en este sencillo placer que no me di cuenta de dónde me llevaba. Sólo cuando oí el ruido de la cascada, me detuve por fin.
—, tengo que...
—Shhh, por favor. Quiero compartir unas cosas contigo. Tú sabes que no hablo mucho. Me gustaría decirte lo que siento ahora. —Sacudió la cabeza y cerró los ojos—. Lo que quiero decir es que quiero decirte lo que estoy sintiendo. Lo que llevo sintiendo desde hace ya tiempo. Necesito explicarte por qué soy como soy.
— no tienes que...
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   21/1/2009, 14:45

Volvió a hacerme callar apretando un dedo sobre mis labios.
—Por favor, pequeña, me gustaría hacer esto a mi manera. —Me miró hasta que asentí para decirle que lo comprendía y luego me llevó al borde del acantilado,—. ¿Lista? —preguntó. Asentí y las dos saltamos por el borde con un grito.
Salí a la superficie jadeando.
—Aaaaaggggggg. Qué fría está el agua,.
. Tenía una enorme sonrisa en la cara. Nadamos durante una hora. Sobre todo nos dedicamos a jugar a quién podía excitar más rápido a quién, hasta que Yulia puso fin a ese juego en concreto.
Me condujo fuera del agua y las dos nos desplomamos en el suelo para descansar. Esta zona estaba cubierta de flores silvestres que daban un aroma maravilloso. Debí de adormilarme un rato, porque cuando me desperté vi que estaba ahora sentada. Lo único que veía era su espalda, ya que estaba contemplando el agua en una postura parecida a cuando la encontré en la playa la noche antes. Alargué la mano para tocarla, pero me detuve. Ella tomó aire y empezó a hablar, como si notara mi mano flotando encima de su espalda.
—No soy muy dada a hablar, pequeña, así que esto me resulta difícil, pero hay unas cosas que quiero que sepas. Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Era pintor, así que nunca tuvimos mucho dinero, pero siempre fuimos felices. Cuando murió, sus padres le preguntaron a mi madre si quería llevarnos a Londres para vivir con ellos. Mi madre tenía dos trabajos y yo tenía que ocuparme de mis hermanos mientras ella trabajaba. Le preocupaba que nos metiéramos en problemas, así que aceptó y nos trasladamos todos a Inglaterra, a la finca de mis abuelos. Aunque me gustaba mucho la belleza del campo, no tardé en aburrirme. De hecho, la zona era tan rural que rara vez veíamos a alguien. Cuando sólo llevábamos allí una semana más o menos, una de las criadas de arriba, Callinda, me preguntó si quería ir a dar un paseo con ella. Mis hermanos pensaban que era muy guapa, así que me sentí halagada de que quisiera conocerme mejor. Y vaya si me conoció. No tardó en cogerme de la mano, besarme y decirme toda clase de piropos sobre lo guapa que era.
Aquí la interrumpí.
—Pero seguro que eso ya lo sabías, ¿no?
—No, no lo sabía,.. Estaba tan ocupada ayudando a mi madre con mis hermanos que no tenía mucha vida social. Y Callinda lo sabía. Un día, en uno de nuestros paseos, me besó con tal pasión que me dejó sin aliento. Me dijo que me necesitaba y que estaba enamorada de mí. Así que dejé que me tocara y que me hiciera otras cosas. Siempre me gustaba, pero me faltaba algo. No dejaba que la tocara. — Se quedó callada y yo sofoqué una exclamación.—. No tardé en tener sospechas, de modo que por fin, después de uno de nuestros "paseos", se lo pregunté y ella me dijo que no podía porque una criada pobre tenía que ser virgen si quería casarse bien.
—Oh,, cuánto lo siento. —Esta vez sí que le toqué la espalda caliente y ella dio un pequeño respingo al notar mi mano fría, pero siguió con la historia.
—Fui tan estúpida que la perdoné. Intenté comprenderlo, incluso me dije a mí misma que tenía razón. En ese momento ni siquiera pensé que ella me había hecho perder la virginidad sin planteárselo siquiera. — Hizo una pausa y suspiró con resignación—. Dos semanas después de aquello, sorprendí a Calli y a uno de los caballerizos en plena sesión de sexo en el granero.
Dejé que se me escapara una lágrima por el dolor que debió de sentir ante esta traición.
—Me temo que les di una paliza verbal a los dos hasta que confesaron que tenían la intención de hacerme chantaje para que les diera dinero. Si no se lo daba, les dirían a mis abuelos y a mi madre lo que había estado haciendo con la pobre criada. Se lo dije yo misma antes de que pudiera clavarles las garras. Al principio se pusieron furiosos, pero luego llegaron a la conclusión de que ella había conseguido seducirme en contra de mi voluntad. Así que mis abuelos les dieron una gran suma de dinero y los echaron de la finca. Intentaron volver por más a los pocos meses y cuando mi abuelo se negó, empezaron a hacer correr rumores sobre que yo era antinatural y que la había forzado.
Me incorporé de un salto, agarré a Yulia por detrás y la estreché contra mí. Su espalda caliente se hundió en mi pecho mientras lloraba amargamente. Esperé a que soltara todo el dolor que llevaba dentro desde hacía tanto tiempo.
Cuando se calmó, continuó con su historia.
—. Mis abuelos encajaron mal los rumores. Fue entonces cuando mi madre decidió que nos íbamos a trasladar a América. No creo que mis hermanos llegaran a saber lo que ocurría, pero al cabo de un año estábamos en camino. Mis abuelos le habían dado a mi madre dinero suficiente para vivir bien si teníamos cuidado. Y ahí es donde entras tú —dijo suavemente. Volvió la cabeza para sonreírme un poco y sus hermosos ojos enrojecidos se clavaron en los míos. No pude evitar echarme hacia delante y darle un dulce beso. Me sonrió y en ese momento juré que sería la última vez que quería ver llorar a Yulia.
Se volvió de nuevo hacia el agua, apoyándose más en mí, y continuó con su historia.
—Me enamoré de ti en el momento en que te chocaste conmigo.
Sofoqué una exclamación y ella colocó su mano sobre la mía pero siguió contando su historia.
—Pensé que eras tan preciosa y que tenías tanto genio. Me encantaba provocarte para poder ver esos ojos tuyos soltándome chispas. Me quedé de piedra cuando Oleg empezó a hablarle de ti a mama. Cuando empezó a decir que quería hablar con tu padre para cortejarte, pensé que me iba a morir. Ya me había hecho a la idea de que jamás podría tenerte. Pero sabía que no podría soportar verte con El si se casaban.
—Yo ni siquiera lo sabía, Yulia. De todas formas, no habría aceptado.
—el dijo... dijo que habías hecho un retrato de él en tu cuaderno. Yo también vi ese dibujo —dijo vacilando tanto que tardé un momento en hacer la conexión.
—Oh, no —exclamé—. No, yul, el dibujo era de ti. —Me miró haciendo esa cosa típica con la ceja—. Ni siquiera estaba terminado cuando los dos lo vieron. Él debió de dar por supuestas las cosas por los ojos y la forma de la cara. Ni siquiera había visto a Oleg cuando empecé a dibujarlo. Lo he terminado desde que estamos aquí. Puedes verlo si quieres. Tengo otras cosas que me encantaría que vieras también.
Me estrechó entre sus brazos y susurró:
—Me encantaría verlas.
Se dio la vuelta de nuevo. Parecía resultarle más fácil hablar si no tenía que mirarme. No importaba por ahora: más adelante tendríamos que trabajar en sus habilidades comunicativas. La estreché entre mis brazos y ella dobló las piernas y dio la impresión de disfrutar simplemente del contacto durante un rato.
—Cuando llegamos aquí, conseguí dejar de lado casi todos mis sentimientos por ti. Las dos teníamos que concentrarnos en seguir con vida. Entre que yo estaba herida y que necesitábamos encontrar comida y refugio, conseguí relegar los sentimientos al fondo de mi mente. Pero eso sólo duró unos meses. Me conocía la isla como la palma de mi mano. Ya no costaba tanto encontrar comida y la cabaña estaba prácticamente terminada. Ya no me desmayaba casi de agotamiento y mis pensamientos empezaron a descontrolarse de nuevo.
Se detuvo y de repente se volvió para mirarme.
—¿Alguna vez te han dicho que eres una persona muy cariñosa? —preguntó con una sonrisa en la cara.
—Mm, sí. Creo que alguien lo ha mencionado hace poco —contesté con una sonrisa igual de amplia y un besito en los labios para que supiera que el incidente ya no me dolía. Sonrió aún más y se dio la vuelta de nuevo.
—Bueeenoooo... —Hizo una pausa—. Estaba empezando a afectarme, así que intenté mantenerme alejada. Exploraba la isla para poder alejarme de ti un rato cuando lo necesitaba. Pensaba que acabarías dándote cuenta y que me odiarías o me tendrías miedo, así que traté de ocultar lo que sentía por ti. En una de esas excursiones encontré este lugar. Mm... Venía aquí y... mmm...
—yul, tengo que decirte algo. —Era el momento de confesar que la había seguido.
—No, amor, déjame terminar, por favor. Te deseaba tanto que venía aquí dos y tres veces por semana —dijo. Me di cuenta de que le daba vergüenza decírmelo aunque no le veía la cara. Le acaricié la espalda para demostrarle mi apoyo—. Bueno, el día que nos peleamos y luego te consolé... o sea, cuando dormí contigo... yo, tú... Mm, te arrimas mucho cuando duermes, pequeña, ¿lo sabías?
Dije que no con la cabeza y ella siguió con su relato.
—Pues sí, lo haces. Yo... yo estaba ahí echada contigo prácticamente tumbada encima de mí con tus manos sobre mis pechos. Tenía que escapar, así que me fui de la cabaña en silencio y vine aquí lo más deprisa posible. Me... me alivié y cuando iba a volver a la cabaña, vi tus huellas cerca de mi ropa.
Tomé aire.
—Viste...
—Sí —contestó sin que yo tuviera que continuar—. Me entró tanto miedo, . Pensé que sentirías asco, o peor, miedo de mí después de haber visto aquello. Así que me alejé. Necesitaba pensar en un plan para hacértelo entender. Acababa de dar con una solución cuando me encontraste.
—¿Cuál era la solución? —le pregunté en voz baja.
Se volvió y se arrodilló delante de mí con la cabeza gacha y cuando me miró, en sus ojos había tanta alegría y esperanza que supe que estaría con esta mujer durante el resto de mi vida.
—Te rogaría... —contestó con una sonrisa trémula—. Te rogaría que no me dejaras y luego te rogaría que me permitieras estar contigo. —Vi que se esforzaba por no echarse a llorar de nuevo—. No quería perderte, y haría lo que fuera para evitar que me rechazaras. Siento tanto todo lo que ha pasado. Quería contarte toda la historia porque quería que comprendieras que nunca he tenido intención de hacerte daño. Creía que te estaba protegiendo... de mí.
—¿terminaste? —le pregunté—. ¿Puedo hablar ahora?
Ella asintió despacio. Tuve que levantarle la barbilla para poder mirarla a los ojos vulnerables.
—Yo también te quiero.
Se me quedó mirando un momento, a la espera del resto, pero por una vez eso era todo lo que tenía que decir.
Me miró sin dar crédito mientras yo le sonreía burlona. Las dos nos dimos cuenta a la vez de que nuestros papeles se habían invertido y nos echamos a reír. Yulia llevaba hablando treinta minutos para decirme que me quería. Yo había tardado dos segundos en decirle lo mismo. Era justicia poética y por fin consideré pagada la deuda de sus incesantes burlas.
—Ven aquí.
Tiré de ella hasta tenerla encima de mí. Me besó en los labios al cubrirme con su cuerpo. Nos quedamos tumbadas al sol con el rugido de la cascada y los trinos de los pájaros encima de nosotras. Nuestra respiración no tardó en duplicar su velocidad.—Todavía no, nena.
Y detuvo sus movimientos hasta que se nos calmó el corazón antes de seguir. Me estaba volviendo loca. Tomo mis pechos con las palmas de las manos y se puso a besarme el cuello y la oreja. Cuando estaba a punto de gritarle que siguiera adelante, noté que Se detuvo un momento.. Alzó su cuerpo por encima del mío para. Esta vez, en lugar de volver a posarse sobre mí, como yo deseaba desesperadamente, se quedó suspendida por encima de mí como si fuera a hacer flexiones, con los músculos de los bíceps y los tríceps restallantes por el esfuerzo de sostenerse por encima de mí. Me besó en los labios y luego pasó a mi oreja.
—Si hago algo que no te gusta o que te incomoda... por favor, prométeme que me lo dirás.
—Te lo prometo, .
Pasó a besar cada centímetro de la parte superior de mi cuerpo, besitos suaves que me volvían loca. Cuando llegó a la zona por debajo de mi obligo, empecé a ponerme un poco nerviosa. Cuando estaba a punto de pararla, dijo las únicas palabras que iban a ser mi ruina durante muchos años.
—Por favor...
Esas palabras me aceleraron el corazón. Le permití que continuase besándome el ombligo y las caderas y por fin los muslos. Miré la cabeza oscura que tenía entre las piernas y casi me desmayé de la excitación. Grité cuando por fin me tocó con la lengua. La primera caricia fue muy delicada. Saboreó cada parte de mí, chupando y mordisqueando suavemente hasta que casi me eché a llorar. Cada vez que pensaba que me iba a caer por el borde, ella me agarraba las caderas para impedir que me moviera y paraba lo que estaba haciendo. Para entonces era yo la que le rogaba. Se alzó de entre mis piernas y me besó ferozmente en la boca. Me saboreé a mí misma en sus labios y gemí.
—¿Qué es lo que quieres, niña? —me preguntó roncamente, mientras su mano seguía atormentándome despacio como lo había hecho su lengua un momento antes.
—Quiero...
—¿Qué quieres, amor mío? —preguntó casi con desesperación. Comprendí que necesitaba que le dijera lo que deseaba de ella.
—hazme tuya... Por favor.
—Oh... por favor... no puedo... no puedo aguantar mucho más... ¡por favor! —grité y cuando sentí que empezaba a caer en un abismo de placer, se introdujo en mi
Como loca, intenté obligarla a penetrar más tratando de meterla a la fuerza dentro de mí, pero era demasiado fuerte y se negó a verse forzada a ir más lejos o más rápido.
Cerré los ojos mientras me caían lágrimas por la cara por el dolor. Yo había dejado de empujar cuando me penetró y las dos nos quedamos así un momento para recuperar el aliento. El dolor empezó a disiparse y volví a moverme contra lo que me llenaba por dentro.. El dolor había desaparecido, sustituido por el puro placer. Sentí que empezaba despacio al principio mientras mis músculos se apretaban en torno a los dedos que había dentro de mí. Sentí como se estremecía encima de mí. Cerró los ojos con fuerza y aumentó las embestidas. Cuando por fin me llegó, sentí que me quedaba inerte.
—Ah,—era lo único que podía decir. Noté que ella también estaba a punto mientras sucumbía.
Hace años que quitamos el bote de la playa y cualquier señal evidente de que estuviéramos allí. Mi Yulia dice que cree que llevamos aquí unos siete años, pero no sabemos muy bien porque dejamos de contar el día en que hicimos el amor por primera vez. Decidimos que de no haber sido por esta isla, puede que nunca nos hubiéramos encontrado. Este pedacito de tierra verde se ha convertido en nuestro mundo. Tal vez en el futuro el otro mundo sea capaz de aceptar relaciones como la nuestra. Eso esperamos por el bien de otras personas como nosotras. Voy a pasar el resto de mi vida amando y siendo amada por la guardiana de mi alma. Ella es mi isla y yo soy la suya.

FIN
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Mitsuka
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   7/8/2009, 18:09

muy bueno!
hermosa historia enserio!
para un oscar! xD
ia cuidate que estes biien sigue escribiendo historias como esta
cuidate
zhop!
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   6/9/2009, 19:27

seeee!!!!!!!! que historia de lo mas bonita.. condenadamente bonita..... espero y sigas escribiendo se te da bastante bien..n.n
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Shikat
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   4/4/2010, 18:16

Ship Ship!! muy ncantadora!!! m izo iorar
toco el fondo de mi corazon!!! sta fenomenal!!
una emoxa historia de amoreeee
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*Miya*
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   13/4/2010, 20:33

Me encanto!!!
Esta muy bonita la historia!! Kawaiii!! n_n
Y concuerdo con los comentarios de las chicas y mi mami!! XD
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darsteffi
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   15/4/2010, 11:02

awww genial!!!
magnifica historia!! me encanto!!!
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zhayho
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   16/7/2011, 23:05

esta super linda gracias por compartirla
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MensajeTema: Re: La isla: x La mala Rodriguez [completo]   

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La isla: x La mala Rodriguez [completo]
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